Un ‘delfín’ de 192 millones de años en Asturias

El fósil, encontrado por un particular en los acantilados de Vega en 2009, pertenece a Ichthyosaurus anningae, un reptil marino de unos dos metros y el ejemplar más grande conocido de esta especie

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Playa de Vega, en Ribadesella, en cuyos acantilados fueron localizados en 2009 los restos del ictiosaurio. | Xuan Cueto

Hace unos 192 millones de años, donde hoy están la playa y los acantilados de Vega, en Ribadesella, no había playas ni acantilados. Había mar.

Por aquellas aguas nadaban ictiosaurios, reptiles marinos de cuerpo estilizado que, por su aspecto, pueden recordar a los delfines actuales. Uno de ellos murió y acabó hundido en el fondo fangoso de aquel mar. Sus restos quedaron enterrados en el sedimento y allí permanecieron durante casi doscientos millones de años.

En 2009, un particular, José Antonio Sánchez Féliz, encontró parte de aquellos restos en los acantilados situados al este de la playa de Vega. Lo que entonces eran simplemente unos huesos atrapados en una roca han resultado ser algo mucho más importante: el primer ejemplar identificado en Asturias de Ichthyosaurus anningae y, además, el primer registro inequívoco de esta especie fuera de Reino Unido.

El descubrimiento acaba de ser dado a conocer por un equipo internacional de investigadores del CONICET y el Museo de La Plata de Argentina, el Museo del Jurásico de Asturias (MUJA) y el Rochester Institute of Vertebrate Paleontology de Estados Unidos.

El mayor ejemplar conocido

El fósil no conserva el esqueleto completo, pero sí suficientes elementos para identificar la especie. Los investigadores han podido estudiar distintos huesos del cráneo, algunos de ellos conservados en tres dimensiones, además de dientes, parte de la aleta izquierda, costillas y numerosas vértebras.

La preparación del ejemplar no fue sencilla. Los huesos de los ictiosaurios, especialmente los del cráneo, son muy delicados y su extracción y estudio requieren tiempo y cuidado. Pero el trabajo en el laboratorio ha permitido recuperar una cantidad de información poco habitual en un fósil de estas características.

Entre las piezas estudiadas se encuentra el húmero, cuya forma, junto con determinados rasgos del cráneo, ha resultado clave para determinar la especie.

Y hay otro dato que hace especialmente singular al ejemplar asturiano: era un adulto de aproximadamente dos metros de longitud y es el mayor Ichthyosaurus anningae conocido hasta ahora.

Recreación del aspecto que pudo presentar el ejemplar de Ichthyosaurus anningae encontrado en Vega, a partir de las dimensiones estimadas por los investigadores. Imagen generada mediante IA.

El hallazgo se ha datado en torno a los 192 millones de años, durante el Pliensbachiense, una etapa del Jurásico Inferior. Los restos aparecieron en una marga gris oscura de la Formación Rodiles, utilizando los ammonites presentes en estos materiales para afinar la edad de las rocas.

Cuando Asturias era un mar

Para imaginar el lugar en el que vivió aquel ejemplar hay que olvidarse por un momento de la Asturias actual.

Durante la primera mitad del Jurásico, una extensa plataforma marina cubría buena parte del territorio que hoy conocemos como Asturias. Era un mar relativamente poco profundo, de menos de cien metros, cuyo fondo estaba formado por fango y presentaba unas condiciones pobres en oxígeno.

Fue precisamente en aquel ambiente donde acabó enterrado el ictiosaurio de Vega.

Recreación de Ichthyosaurus anningae en el mar que cubría Asturias hace unos 192 millones de años. Imagen generada mediante IA.

Los ictiosaurios no eran dinosaurios, aunque vivieron durante millones de años junto a ellos. Eran reptiles que se adaptaron por completo a la vida marina y desarrollaron un cuerpo hidrodinámico, aletas y una forma de desplazarse por el agua que recuerda inevitablemente a algunos cetáceos actuales.

El registro de ictiosaurios de esta edad es relativamente escaso a escala mundial, por lo que el fósil asturiano aporta información valiosa sobre estos ecosistemas jurásicos.

Y permite saber, además, que aquellos mares tenían más de un tipo de ictiosaurio.

Dos ictiosaurios, dos formas de alimentarse

En Asturias ya se conocía otro ictiosaurio jurásico, localizado en los acantilados próximos a Rodiles, en Villaviciosa. Aquel ejemplar pertenece al género Leptonectes.

La comparación entre ambos muestra una diferencia interesante: no todos los ictiosaurios que nadaban por aquellos mares tenían la misma dieta.

Los dientes de Ichthyosaurus anningae eran relativamente robustos, moderadamente cónicos y con los extremos redondeados. Su anatomía apunta a una dieta generalista, capaz de incluir diferentes tipos de presas.

Los de Leptonectes, en cambio, eran más delgados, delicados y finamente estriados, características asociadas a una alimentación principalmente piscívora.

Hace 192 millones de años, por tanto, al menos dos tipos de ictiosaurios compartían las aguas asturianas, junto a plesiosaurios, otros reptiles marinos cuyos restos también han aparecido en el Jurásico de la región.

Los esqueletos de estos tres grupos de reptiles marinos encontrados en Asturias están, además, entre los más completos de la Península Ibérica.

Una especie con nombre de pionera

El nombre de la especie tiene también una pequeña historia que merece la pena contar.

Ichthyosaurus anningae fue descrito científicamente en 2015 por los paleontólogos Dean Lomax, de la Universidad de Manchester, y Judy Massare, del Rochester Institute of Vertebrate Paleontology. La especie recibió el nombre de Mary Anning, la paleontóloga inglesa del siglo XIX que se convirtió en una figura fundamental en el estudio de los reptiles marinos jurásicos.

Y el propio fósil que permitió reconocer la especie tiene una historia casi de novela.

El ejemplar principal había sido encontrado en la costa de Dorset en 1980 y acabó en el Doncaster Museum and Art Gallery. Allí permaneció almacenado durante más de tres décadas, pero con una peculiaridad: estaba catalogado como si fuera una réplica de yeso, no un fósil auténtico.

Hasta que Dean Lomax reparó en él.

Al examinarlo descubrió que aquel supuesto molde era en realidad un fósil extraordinariamente bien conservado. Y había algo más: sus características no encajaban con ninguna especie conocida. El ejemplar acabó convirtiéndose en el holotipo de una nueva especie, bautizada en honor a Mary Anning.

Ahora, once años después de aquella descripción, aparece en Asturias otro ejemplar de la misma especie y, además, el de mayor tamaño conocido.

La historia tiene así una curiosa vuelta de tuerca: un fósil que pasó décadas olvidado en un museo británico permitió reconocer una especie nueva; otro, encontrado por un particular en los acantilados de Vega, demuestra ahora que aquella especie no vivía únicamente en las costas de Reino Unido.

De Vega al mapa del Jurásico europeo

El nuevo estudio ha sido realizado por Marta Fernández y Lisandro Campos, del CONICET y Museo de La Plata; Judy Massare, del Rochester Institute of Vertebrate Paleontology; y Laura Piñuela, Ángel García-Pérez y José Carlos García-Ramos, del Museo del Jurásico de Asturias.

Los resultados se han publicado este mes en la revista internacional Acta Palaeontologica Polonica, donde el equipo presenta el ejemplar de Ribadesella como la primera evidencia inequívoca de Ichthyosaurus anningae fuera de Reino Unido.

El equipo investigador durante la presentación del estudio en el Museo del Jurásico de Asturias.

El estudio fue presentado este miércoles en el Museo del Jurásico de Asturias, en un acto en el que participó también el director general de Patrimonio Cultural, Pablo León.

Pero la historia de este ictiosaurio comenzó mucho antes de que apareciera en una revista científica. Comenzó en 2009, cuando un particular encontró unos huesos entre las rocas de Vega.

Hoy, después de millones de años bajo el antiguo mar asturiano y años de preparación y estudio, esos restos permiten poner nombre a uno de los animales que nadaron por estas aguas cuando Asturias era todavía un mundo completamente distinto.

Un Ichthyosaurus anningae de unos dos metros que, por ahora, ostenta otro pequeño récord: es el mayor ejemplar conocido de su especie y el primero que demuestra que también vivió en los mares que cubrían el norte de la Península Ibérica.

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