María José, una vida en Mestas de Con

María José Vega Valle recibe el reconocimiento del Ayuntamiento en el homenaje anual a las mujeres de Cangas de Onís tras una vida de trabajo, familia y arraigo en su pueblo

Tiempo de lectura: 6 minutos
María José Vega Valle, Mujer de Cangas de Onís 2026. | Gloria Pomarada

María José tiene claro su lugar en el mundo.

Está en Mestas de Con, en la casa familiar en la que nació y en la que ha vivido todos y cada uno de sus 67 años.

Es la casa en la que creció junto a sus dos hermanos, en la que crió a sus dos hijos, en la que vio hacerse mayores a sus padres y a la que siguen peregrinando a diario desde amigos hasta familiares. Basta una tarde cualquiera para comprobarlo: en los soportales se reúnen sobrinos, hijos, nieto, nuera, amigas…

«Esto es como la ONU», bromea.

Esa particular ONU anda estos días en una misión especial, la de escribir el discurso que leerán durante el Homenaje a las Mujeres de Cangas de Onís.

María José es una de las reconocidas por el Ayuntamiento cangués, un honor por el que se muestra sorprendida, pero también agradecida y especialmente ilusionada por recibirlo a la par que Menta González Castaño, de la que guarda buenos recuerdos desde su juventud. «Me acuerdo de ser chavaleta y ver siempre a Menta [en La Covadonguina] muy tranquila y arreglada», explica.

Menta y la añorada La Covadonguina

Infancia de juegos y travesuras

María José Vega Valle nació un 26 de septiembre de 1958 en Mestas de Con. La suya fue una infancia de juegos en la calle y «muchísimas travesuras». Tantas que cree que hoy sería imposible que los guajes del pueblo las replicasen. María José y su pandilla llamaban a las puertas de los vecinos y se escondían, cogían cosas de una tienda y echaban a correr para chinchar a los dueños… «Aunque luego las devolvíamos», precisa.

María José en la cocina de su casa, en la que nació y en la que ha vivido siempre. | Gloria Pomarada

Eran, relata, travesuras sin mala intención, propias de niños «muy trastos» que se pasaban «todo el día en la calle» jugando «al escondite, a la comba, a la goma…». Juguetes había pocos y a María José los que más huella le han dejado se los trajeron vecinos y familiares de Madrid y Venezuela. Del otro lado del Atlántico llegó, por ejemplo, su primera muñeca.

«Ahora no saben más que del postureo en el móvil», reflexiona sobre la actual juventud.

Estudios y primeros pasos

Tras iniciar sus estudios en la escuela de Mestas de Con, a la que cuenta orgullosa que también irá su nieto pequeño, Hugo, pasó al instituto Rey Pelayo, en Cangas de Onís, donde cursó mecanografía. Dice con sinceridad que estudiar no le gustaba «nada», pero que aun así lo «pasó bien». «Me pagaban el viaje a Cangas para golfear», reconoce entre risas.

María José. | Gloria Pomarada

De aquellos años de juventud le han quedado también grabados los días de playa en Barro o la curiosa historia de su primer bikini. Lo compró con 500 pesetas que encontró yendo a un funeral en Corao y recuerda que en ese instante pensó: «¡Ya tengo bikini!». Comprarlo lo compró, un bikini marrón, pero a continuación quedaba el desafío de ponérselo. «Había que atreverse», explica. Como la mujer con arrojo que es, se lo puso y lo lució como es debido.

Trabajo y sacrificio

Al filo de la mayoría de edad, María José empezó a trabajar sin salir de Mestas de Con, «en cocina y haciendo un poco de todo» en el restaurante La Ruta. De la hostelería pasó al trabajo doméstico, cuidando a mayores en sus casas y atendiendo un chalé en el propio pueblo en el que vivía por aquel entonces Carlos Lomana, quien fuese director de la Caja de Ahorros de Cangas de Onís. «El hermano de Carmen Lomana», precisa María José.

A aquella casa llamaban desde Carmen Lomana hasta Pipi Estrada, rememora; pero, como mujer discreta y leal, prefiere guardarse las anécdotas. «Tenía para ir a un programa de la tele», dice con media sonrisa. Carlos y su familia, continúa, «eran buena gente» y los hijos todavía le hacen visitas.

María José, apoyada en la barra de su cocina. | Gloria Pomarada

Tras ese periplo doméstico volvió a la hostelería, al hotel Villa de Mestas como ayudante de cocina, donde trabajó durante dos décadas.

Madre soltera de dos hijos, Adolfo y Pablo, su vida laboral no fue sencilla. En ocasiones tuvo que compaginar varios trabajos, pasar veranos sin ver apenas a sus hijos, soportar los «calores» de la cocina, las horas de espera que le ponían los nervios de punta, el cansancio de permanecer de pie…

En mayo del año pasado llegó la ansiada jubilación.

Una jubilación para disfrutar

«Lo llevo bien, no me aburro», asegura. En estos primeros meses de retiro ha logrado una hazaña: ha dejado de fumar. «Dos cajetillas fumaba, ya no hablaba. Me metieron la goma y me dijeron lo que había», comparte.

También ha empezado a hacer gimnasia y, sobre todo, disfruta del tiempo junto a los suyos. Con sus hijos y sus dos nietas mayores, de 13 y 15 años, no pudo pasar todo el que hubiera querido mientras crecían por tener que trabajar. Pero ahora tiene todo el tiempo del mundo para estar con Hugo, de dos años, un niño «muy espabilado» que es «la alegría de todos».

María José contempla la foto de familia de la boda de su hijo menor. | Gloria Pomarada

Otra de sus pasiones es viajar y, de hecho, fue lo primero que hizo tras jubilarse: un crucero por las islas griegas. «Guapísimo», resume.

Pero, de todos los lugares que ha conocido, se queda sin dudar con México. Allí viajó para visitar a una familia con la que trabajó y recorrió DF, Puebla… «Me encantó».

En la lista de pendientes tiene dos destinos: Nueva York y Turquía. «Mucho me gusta viajar, soy igual que la viajanta del azafrán», dice entre risas.

María José. | Gloria Pomarada

Tiene claro que ahora le toca disfrutar del merecido descanso y no quiere ni oír hablar de complicaciones, como reformas en su casa de toda la vida.

Sabe que, laboralmente, ya ha cumplido, que ha «aguantado mucho», sobre todo en la hostelería, y que el camino para quienes vienen detrás no será fácil. «No soy quien para aconsejar», considera, pero sí observa que «aguantan muy poco ahora, parece que les sobra el dinero. Si tienen que aguantar lo que aguantamos en nuestra época los demás…». Hablan muchos años de experiencia y la voz de una mujer que supo salir adelante sin marcharse de su pueblo.

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