Cientos de madalenudos celebran el rito ancestral que marca el inicio del día grande, fieles a una herencia que se renueva cada 21 de julio.
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Un año más, la magia ancestral de la Hoguera de La Magdalena volvió a recorrer las calles de Llanes con su ritual vibrante, único en todo el concejo.
Fue una noche cargada de emoción, tradición y fuego, donde cientos de vecinos y visitantes se reunieron para vivir una de las celebraciones más emblemáticas del calendario llanisco.
Desde las doce del mediodía, cuando una salva de cohetes retumbó sobre el cielo estival, el ambiente comenzó a cargarse de expectación y los sonidos de la Banda de Gaitas El Llacín empezaron a marcar el ritmo de lo que estaba por venir: uno de los días grandes del bando llanisco de la Magdalena.
Al filo de las ocho de la tarde las gaitas de El Llacín seguían marcando el son. Abriendo el desfile rumbo a la capilla iban Argos Cué, Rafael Romero, Inaciu Iglesias y Ricardo Berciano, seguidos de una marea de gente. Al llegar, el ambiente creció en intensidad y luego la devoción y el respeto se hicieron palpables durante la celebración de la misa en honor a la Santa, llena hasta la bandera.




Pero el momento más palpitante de la jornada comenzó una hora después, cuando los madalenudos se congregaron en la plaza para bailar. El pericote, bailado por los más pequeños del Bando, fue una de las danzas más aplaudidas.


Tras el baile, comenzó de nuevo el desfile: rumbo a buscar las hogueras.
Un despliegue de danzas bellísimas y sones de gaita y tambor recorrió con garbo las calles, aumentando las pulsaciones de los presentes. Es algo que se siente: los nervios por el ritual de la hoguera son emocionantes.


Tres árboles —uno infantil, otro juvenil y el majestuoso tronco adulto— fueron recogidos desde La Concepción y trasladados a hombros de los mozos y niños del bando, en una procesión que no deja indiferente a nadie.
Los más pequeños del bando se suben al tronco adulto. Cada paso, cada nuevo empuje, parece hacer retumbar el suelo. Las hogueras no se trasladan, ni se arrastran: se “bailan”. Una danza que es un vaivén solemne que va de acera a acera, dirigido por voces firmes que guían el avance al grito de ¡aire!, ¡avante!, ¡cambio!




Así, las hogueras recorrieron la calle principal, cruzando el Carrocedo y entrando en la calle Mayor, que para los del bando es algo más que una vía. Allí, donde el tronco debe girar bruscamente para encarar el tramo final, el silencio y la expectación aumentaron. Poco después, en la plazuela de la Santa, al grito de “¡se acabó el baile!”, los árboles fueron depositados en el suelo.
Entonces, llegó uno de los momentos más esperados del día: la quema. La chispa inicial ardió solemne y, mientras el fuego comenzaba a devorar la hoguera, el círculo de gente en torno a las llamas se estrechó. Así, se sucedieron las danzas tradicionales —entre ellas, la siempre emotiva Danza Prima— y las melodías propias del bando, evocadas en voces entremezcladas con el crepitar del fuego. No faltó el simbolismo ni la emoción: la hoguera es una herencia viva que se transmite con orgullo y con fuerza.




La celebración culminó en el Muelle con una animada verbena a cargo de las orquestas Clan Zero y Versus, que pusieron música y alegría hasta altas horas, cerrando una noche que para Llanes no es una más, sino un rito cargado de identidad: una celebración que enciende la emoción de la fiesta de La Magdalena, el día grande de los madalenudos, que tendrá durante toda la jornada del martes 22 de julio.








































