Bernabé Aguirre es una eminencia montañera pero, sobre todo, es de su pueblo y su tierra. Ahora, Parres le otorga un premio especial. Y él lo recoge orgulloso, haciendo memoria a los pies del Sueve.
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En el Sueve, escondida entre los cientos de pliegues que se elevan sobre el pueblo de Cofiñu, hay una collada llamada Pandellabancu. Un lugar en el que, allá por los años sesenta del pasado siglo, había algunas cabañas.
Situémonos ahí. Tratemos de visualizar ese sitio alzado. Lo que nos interesa imaginar es una cabaña en concreto: de piedra, humilde y pequeña, ataviada con un par de ventanucos. Desde su cancela se divisan vistas preciosas hacia los Picos de Europa.
La cabaña en cuestión es el hogar de un pequeño rebaño: cabras y ovejas, fundamentalmente. Una docena de animales pertenecientes a Pepe el de Feli –un vecino de Cofiñu- que durante las horas de luz, pacen tranquilas por las laderas del monte.
El encargado de cuidar esos animales es el sobrino de Pepe: un niño pequeño (apenas seis o siete años), de esos con cara de inquietos y las rodillas llenas de golpes. Su misión es subir a abrirles antes de ir a la escuela. Y luego volver por la tarde, minutos antes de que caiga el sol, dejando al rebaño guardado y seguro.
El niño del que hablamos se llama Bernabé. De apellido, Aguirre. Un chaval lleno de curiosidad que, a pesar de su juventud, sube y baja cada día esos recuestos cantando, brincando y contento: le gusta estar en el monte. Le gusta la sensación que se desprende al caminar solo por ese paisaje enorme y verde que ve salir el sol por los Picos de Europa.
Han pasado 62 años de esta historia.
En Pandellabancu ya no hay cabañas (sólo restos) ni niños que suban a abrir a las cabras. No obstante, sigue siendo un lugar mágico, de vistas alucinantes hacia Picos y esencia montaraz intacta. Y aunque ya no sea un crío ni haya un rebaño que cuidar, Bernabé sube a menudo hasta allí. Lo hace, por supuesto, cantando. Contento. Sorprendido de lo rápido que han pasado los años. Sin poder evitar recordar a aquel guaje y sentir nostalgia (de la buena), de aquellos viejos tiempos de infancia en el Sueve y en Parres.
«Si pudiera hablar ahora conmigo mismo, con aquel rapaz que fui, no le aconsejaría cambiar nada. Y le contaría, claro está, que en 2026 —sin que se lo espere ni lo considere merecer— en su tierra le darán un premio muy especial llamado Fayuela», cuenta sonriente, alegando que recibir este galardón (otorgado por la Asociación Amigos de Parres desde el año 1991) le provoca una alegría sabrosa y dulce, casi como la que da merendar un buen platu de frisuelos regados con azúcar.

Tras decir esto se queda un rato pensando, como transportado por una corriente. Luego vuelve en sí y dice que estaba recordando el gusto magnífico de los frisuelos que preparaba su güela Enedina, que aunque nació en Bodes vivió muchos más años en Cofiñu. Añade que para él la fayuela buena es la tradicional, la de toda la vida, sin moderneces. Y que parte del carácter de ser de pueblu consiste en preservar esas pequeñas cosas, esos detalles, que marcan la diferencia.
Senderos, recuerdos y una portería en Pandellabancu
A continuación, Bernabé comienza a hablar de senderos: caminos estrechos y antiguos que conectan Bodes, Cofiñu, Collía o Santo Tomás. También habla de vecinos: gente de antes y de ahora que van colándose en el relato constantemente.
Tras esto, salta de nuevo en el tiempo y vuelve a Pandellabancu, la collada de la cabaña. Esta vez el recuerdo tiene que ver con los partidos de fútbol que se disputaban allí. Cuenta que hasta había una portería. Y que a menudo le asalta la risa evocando aquellos encuentros en los que Larrea (vecino y amigo) tiraba la pelota adrede contra el vacío vertical del monte. Ir a buscarla era toda una aventura.
El recuerdo de Larrea le lleva a Belisario: mítico chigrero de la sidrería El Mirador, en Arriondas, y amigo entrañable. Con él fue con la primera persona que comentó su idea de organizar una carrera que subiera hasta el Pienzu desde Arriondas, pasando por su Cofiñu del alma. Beli le dijo que estaba loco y que poca gente, más allá de él, tendría ganas de subir y bajar en dos horas a Pienzu desde la capital parraguesa.
Sin embargo, él siguió adelante con su idea y demostró que lo de correr monte arriba y abajo no era ninguna rareza. Hoy, una buena parte del Premio Fayuela que recogerá el lunes en la Casa de Cultura de Arriondas tiene que ver con ser el hacedor de la Subida al Picu Pienzu, pionera de las carreras de montaña en Asturias y un evento que atrae cada primavera a cientos y cientos de personas hasta Arriondas y el Sueve.
Así es Bernabé. Le gusta hablar, le gusta su tierra. Se dispersa enhebrando recuerdos, nombres, anécdotas y lecciones porque tiene en su haber un millón —o más— de aventuras e historias interesantes. Y es por este amor suyo por Parres y por su vida dedicada a la montaña por lo que le otorgan el Premio Fayuela 2026: un galardón que le convierte en vecino insigne de su concejo. Un honor que le hace tremendamente feliz.

De Cofiñu al mundo… y vuelta a casa
Hemos quedado con él en Cofiñu porque es su pueblo natal y porque asegura, convencido, que aunque ha pisado los cinco continentes y multitud de tierras sorprendentes, no se baja de la burra: Cofiñu es el lugar más guapo del mundo. Y él lleva (y llevará por siempre) este recodo por bandera allá donde vaya.
Además, se jacta: lleva más de 60 años presumiendo orgulloso de ser de Parres, hablando de este concejo más allá de sus fronteras y promocionando sus bondades sin descanso. Asegura que si a lo largo de su vida le hubieran dado un céntimo por cada vez que ha hablado de Arriondas, del Bollu, del Sueve, de las Piraguas o de las preciosas vistas que hay desde la guapa aldea en la que nació, ahora mismo tendría millones.
Y eso que, aunque nunca se quiso ir, se marchó temprano de Parres. Y aunque intentó volver enseguida (embriagado de morriña, cuando tenía 15 años y llevaba un mes estudiando fuera de casa), el destino tenía otros planes para él y no pudo regresar hasta el año 2013, convertido ya en leyenda montañera de la comarca, del GREIM y de los Picos de Europa.
“Con 15 años me fui. Era septiembre de 1973 y en noviembre llamé a casa pidiendo volver. Echaba de menos el Sueve, echaba de menos Cofiñu… echaba de menos la libertad de correr libre por el monte cada día. Allí no me encontraba. Sin embargo, cuando ya tenía decidido abandonar los estudios surgió una formación de esquí y escalada en Candanchú, en el Pirineo aragonés. Me apunté de cabeza. Ahí empezó mi contacto con la escalada y el esquí. Ahí empecé a aprender a andar por el monte. Y ahí empecé a posponer la idea de regreso: siempre con el corazón en casa, pero entregado a las muchas, muchísimas andanzas que la vida me tenía guardadas», relata.
Desde aquel momento en Candanchú, la montaña dejó de ser solo un paisaje para convertirse en un oficio, una escuela y, con el tiempo, una forma de estar en el mundo.

A partir de ahí, la vida de Bernabé empezó a girar en torno a la nieve, la roca y las pendientes. Se formó como esquiador, como escalador y, más tarde, como rescatador. Terminó los estudios, ingresó en la Guardia Civil y acabó siendo uno de los pioneros del GREIM, el Grupo de Rescate e Intervención en Montaña. Además, no tardó en convertirse en instructor en la Escuela de Montaña de Jaca, formando durante más de 30 años a nuevas generaciones de especialistas.
Durante décadas participó en rescates, ascensiones, formaciones y expediciones. Fue testigo de accidentes, de milagros y epopeyas, de errores y de aciertos. Pero nunca perdió la calma ni la sonrisa tranquila del guaje que subía a Pandellabancu con el rebaño.
«Ya ves, la vida: quería volver a los dos meses de irme de Cofiñu, en el año 73. Y aunque nunca dejé de regresar, de trabajar en Picos, de subir al Sueve, de estar vinculado a Asturias y de hablar y hablar de Parres allá dónde fuera…tardé más de 40 años en regresar a casa definitivamente”, asevera divertido.
Un romance de más de 780 citas (y las que quedan)
Otra cosa a destacar de su trayectoria es que, a lo largo de todos estos años, Bernabé también tuvo tiempo para tener y entregarse a un romance muy especial. Uno que no solo le ha proporcionado placeres y alegrías, sino que le ha llevado a ostentar un pequeño récord en los Picos de Europa. Y no, no se trata de un romance al uso, sino de una historia de amor con un enorme penacho calizo llamado Picu Urriellu:
«La primera vez que subí al Naranjo de Bulnes fue con mi amigo cangués José Luis Somohano, un grandísimo escalador. Ese día, al tocar la cumbre, sentí una impresión de magia y una emoción enorme. Y puedo decir que, desde entonces y en diferentes circunstancias, he tenido la suerte de subir a esa preciosa cima muchísimas veces más. Todas y cada una de ellas fueron distintas, una aventura, y en todas ellas la emoción y la impresión al alcanzar la cumbre fueron las mismas que el primer día», atestigua.
Eso sí, aunque lleva la cuenta de todas las ascensiones a su Naranjo del alma (786, para ser exactos), afirma rotundo que nunca buscó batir ningún récord. Que lo de esguilar Urriellu arriba por diferentes vías fueron fortunas y oportunidades que la vida, la amistad o el trabajo le pusieron por delante. Que en todas se emocionó, aprendió y encontró un detalle distinto. Que todas y cada una de ellas están grabadas a fuego en su memoria, su alma y su experiencia.

Tras decir esto, Bernabé suspira. Clava la mirada en el horizonte e indica -no sin cierto romanticismo- que el suyo es el oficio más bello del mundo. Que esa conquista de lo inútil que es el alpinismo es (y ha sido) su vida entera. Que no puede estar más contento de haber sabido seguir el rastro de aquella sensación —tan de libertad y plenitud— que le producía, siendo guaje, subir a guardar los animales por aquel sendero estrecho entre árboles y laderas entornadas.
Sobre el Premio Fayuela
Avanzando en su relato también cuenta que, el pasado año, la Asociación Española de Guías de Montaña le concedió su Medalla de Oro. Un reconocimiento enorme, nacional, profesional: de esos que pesan. De los que se guardan como un amuleto. Sin embargo, Bernabé afirma algo más, sin rodeos: por mucho (muchísimo) que agradezca y disfrute ese y otros premios, recibir la Fayuela (el premio de casa, en casa) eso es otra cosa.
«Piénsalo así: todas las fiestas de prau molan. Pero la tuya, la del tu pueblo… esa siempre es especial. Esa es la que te parece mejor. ¿No? Pues eso es exactamente lo que siento yo al recibir la Fayuela. Esa alegría de celebrar con los míos, por todo lo alto, en casa”.
Tras el oportuno símil, reflexiona más serio: dice que sigue subiendo al Sueve, y al Urriellu, todos los años; muchas veces. Que sube contento y cantando. Que sube recordando e impresionándose cada vez. Que sube envuelto por aquella misma sensación de gozo que sentía de guaje cuando madrugaba feliz y se echaba a las caleyas montunas solo para abrirles a las ovejas. Como cuando se sentaba extasiado a ver salir el sol por detrás de los Picos de Europa desde la puerta de una cabaña humilde. Esas sensaciones recogidas siendo muy niño en el Sueve han gobernado y marcado su vida felizmente. Ese paisaje ha vibrado en su corazón siempre, muy presente.
Y ahora, además, su tierra le devuelve ese amor inmenso que él siente por ella dándole un premio con forma de Fayuela.
Entonces, claro, ¿cómo no le va a hacer ilusión máxima a un “rapaz” de Cofiñu que le nombren parragués insigne?






