Cruces medievales, manuscritos únicos, joyas prerromanas y herramientas prehistóricas salieron de Asturias y hoy se conservan en Nueva York, Londres o París. Detrás de sus sorprendentes historias están coleccionistas millonarios, mercados de antigüedades e intercambios diplomáticos en la Segunda Guerra Mundial
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No todo el patrimonio asturiano se exhibe en los museos de la región. Ni siquiera en los de España. Algunas de sus piezas más valiosas se guardan en los museos más prestigiosos del mundo. Nueva York, Londres, París o el sur de Italia son algunos de esos lugares en los que, por extraño que parezca, permanecen piezas salidas de Asturias.
¿Cómo llegaron hasta allí? La respuesta no es única ni sencilla. En unos casos, fueron grandes coleccionistas internacionales, como John Pierpont Morgan, quienes adquirieron piezas clave del pasado asturiano cuando el mercado del arte operaba sin apenas restricciones. En otros, intervinieron anticuarios, subastas parisinas y compras realizadas en el cambio de siglo, cuando la arqueología convivía con la compraventa privada. Y en algunos episodios, el destino de estos objetos se decidió en despachos oficiales, en medio de intercambios diplomáticos durante la Segunda Guerra Mundial.
Son muchas más, pero estas cuatro historias están entre las más curiosas y dignas de conocer. Desde una cruz medieval que hoy se contempla en el Metropolitan Museum (MET) de Nueva York hasta un manuscrito altomedieval conservado en una abadía italiana; desde fragmentos de diademas prerromanas repartidos entre Madrid y París hasta herramientas prehistóricas almacenadas en el British Museum de Londres.
Seguimos el hilo de la circulación del patrimonio asturiano fuera de casa.
La Cruz de San Salvador de Fuentes, de un altar rural a Nueva York
Entre las más de 2 millones de obras que alberga el Metropolitan Museum of Art (MET) en la Quinta Avenida de Nueva York se encuentran obras de arte de esas que a todo el mundo le suenan, como cuadros de Van Gogh o esfinges del antiguo Egipto.
En la galería 304 hay una pieza para solo para el visitante atento. No procede de una gran catedral europea ni de un antiguo imperio, sino de una pequeña iglesia rural de Villaviciosa. Es una cruz asturiana y su presencia en uno de los museos más influyentes del mundo plantea una pregunta inevitable: ¿qué hace ahí la Cruz de San Salvador de Fuentes?

El propio museo la presenta con sobriedad: Processional Cross, ca. 1150–1175, Asturias, España. Según la ficha del MET, se trata de una cruz procesional realizada en plata parcialmente dorada sobre un núcleo de madera, decorada con gemas y piedras talladas, un objeto que transmite el lujo presente en las iglesias de los reinos cristianos del norte de España durante la Edad Media.
Su procedencia, una iglesia del siglo XII situada a unas «cincuenta millas al este de Oviedo«, dice el MET.


El reverso añade un dato clave para entender la pieza. Según la ficha del MET, una inscripción latina reza: «[In Ho]nore S[an]c[t]i Sa/lvatoris Sa/nccia Guidis/alvi Me Fecit». El museo sugiere que la terminación femenina del nombre indica que la donante o quizá incluso la autora fue una mujer, un detalle excepcional para una obra de este rango en el siglo XII.
Retomemos la gran pregunta, ¿cómo llegó la cruz de San Salvador de Fuentes a Nueva York? La respuesta resumida es una historia de compras y ventas con la participación de algunos de los hombres más ricos de principios del siglo XX.
Durante siglos, la cruz permaneció en la iglesia de San Salvador de Fuentes, cumpliendo su función litúrgica. Su salto al circuito internacional del arte no se produjo hasta finales del siglo XIX, cuando fue adquirida a la parroquia por el industrial y coleccionista Ernesto Guilhou, hijo del empresario francés Numa Guilhou y figura clave de la industrialización asturiana. Desde Asturias viajó al sur de Francia y, posteriormente, al mercado artístico parisino, donde entró en la órbita de uno de los grandes coleccionistas de la época.
El destino final lo determina la irrupción de un todopoderoso banquero estadounidense, uno de los hombres más ricos de su tiempo. Según la ficha del museo, la cruz ingresó en la institución en 1917 como donación de John Pierpont Morgan.

Quizás no a todos suene el nombre de John Pierpont Morgan, pero sí JP Morgan. Él es el origen del gigante financiero que aún existe y que sonó tanto durante la crisis de la burbuja inmobiliaria de 2008.
Como coleccionista de arte, John Pierpont Morgan contribuyó decisivamente a construir la colección medieval del museo neoyorquino, al que legó sus obras tras su fallecimiento.
Y así es como desde aquella donación de 1917, la Cruz de Fuentes forma parte de uno de los museos más visitados del mundo.
Como curiosidad, en 1993 regresó a Asturias, pero solo fugazmente. Fue con motivo de la exposición Orígenes celebrada en Oviedo, una muestra de piezas de los siglos VII-XV cuya organización costó 500 millones de pesetas de la época.
La Biblia de Danila, del reino de Alfonso II a una abadía en Italia
En una abadía de Italia, lejos del ruido turístico y de los grandes museos nacionales, se conserva uno de los manuscritos más importantes del alto Medievo europeo. Está en Campania, en la abadía de la Santísima Trinidad de Cava de’ Tirreni. Allí, desde hace más de ocho siglos, duerme el Codex Cavensis, más conocido como la Biblia de Danila.

Una nota de actualidad por la que quizás a alguno suene el nombre de esa Biblia: el presidente Adrián Barbón entregó un facsímil al Papa León XIV en su visita de este mes de enero al Vaticano.

Todo apunta a que la Biblia en cuestión fue escrita en la Península Ibérica a comienzos del siglo IX y que su lugar de origen hay que buscarlo en el Reino de Asturias, durante el reinado de Alfonso II.
El códice consta de más de 300 folios de gran formato y ofrece una decoración que prescinde por completo de la representación figurativa y apuesta por un lenguaje simbólico: iniciales decoradas con motivos animales, vegetales y geométricos y grandes cruces.
La datación más aceptada sitúa su ejecución en las primeras décadas del siglo IX. La hipótesis dominante señala que fue producida por un scriptorium vinculado a la corte asturiana, en tiempos de Alfonso II, un monarca profundamente religioso y con fama de protector de las artes y los libros.

Algunos investigadores van un paso más allá y plantean que la Biblia pudo haber sido concebida para un uso ceremonial de primer orden. La posibilidad más sugerente es que presidiera un concilio eclesiástico celebrado en Oviedo en el año 821.
Tras cumplir su función —litúrgica, ceremonial o ambas—, la Biblia habría pasado al tesoro de la catedral de Oviedo, probablemente como un exvoto real. Allí permaneció durante siglos, hasta que su destino dio un giro inesperado.
En el siglo XII aparece vinculada a Maurizio Burdino, un eclesiástico italiano que residió en Oviedo y que acabaría convirtiéndose en una figura controvertida, el antipapa Gregorio VIII. Todo indica que fue él quien llevó el manuscrito a Italia, depositándolo finalmente en la abadía de Cava de’ Tirreni, donde está documentada desde comienzos del siglo XIII.
No hubo, por tanto, expolio violento ni venta documentada. Fue un traslado silencioso, propio de una época en la que los libros viajaban con las personas y no existía aún la idea moderna de patrimonio histórico. Desde entonces, la Biblia de sello asturiano permanece en Italia.
La otra diadema de Moñes: de un pueblo de Piloña a París
A finales del siglo XIX, cuando la arqueología aún se movía sin reparos en el mercado de antigüedades, varios fragmentos de una diadema de oro aparecieron en Europa desvinculados ya de su contexto original. Procedían de Moñes, en el concejo de Piloña, pero su destino no fue un museo local ni una institución científica española, sino París, entonces capital indiscutible del coleccionismo arqueológico.

Las llamadas diademas de Moñes no forman una pieza completa, sino un conjunto de siete fragmentos hallados en distintos momentos entre finales del siglo XIX y principios del XX. Las piezas siguieron caminos separados y hoy se conservan repartidas entre tres instituciones: el Museo Arqueológico Nacional, el Instituto Valencia de Don Juan y el Musée d’Archéologie nationale de Saint-Germain-en-Laye.
Los fragmentos conservados hoy en Francia pertenecen a una de las dos diademas que se cree que formaban los actuales fragmentos. Según la ficha del Louvre, se trata de piezas de oro trabajadas mediante la técnica del repujado que representan a un guerrero a caballo, un infante armado con una lanza y un animal joven que acompaña la escena. La institución francesa las fecha en el siglo III antes de nuestra era y reconoce sin ambigüedades su procedencia: Moñes, Asturias.
La historia de cómo llegaron hasta allí es intrincada. Según la documentación conservada, el Museo del Louvre adquirió estos fragmentos en 1884, comprados a través del anticuario Émile Mayer. Antes de eso, los restos habían pasado por manos privadas. Entre ellas destaca la del juez y coleccionista Remigio Salomón y Fraile.
Durante décadas, los fragmentos de Moñes formaron parte de las colecciones del Louvre. Pero su historia dio un giro inesperado en 1941, en un contexto marcado por la Segunda Guerra Mundial y la diplomacia cultural entre la dictadura española y el gobierno colaboracionista de Francia.

Ese año, la Francia de Vichy y la España de Franco protagonizaron un intercambio de obras de arte que permitió el regreso a territorio español de piezas tan emblemáticas como la Dama de Elche. En ese mismo proceso, fragmentos de las diademas de Moñes retornaron a España, mientras otros permanecieron en manos francesas.
El último movimiento se produjo ya en 1984, cuando el Louvre transfirió los fragmentos que conservaba al museo de Saint-Germain-en-Laye. Jurídicamente, parte de esa diadema de Moñes sigue siendo propiedad del Estado francés.
Asturias en el British Museum: hachas, picos y herramientas de un pasado remoto
Ninguna de las piezas asturianas del British Museum ocupa hoy un lugar destacado en las salas abiertas al público. Difícil competir con tal acumulación de patrimonio de la Antigüedad.

Sin embargo, pocas regiones españolas están representadas en Londres por un arco cronológico tan amplio: desde las primeras comunidades mesolíticas hasta la Edad del Bronce atlántico y la España contemporánea.
El conjunto de piezas más antiguo procede de La Riera, excavado a comienzos del siglo XX por el Conde de la Vega del Sella. De allí salieron más de veinte piezas que hoy se conservan en el British Museum: picos, percutores y cantos trabajados en cuarcita.
Según las fichas del museo, se trata de objetos adscritos al Mesolítico, elaborados a partir de cantos rodados apenas modificados. Ninguna de ellas está expuesta; permanecen en los almacenes del British Museum.




Un segundo bloque de objetos nos lleva a la Edad del Bronce atlántico: hachas de talón, hachas de cubo y una hoz procedentes de Lena, Langreo, Castropol, Navelgas u Oviedo.
Varias de estas piezas llegaron a Londres a través de coleccionistas y donaciones privadas. Destaca de nuevo John Pierpont Morgan, junto a figuras clave del coleccionismo arqueológico británico como Sir Augustus Wollaston Franks.
El recorrido se cierra con objetos mucho más recientes: billetes de peseta emitidos en Gijón durante la Guerra Civil o una medalla devocional de la Virgen de Covadonga. También estas están fuera de exposición.
Visto en conjunto, el caso asturiano en el British Museum resulta revelador. No hay una gran obra maestra. Lo que hay es un rastro continuo de herramientas, objetos cotidianos y documentos que fueron saliendo de Asturias a lo largo de más de un siglo.
La próxima vez que visite el Metropolitan de Nueva York, el British Museum de Londres o un museo francés, fíjese bien y deténgase ante las cartelas. Quizá tenga ante usted un pedazo de Asturias.






