
El jueves 4 de junio, se inauguró una librería en Cangas de Onís.
El hecho, en sí mismo, es desafiante, y cuenta con un componente utópico parecido al que, en Palos de Moguer, animó a Colón en su singladura. Porque la pequeña ciudad quizá sea tan resistente a los musulmanes como a la lectura, con lo que abrir un local que no despache vinos o camisetas, y que además se ampara en una calle a contraviento turístico, habla sin duda de una mujer —Susana— cargada de determinación.
El jueves de la inauguración, la España que lee llenó la estancia, plagada de libros apetitosos que colmaban los anaqueles en un espacio franco y amable, con sillones para sentarse y hablar un rato a espaldas de viajes organizados y de toda la marabunta que nos da de comer o nos lo pide. Es decir, un lujo al que no estamos acostumbrados en esta capital del deporte y la contracultura.


Sobre las mesas, que te van hablando de títulos y autoras que te suenan algo, encontré y compré un libro de Labatut, ‘Antártica’, con el que el autor más rabiosamente moderno en los tiempos digitales que nos tocan inauguró su viaje meteórico a la fama. Había leído ‘Maniac’, también suyo, en primer lugar; después ‘Un verdor terrible’, que lo había escrito antes, y hoy empezaré el que fue su debut y rima con el apellido. Pocos libros, como los suyos, me han reportado tanto disfrute y conocimiento. Y ahora está ahí, en una ‘libre-iría’ que juega con la palabra y con la idea.
En Florencia, Lisboa o Copenhague, por poner tres capitales disímiles pero depredadoras turísticas, si yo supiera que existe en alguna de sus calles de atrás un despacho bello e inteligente de libros, ¡vaya si iría!






