Antes de empezar a leer, imagina a un caminante.
Un viajero cualquiera, de esos de mochila y palo, que avanza siguiendo la línea de la costa cantábrica por el oriente asturiano.

Viene de muy lejos, desprendiéndose de esa pátina grasienta que dejan en la piel las ciudades, con el rumor del mar y el tintineo repetitivo de las olas enganchado a los oídos.
A medida que se acerca a Porrúa, algo cambia. El sonido de las olas se desvanece, dejando paso a un murmullo distinto, dominado por la cadencia de la gaita y la fiesta. Grupos de familias, pandillas, parejas…peregrinan todos juntos en la misma dirección. El aire se llena de aromas nuevos, inconfundibles: sidra fresca, carnes a la parrilla, tortilla, frixuelos…

Está claro: en Porrúa hoy es día de fiesta.
Sin embargo, nada más llegar la sorpresa le aborda. No se trata de una fiesta, sino de un día de Mercáu. Y, aunque parezca de locos, el caminante siente –muy fuerte- que al cruzar el umbral de las primeras casas ha hecho un auténtico viaje en el tiempo.
Los carros del país recorren el sitio, burros y caballerías se abren paso entre la gente, los artesanos, concentrados, trabajan en vivo, mezclando el compás de martillos, rueca y cinceles con la algarabía de la música tradicional, que rebota de esquina en esquina haciendo bailar por igual a niños, a viejas, a visitantes y a personajes de la mitología asturiana.

Aquí no suena reguetón y el hilo musical no tiene autotune. Aquí reina el runrún de gaitas, acordeones, tambores y panderetas, mientras la plaza respira tradición en cada gesto y cada sonido.
En el centro del barullo, bajo los árboles, la sensación de viaje en el tiempo es aún más intensa. De las casetas de los chigres escapan aromas estupendos: a borona, a borrin de sidra fría escanciada, a bollos preñaos, a sardinas hechas en brasa… Es entonces cuando el caminante confirma que lo que aquí se celebra no es un simple Mercáu, sino más de 30 años de tradición viva, de legado, de orgullo, de pertenencia… Es ahí cuando confirma que este es un evento que no tiene más santo que la tradición. Una fiesta que celebra con alegría las raíces y que, además, las riega con devoción y abundancia.



Y si el caminante pregunta, enseguida sabrá que esta fiesta es obra de la Asociación Cultural Llacín, auspiciada por todos los vecinos y vecinas del pueblo. Obra de gente unida, orgullosa de lo suyo; que trabaja todo el año para que costumbres, música, artesanía y gastronomía tradicional sigan vivas y presentes en pleno siglo XXI.
Más de un centenar de puestos salpican las calles y la plaza del pueblo: hay herreros, madreñeros, cesteros, hilanderas, artesanos del cuero… hay puestos con fabes, tomates, quesos, conservas y fruta. Se mezclan con bazares de productos naturales, exprimidos a base de alambique y recolecta mirando la luna. Con zapatos, con velas, con cerámica y joyas relucientes de azabache. Todo es artesano, único, especial… aquí no hay nada hecho en cadena. Todo tiene ese aire auténtico de lo hecho a mano, de lo cuidado.



Y es que mucha de la magia de El Mercáu Tradicional de Porrúa es que no entiende de modernidades. Tampoco de foodtrucks, fastfashion, pop rock ni trendings. Eso sí, fue pionero en Asturias. Y aunque suma ya 3 décadas de vida sigue estando on fire y demuestra, año a año, que lo rural, lo artesano, lo hecho a mano y lo de casa puede ser muy viral.

¿Su secreto? Quizás que no es sólo un mercado: es un espectáculo que entrelaza oficios artesanos, música, bailes y danzas tradicionales, personajes mitológicos, animales autóctonos y productos del campo, todo dispuesto en un entorno que parece detenido en el tiempo, antes de la revolución industrial.
El secreto, quizás, es que no hay más secretos ni más florituras que lo sencillo y lo de siempre. Sólo tradición, exhibida en todas sus formas igual que una enorme bandera. Una combinación genialmente orquestada de exposición y animación que convierte al Mercáu en un lugar ideal para el conocimiento cultural, el encuentro y la diversión de personas de todas las edades.

Es la hora de comer y El Mercáu está en pleno movimiento.
En el chigre hay una larga cola y lista de espera para degustar una tabla de embutidos. Héctor Braga, pregonero de esta edición, toca la gaita rabil. La gente baila, charla con los artesanos, se reencuentran bajo los pláganos, comparten platos de costillas y pescados a la brasa… la banda toca en el centro mientras alguien sigue el ritmo, a lo lejos, con una vieja pandereta. El herrero fabrica una serpiente, un chaval se prueba un par de madreñas, alguien dibuja en un lienzo una xana, de los hilos surgen toquillas y calcetos… Todo se mezcla en un bullicio ordenado. Una coreografía caótica que engancha, que se te mete por dentro y te atrapa…




Durante todo el día está será la cadencia.
Ya de noche, se encenderán los faroles y se celebrará un espectáculo mitológico, seguido de música folk y bailes de luna nueva.
Pero no es una despedida. Es sábado y el domingo el mercáu volverá a abrir sus puertas. Desde primera hora hasta que el sol se ponga extenderá, de nuevo, su magia.
Volverán sus pasacalles, su centenar de puestos con arte y con manjares, sus malabares, sus oficios tradicionales, su música de viento y percusión constante, sus lumbres, sus gentes, su baile… volverá un día más para que cualquiera –igual que nuestro caminante protagonista- tenga un día completo para disfrutar de este viaje en el tiempo (auténtico) que es el mercáu de Porrúa.




























