Una propuesta de escapada por cinco enclaves poco frecuentados del occidente al corazón de los Picos de Europa para viajeros que buscan paisaje, silencio y experiencias auténticas lejos de las multitudes
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Asturias tiene lugares que se repiten en todas las guías, listas, reels… y luego están esos otros todavía ajenos a multitudes y viralidades. Enclaves que quedan fuera del foco, incluso para muchos asturianos.
Son rincones que requieren de algo tan sencillo como salirse de la ruta habitual y que devuelven algo tan poco frecuente en estos tiempos como un encanto íntimo y real.
Esta selección recorre la región de occidente a oriente a través de cinco tesoros poco conocidos de la costa, el interior y la montaña. Destinos pensados para viajeros que buscan silencio, contexto, observación y esa sensación cada vez más escasa de haber llegado a un sitio auténtico.
Viavélez, el puerto escondido
Es uno de los pueblos pesqueros con más encanto en Asturias. La vida local que el viajero encontrará en este enclave del concejo de El Franco es real cien por cien, por lo que conviene llegar sin prisas y con respeto por el trabajo diario del puerto.
Viavélez conserva la escala humana de las villas marineras de antaño. Es un lugar donde se faena, se charla y se vive mirando al mar. El puerto, encajado entre suaves acantilados y casas dispuestas en anfiteatro, sigue marcando el pulso e invita a caminar sin rumbo entre redes, aparejos y barcos.

Las viviendas, discretas pero dotadas de una sencilla belleza, miran al mar desde lo alto, entre calles que conservan una calma envolvente.
Viavélez tiene una ilustre vecina y un curioso vínculo con la literatura, pues aquí nació en 1927 Corín Tellado, la reina de la novela romántica en español. Autora de cerca de cinco mil obras, ostenta el título de ser la escritora en castellano más leída después de Miguel de Cervantes. En la calle que lleva su nombre se puede apreciar su casa natal.

Además de caminar por las calles y el puerto, una experiencia para aquellos más en forma —la cuesta es exigente, aunque corta— es la de subir hasta el mirador de El Porto. Desde allí se contempla el Cantábrico desde una perspectiva amplia, rematada por la escultura Litoral, una metáfora del carácter de este enclave.
En la otra margen del puerto se encuentra el segundo de los miradores de Viavélez, el de la Atalaya. Más accesible, se llega por la parte alta del pueblo y dispone de una pequeña área recreativa.

Para no perderse es el palacio de Jardón. Situado a la entrada del núcleo, es una joya de la arquitectura indiana inspirada en el palacio de París donde vivió la Reina Isabel II tras exiliarse de España.
Cabo San Agustín, cuando el día se despide
También en el occidente, en el concejo de Coaña, el Cabo San Agustín ofrece uno de esos atardeceres que justifican el viaje. El promontorio se asoma al Cantábrico con una mezcla singular de naturaleza y patrimonio marinero. Sus dos faros —uno histórico y otro más moderno— componen una estampa poco habitual, especialmente cuando la luz baja y el mar empieza a oscurecerse.

La ermita blanca de San Agustín añade una dimensión espiritual al lugar. Fundada en el siglo XVII por el gremio de pescadores del puerto de Ortigueira, guarda en su interior maquetas de barcos colgantes que recuerdan la estrecha relación entre fe y marinería, tan presente en la costa asturiana.
El cabo fue también punto estratégico en tiempos de guerra, y esa condición de vigía se mantiene intacta: aquí se viene a mirar a lo lejos, a dejar que el horizonte te absorba.

El conjunto forma parte de la ruta marinera de Ortigueira, un plan perfecto para quienes dispongan de más tiempo en la zona. El paseo, de 6,8 kilómetros y dificultad baja, recorre en unas dos horas la costa en torno al cabo.
San Pedro de Villanueva, el monasterio de los detalles
En el oriente asturiano, a escasos minutos de la ciudad de Cangas de Onís, el monasterio de San Pedro de Villanueva suele quedar eclipsado por su actual función como Parador. Sin embargo, su valor va mucho más allá del alojamiento.

El conjunto monástico, de origen medieval, conserva una atmósfera serena que invita a detenerse. Recorrer la iglesia románica, observar sus ábsides o pasear por el claustro barroco permite entender la importancia histórica del lugar, ligado a los primeros tiempos del Reino de Asturias. El entorno, verde y silencioso, refuerza esa sensación de refugio cultural.

El corazón del recinto es la iglesia románica, levantada en el siglo XII. De nave única y cabecera de triple ábside semicircular, concentra los elementos más valiosos del conjunto. La sobriedad de los muros de caliza contrasta con el cuidado de los ábsides, articulados por semicolumnas y capiteles esculpidos con aves, figuras fantásticas y escenas de lucha, un repertorio simbólico típico del románico del norte peninsular.

La portada meridional es, sin duda, su pieza más singular. Allí aparece una de las escenas más evocadoras del románico asturiano: la despedida de un caballero a caballo y una dama que lo besa antes de partir. Riendas, halcón, castillos y combates completan un relato esculpido que mezcla mundo feudal y mensaje moral, y que conecta este templo con otros grandes conjuntos románicos del noroeste y del sur de Francia.

Como apunte casi secreto, en las metopas se esconden dos tallas románicas vinculadas a la leyenda del caradrio, un ave fantástica que, según el bestiario medieval, podía anunciar la curación o la muerte de un enfermo. Durante siglos pasaron inadvertidas y hoy convierten a San Pedro de Villanueva en una rareza del románico europeo: Asturias conserva aquí la mitad de los caradrios esculpidos conocidos hasta la fecha. Los otros dos están en Reino Unido y en Burgos.
Cayón, el balcón de Piloña
En lo alto del Monte Cayón, este área recreativa se alza como uno de los mejores miradores naturales del concejo de Piloña. Desde su posición elevada se obtienen vistas amplias hacia la Sierra del Sueve, los Picos de Europa y una sucesión de cordilleras azuladas que cierran el horizonte.

El entorno está formado por un bosque de robles y castaños que invita a caminar sin rumbo fijo, detenerse y disfrutar del paisaje. Es uno de los dos lugares de Piloña donde habitan asturcones —el otro es la Sierra del Sueve—, y aunque no siempre se dejan ver, el encuentro con estos caballos semisalvajes convierte la visita en una experiencia memorable.

Cayón es accesible tanto a pie como en coche y funciona como punto de partida para rutas sencillas o como destino en sí mismo para una jornada de picnic y descanso. No es un espacio masificado ni tematizado, su atractivo reside precisamente en la sencillez y en la conexión directa con la naturaleza.
Rutas BTT en Piloña: pedaleando entre montes, pueblos y ríos
Majadas de Onís, los Picos más salvajes
Las majadas de Onís representan una de las caras más desconocidas y auténticas de los Picos de Europa. Lejos de los itinerarios más concurridos, este territorio de alta montaña mantiene viva una forma de vida ligada al pastoreo tradicional y a la elaboración del queso Gamonéu del puertu.

La majada de Soñín actúa como puerta de entrada al Parque Nacional de los Picos de Europa. Desde aquí se puede recorrer a pie la Ruta de las Majadas de Onís, un itinerario circular de 14,6 kilómetros que atraviesa algunas de las majadas más emblemáticas del concejo, como Belbín, La Güelga, Vega Maor o Camplengo.

El recorrido, de dificultad media-alta, exige experiencia en montaña y buena forma física. A cambio, ofrece algunas de las vistas más espectaculares del Macizo Occidental, especialmente al llegar a Vega Maor, donde el paisaje se abre sobre picos y canales de gran verticalidad.

También es posible conocer esta zona mediante rutas guiadas en vehículo 4×4, una alternativa más accesible para quienes desean comprender el territorio sin afrontar una larga caminata. En cualquier caso, el visitante entra aquí en un espacio donde la prioridad sigue siendo el ganado y quienes lo cuidan, y donde el respeto es parte esencial de la experiencia.
Consejos útiles para el visitante
Estas escapadas invitan a viajar con calma, flexibilidad y respeto por los ritmos locales. Conviene planificar con antelación, consultar la meteorología —especialmente en costa y montaña— y asumir que en muchos de estos lugares la experiencia mejora cuanto menos se fuerza. Buen calzado, ropa adecuada y una actitud observadora y respetuosa son el mejor aliado.
¿Para quiénes son ideales estas experiencias?
Estas cinco son propuestas pensadas para viajeros que buscan descubrir la Asturias menos obvia: parejas, amantes de la fotografía, familias que valoran la naturaleza tranquila, interesados en la historia y senderistas con cierta experiencia.
Viavélez es ideal para parejas, amantes de la fotografía y viajeros que disfrutan de lugares con historia y atmósfera de puerto marinero. Es un destino perfecto para una noche tranquila, una comida larga y un paseo sin rumbo.

El Cabo San Agustín encaja con quienes persiguen paisajes abiertos y atardeceres memorables. Viajeros solitarios, fotógrafos y personas que encuentran placer en mirar el horizonte durante un buen rato, sin estímulos artificiales alrededor.

El monasterio de San Pedro de Villanueva atrae a quienes valoran el patrimonio, la arquitectura románica y la gastronomía bien entendida. Es ideal para escapadas culturales, aniversarios o viajeros que buscan dormir —o al menos detenerse— en un lugar con siglos de historia a cuestas.
Cangas de Onís: una experiencia sensorial entre naturaleza y cultura

El área recreativa de Cayón es perfecta para familias, grupos de amigos o viajeros que priorizan el descanso activo. Personas que viajan con niños, que quieren naturaleza accesible y planes sencillos, sin renunciar a grandes vistas ni a la sensación de estar lejos de todo.

Las majadas de Onís son territorio de montañeros, senderistas experimentados y viajeros aventureros que buscan la Asturias de las alturas: majadas vivas, queso Gamonéu , silencio y esfuerzo físico recompensado con algunas de las panorámicas más auténticas del Macizo Occidental.






