Un recorrido por los secretos mejor guardados del Santuario de Covadonga: desde su cripta oculta y un pequeño ‘Museo del Prado’ hasta rituales y rincones que la mayoría de visitantes pasa por alto
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Hay lugares que parecen conocidos antes incluso de visitarlos.
El santuario de Covadonga es uno de ellos. La imagen de la basílica, la cueva suspendida en la roca, el sonido constante del agua… todo forma parte de un imaginario compartido que millones de viajeros reconocen al instante.

Y, sin embargo, Covadonga rara vez se recorre en profundidad. La visita suele concentrarse en unos pocos puntos, en un itinerario casi automático: llegar, mirar, fotografiar y continuar hacia otra parte.
Incluso muchos asturianos que repiten cada año la visita conocen solo lo superficial.
Covadonga es, en realidad, un lugar lleno de curiosidades y secretos. Más allá de los espacios más transitados, existen detalles apenas advertidos, historias que se esconden en la piedra, elementos arquitectónicos con significado y rincones que pasan desapercibidos.
Este recorrido propone acercarse a Covadonga desde esa otra mirada: la de quien se detiene, observa, se pregunta… y, casi sin darse cuenta, empieza a descubrir.
La basílica y su cripta
La Basílica de Santa María la Real de Covadonga es el icono más reconocible del conjunto. Pero su historia —y parte de su interés— no está tanto en lo que se ve como en lo que se esconde bajo sus muros.
Pocos visitantes saben que el santuario actual nace, en buena medida, de accidentes e intentos fallidos. En 1777, un incendio arrasó el antiguo Templo del Milagro, ubicado donde hoy está la Santa Cueva.

Tras ese revés se planteó un proyecto de reconstrucción que incluía un templo del célebre arquitecto Ventura Rodríguez. La idea nunca llegó a materializarse y el lugar quedó durante décadas en una especie de pausa.
3D para recrear el templo de Covadonga que nunca se llegó a construir
El giro llegó con la visita de Isabel II en 1858. A partir de ahí, el santuario se reactiva hasta desembocar en la basílica actual, iniciada en 1877 e inaugurada en 1901 tras mover más de 24.000 toneladas de roca.

El proyecto arranca con Roberto Frassinelli —el célebre ‘alemán de Corao’— y lo culmina Federico Aparici. El resultado fue un templo neorrománico levantado con una piedra rosada extraída de la propia montaña.
Esa piedra, conocida como ‘rojo Covadonga’, no solo define el edificio. El uso de ese material repite en más lugares del santuario —basta con mirar al suelo en la explanada— y por más puntos de Asturias, especialmente en pavimentos.

Pero el verdadero secreto de la basílica está debajo, en su cripta.
Desde un lateral, una escalera desciende hacia esa cripta. Muchos pasan de largo. Y, sin embargo, es uno de los espacios más singulares del conjunto.
Consagrada en 1891 y también diseñada por Frassinelli, hoy se utiliza de forma discreta e íntima, para misas por encargo. En su interior conviven una talla del Sagrado Corazón realizada por Antonio Yerro Feltrer y un altar de mármol blanco donado por el indiano Antonio Monasterio, sobre el que descansa una virgen de marfil.
He ahí otro de los hilos invisibles de Covadonga, el del vínculo con la emigración asturiana.
Y un detalle más: el primer barreno para excavar todo el conjunto lo accionó Alfonso XII en 1877. Toda una declaración simbólica.
Pelayo, la estatua… y lo que hay detrás
En la explanada superior, la que se abre frente a la basílica, una figura vigila. Es la estatua de Pelayo, obra de Gerardo Zaragoza.
Su victoria en la batalla de Covadonga, en el año 722, es uno de los relatos más repetidos —y debatidos— de la historia española. El enfrentamiento entre las tropas de Pelayo y las dirigidas por Al Qama marcó el inicio del Reino de Asturias y de la Reconquista.

En la base del monumento, una inscripción tomada de la crónica de Alfonso III de Asturias resume esa carga simbólica: “nuestra esperanza está en Cristo + este pequeño monte será la salvación de España”
Pero el verdadero secreto está en levantar la vista.

Tras la estatua se alza el Picu Priena, coronado por la Cruz de Pelayo. Desde ahí —dice la tradición— se preparó la emboscada.
Un museo que casi nadie esperaba
En el camino hacia la cueva, un edificio pasa desapercibido. Hoy es el Museo de Covadonga, pero durante años fue el Hostal Favila y, más tarde, sede de la Escolanía, hasta que el coro de voces blancas se disolvió en 2023.
Durante mucho tiempo, este museo fue poco más que un depósito de exvotos, ofrendas que los fieles dejaban a la Virgen. Hasta que en 2001, con el traslado al edificio actual, comenzó una transformación silenciosa.

Hoy guarda obras de arte de primer nivel.
Entre ellas, la serie cronológica de los reyes de España, encargo de la reina Isabel II en 1847 a José Madrazo. Pertenecientes al Museo del Prado, 17 retratos se encuentran depositados en Covadonga. Entre ellos, el del rey Pelayo. Un pequeño Prado escondido en Covadonga.

Otra de las piezas más significativas es la corona de la Virgen, elaborada con piedras preciosas.
El escudo que pudo ser
En una esquina de la explanada, una torre que parece no encajar en el conjunto guarda uno de los detalles más extraños.

En su fachada se puede ver un escudo de España diferente. Sus cuarteles no están organizados de la forma habitual, sino divididos por una gran Cruz de la Victoria, el símbolo histórico de Asturias.
No es un capricho decorativo. Durante un tiempo, llegó a plantearse la posibilidad de incorporar este emblema asturiano al escudo nacional. No ocurrió, pero aquí quedó congelado en piedra.

Otro detalle de la torre no menos curioso: durante años fue cuartel de la Guardia Civil.
La campana que nunca sonó
A pocos metros de esa torre, en el camino a la cueva, se encuentra la Campanona. Para verla hay que levantar la vista y el de ver es el único sentido que despierta, porque por extraño que parezca no está ahí para sonar.

Fundida a finales del siglo XIX en los altos hornos de Duro Felguera, pesa cinco toneladas y mide tres metros. Fue presentada en la Exposición Universal de París de 1900, donde obtuvo el primer premio y una mención honorífica.
Pero lo más revelador está en su superficie. La decoración, obra del artista italiano Xaviero Sortini, despliega escenas inspiradas en la Divina Comedia de Dante: pasajes del infierno, el purgatorio y el juicio final recorren el bronce con una minuciosidad casi narrativa.

Un apunte más sobre campanas. Las que sí suenan, y mucho, son las de la basílica, que además no tañen una melodía cualquiera. Tocan el ‘Himno a la Santina’.
La cruz que marcaba el camino
Siguiendo la ruta hacia la santa cueva, antes de entrar al túnel, un elemento pasa desapercibido, pero que sin embargo es una de las piezas más antiguas de todo el santuario: la Cruz del Peregrino.

Data de 1676 y, desde su origen, estuvo vinculada al tránsito de caminantes y devotos. Estuvo en el puente del antiguo Mesón de Peregrinos, luego a la entrada del cementerio —sí, Covadonga también tiene su propio camposanto— y en 2023 volvió a un lugar protagonista. Al lugar que hoy ocupa llegó por decisión del entonces abad, Adolfo Mariño.
El túnel, la Santina y los ritos
El túnel cambia el ritmo. Luz tenue, silencio… y velas. Decenas de velas dan la entrada en los primeros metros de oscuridad.

Poner una vela a la Virgen de Covadonga es un gesto que va más allá de la fe. Para los asturianos, creyentes o no, su Santina es sagrada y ofrecer una vela es un indispensable en cualquier visita.
Avanzando por el túnel, un calvario de 1944 enmarca una de las imágenes más fotografiadas: la basílica vista desde una abertura roca. Eso sí, hacerse el selfie de rigor en ese espacio requiere de hacer cola y paciencia.

Unos metros más y el túnel desemboca en la Santa Cueva, el lugar de los lugares. En su interior se encuentra la imagen de la Santina, una talla de madera del siglo XVII, colocada sobre un altar pétreo y enmarcada por una exedra dorada. A ambos lados, dos lámparas votivas evocan las piezas del Tesoro de Guarrazar.
Quien haya hecho más de una visita al santuario se habrá percatado de un detalle: el traje de la Santina no siempre es el mismo. La Virgen tiene más de medio centenar de mantos, en su mayoría donados por instituciones y devotos —desde la Familia Real hasta cuerpos como la Guardia Civil o la Policía Nacional—. El más reconocible es el rojo bordado en oro que luce cada 8 de septiembre.

De una de las cintas que adornan el manto pende una pequeña medalla, que tradicionalmente se besa como muestra de devoción. Durante la pandemia ese contacto tuvo que prohibirse para evitar contagios. La Santina hace milagros, pero tampoco hay que pedirle imposibles.
La cueva es también un espacio de memoria funeraria. En el lateral derecho se encuentra el sepulcro de Pelayo. Sus restos fueron trasladados en el siglo XIII por orden de Alfonso X el Sabio desde la iglesia de Santa Eulalia de Abamia, junto a los de su esposa Gaudiosa y su hermana. Más adelante, en una zona menos visible, reposan también Alfonso I de Asturias y su esposa Hermesinda.
Escaleras, agua y deseos
Al salir de la cueva, a la derecha, aparece una escalinata empinada. Son las escaleras de las promesas o del perdón, que bajan hacia la explanada del pozón. Lo suyo no es bajarlas, sino subirlas para cumplir con una promesa (de ahí su nombre). 103 peldaños que además es mejor subir de rodillas.

Abajo, el pozón recoge otro ritual: lanzar una moneda y pedir un deseo. Ese pozo se seca en determinadas ocasiones para que el Cabildo recoja las monedas.
Al fondo se halla la Fuente de los Siete Caños, que mantiene viva otra leyenda, quizás la más célebre del santuario. Quien bebe de cada uno de los caños se casa en un año.

Puede parecer un juego. Pero muchos siguen probando suerte. Aunque lo hacen bajo su propia responsabilidad, ya que un cartel advierte que el agua carece de «garantía sanitaria». Se puede salir de allí con matrimonio a la vista, pero pasando antes por una indisposición.
Una curiosidad más: tras días de lluvia, el lugar cambia por completo. Cayendo de la roca al pozón aparece un chorrón —así se le llama en Asturias, el ‘chorrón’ de Covadonga—, llenando el espacio de un estruendo continuo.

La colegiata que casi nadie visita
Cuando parece que la visita ha terminado, Covadonga guarda más ases en la manga.
La Colegiata de San Fernando es uno de ellos. Situado junto a la cueva, es el edificio más antiguo del santuario, aunque pase casi desapercibido.

Fue levantado entre 1585 y 1599 sobre un antiguo monasterio, conserva sepulcros románicos del siglo XI en su claustro. En su interior, un retablo barroco procedente de Monasterio de Santa María de Valdediós y una obra de José Capuz añaden otra capa de historia.
Antes de las actuales escaleras, desde aquí se accedía a la cueva.
Los leones viajeros
Bajo la colegiata y la cueva, dos leones de mármol de Carrara, réplica de los leones que custodian la tumba del papa Clemente XIII, velan por el acceso.
Son obra de Pompeo Marchesi y estaban destinados a una finca en Betanzos.

Nunca llegaron allí.
En 1970 fueron adquiridos por Javier García Lomas y acabaron en Covadonga, sustituyendo a los elementos originales de entrada.
Otra historia de traslado inesperado.
Los jardines ocultos
Debajo de esos leones se abren los Jardines del Príncipe —nombre en honor a quien después fuese Alfonso XIII—, la cara verde y quizás más desconocida del santuario.
Senderos, puentes de madera, vegetación cerrada… y otro salto de agua, este conocido como ‘cola de caballo’.

En los jardines se encuentra también el antiguo Mesón de Peregrinos de 1763, impulsado por el abad Campomanes.

Los jardines son un buen rincón para bajar el ritmo y resguardarse del calor en los días de verano.
El tren y el obelisco
En la parte baja del santuario, donde la carretera marca la entrada a Covadonga, está el campo de El Repelao.
Un obelisco en un margen de la carretera recuerda la coronación de Pelayo, pues fue en ese lugar donde se produjo.

Frente a ese monumento, la antigua estación del tranvía conecta Covadonga con otra historia menos conocida. Entre 1908 y 1933, esa línea conectaba Arriondas con el santuario, facilitando tanto el traslado de viajeros como de mercancías.

No era un transporte menor. Desde ahí partía también el mineral de hierro extraído en las minas de Buferrera, en los Lagos de Covadonga, rumbo al puerto de Ribadesella, donde se embarcaba hacia Inglaterra. La estación, reconvertida durante un tiempo en oficina de turismo, permanece hoy cerrada.

Información práctica para planificar la visita
El santuario se encuentra en el concejo de Cangas de Onís, a unos 10 kilómetros de la ciudad.
Durante gran parte del año se puede llegar en vehículo propio hasta el entorno del santuario, donde existen zonas habilitadas de aparcamiento. En temporada alta y fechas señaladas, el tráfico puede ser más intenso, especialmente en fines de semana.
Es posible también llegar en transporte público, en buses que parten de la estación de Cangas de Onís y que se pueden combinar con el billete a los Lagos.

La visita completa, deteniéndose en los principales espacios y recorriendo también las zonas menos transitadas, requiere entre una y dos horas. El recorrido no presenta dificultad técnica, aunque incluye escaleras y tramos con pendiente.
El complemento perfecto está en la subida a los Lagos de Covadonga, en buses o taxis que parten del propio santuario.
Guía práctica para visitar los Lagos de Covadonga en 2026
¿Para quién es esta experiencia?
Para quien ya ha estado… y quiere volver de otra manera.
O para quien acude por primera vez. Porque el Santuario de Covadonga es un imprescindible en cualquier viaje a Asturias. Siempre hay visitantes. En una tarde cualquiera entre semana pueden coincidir una excursión de jubilados y un viaje de estudios de un instituto. Y un fin de semana desde grupos de moteros hasta reservistas del Ejército. Y obligada es cada año la visita de los jugadores del Real Oviedo y del Sporting a la Santina. Pocos lugares consiguen esa mezcla.
Cangas de Onís: una experiencia sensorial entre naturaleza y cultura
Prueba de ese magnetismo son las visitas de personajes famosos que ha recibido a lo largo del tiempo. En el ámbito religioso, destaca la de Juan Pablo II en 1989. En el institucional, la presencia de la monarquía ha sido constante desde Isabel II: Alfonso XII, Alfonso XIII, Juan Carlos I o la actual familia real al completo, con Felipe VI, Letizia Ortiz, Leonor de Borbón y Sofía de Borbón.
Y también ha tenido su cuota inesperada de ‘celebrities’ de Hollywood. Por aquí han pasado actores como Eva Longoria, con raíces asturias, o Mel Gibson, quien llegó —según se contó entonces— en busca de inspiración para una posible película sobre Pelayo. Aquel ‘Braveheart’ a la asturiana nunca llegó a rodarse. Pero la historia, como tantas en Covadonga, sigue ahí.





