María del Rosario Otero Rivero: la mujer que pelea su suerte

Charo, nacida en 1946 en Cadenava, estudió gracias al esfuerzo de su familia y al suyo propio. Esa formación le permitió ser administrativa en la Hermandad de Labradores y Ganaderos, puesto desde el cual ayudó a los trabajadores de la tierra a sobrellevar la burocracia

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María del Rosario Otero Rivero. | Xuan Cueto

Dice Charo que a ella, desde siempre, le enseñaron que la vida hay que trabajarla. Que la suerte es un destello fugaz que sólo alumbra a unos pocos y que se hay que conformar y tratar de medrar, remando, con aquello que nos toca. Pero es que Charo es una persona muy seria, formal, puntual y apañada, que no concibe no levantarse temprano para crear la jornada, palada a palada. 

Nació en Cadenava, en 1946. Y aunque su padre era maestro,  y aquello ya suponía cierta “categoría” social, aun con todo trabajaba ya antes de ir a la escuela, ocupándose de llevar a buscar el pasto a las ovejas y cabritos que su madre y su abuelo tenían. 

Charo es una persona muy seria, formal, puntual y apañada, que no concibe no levantarse temprano para crear la jornada, palada a palada

Recuerda que tenía una maestra que se dormía y siempre llegaba tarde: la rabia que le daba aquella impuntualidad cuando ella, antes de estar lavada y presentada en la escuela, ya había mecido y caminado varios kilómetros con animales. 

Su trayectoria fue distinta a la de la mayoría de sus vecinas: sus padres se las apañaron para que estudiara más allá de los catorce, mandándola interna a un colegio de monjas en el que vivió 8 años, volviendo a casa sólo en verano y navidad. Comportándose, como se esperaba, para labrar la vida laboral acomodada que prometían aquel esfuerzo y nostalgia que la acompañaban a diario. 

Sus padres se las apañaron para que estudiara más allá de los catorce, mandándola interna a un colegio de monjas en el que vivió 8 años

Pero Ponga tiraba de ella: echaba de menos su pueblo y la luz que lo baña en los amaneceres. Echaba en falta a la familia, la vida vecinal, las calles estrechas… y con los estudios recién concluidos regresó a casa, esperando que amaneciera, cada día, para crear su propia suerte. 

No tardó mucho en encontrar un buen trabajo: como secretaria, administrativa en la Hermandad de Labradores y Ganaderos, que luego pasó a llamarse Cámara Agraria y tenía una sede en San Juan de Beleñu. 

Tampoco tardó mucho en ennoviar, con Falo, uno de los muchos mozos que la sacó a bailar en las fiestas pero el único que consiguió robarle el corazón. Se casaron rápido, cuando ella tenía 20 recién cumplidos, y con él tuvo cuatro hijos. 

Pero Ponga tiraba de ella: echaba de menos su pueblo y la luz que lo baña en los amaneceres. Echaba en falta a la familia, la vida vecinal, las calles estrechas…

Durante toda su vida laboral, Charo fue imprescindible. Una ayuda importante para los muchos trabajadores de la tierra, de la labranza y la ganadería, que acudían a Beleñu caminando desde todos los rincones de Ponga, con la burocracia enredada en la cabeza.  

Luego, la Cámara Agraria se convirtió en Consejería del Medio Rural y ella fue trasladada a Oviedo, a una oficina. Pero cuando Falo enfermó, abandonó el trabajo para cuidarlo, dejándolo ya para siempre al quedar viuda.  

Ahora, cuida a sus nietos con devoción, camina 10 kilómetros todos los días y lee mucho. Eso sí, se levanta bien temprano, con el amanecer, y no deja de pelear la suerte de la vida todos los benditos días.  

EN COLABORACIÓN CON

Este reportaje forma parte de la exposición ‘Mujeres rurales. Ponguetas con rostro y vida’ desarrollada por la Asociación El Prial con el apoyo de la Consejería de Derechos Sociales y Bienestar del Principado de Asturias y del Ayuntamiento de Ponga.

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