Clementina Josefa González Castaño recibe el reconocimiento del Ayuntamiento de Cangas de Onís en el homenaje anual a las mujeres del concejo por una vida dedicada a la hostelería y a crear comunidad
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Menta tiene humor, paciencia y el buen criterio que dan unos cuantos años.
El 19 de marzo cumplió 83, rodeada de sus cuatro hijos y siete nietos, un regalo al que se suma el reconocimiento del Ayuntamiento de Cangas de Onís en el homenaje anual a dos mujeres del concejo.
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Ambos eventos, cuenta, la han tenido algo nerviosa. Nada que no pueda sobrellevar con brío una mujer curtida en el sector de la hostelería durante casi cuatro décadas. Pero la de hostelera al frente de la añorada La Covadonguina es solo una de sus facetas.
De joven, en activo o ya jubilada, Menta ha sido y es, ante todo, una mujer fuerte, con coraje y libre.
Infancia entre Lago y Cangas
Menta llegó al mundo en Lago, en el concejo de Parres, como Clementina Josefa González Castaño. En ese dato biográfico caben dos apuntes: desde siempre, explica, todos la conocen como Menta; y, aunque parraguesa de nacimiento, ella se siente y es canguesa de pleno derecho.
En Lago vivió los primeros años de su vida, fue a la escuela e hizo la primera comunión. Luego se trasladó a Cangas de Onís con sus abuelos, concretamente a la carretera de Cañu. Siguió estudiando en el colegio de las monjas y exprimió la juventud hasta donde era posible en aquella época.

Tenía, cuenta, un grupo de amigas «muy leales». De entonces atesora anécdotas como la vez que, viniendo tres de ellas en bici de bañarse en el Dobra, atropellaron al gallo de un vecino. O la expectación que causó entre las chicas jóvenes un póster de Elvis Presley que le trajeron familiares de Cuba y que colgó en su habitación. «Venían las amigas a verlo. Y a echar algún cigarro», confiesa.
En otra ocasión, su güela se perdió y Menta salió a buscarla en bicicleta. La encontró y la llevó de vuelta a casa subida en la bici.
Dicen sus hijas que Menta siempre fue muy moderna. Tanto que fue de las primeras en tener y usar bikini. Añade ella que también pantalones: «Puse un pantalón negro, qué guapo era, y salí por Cangas con él. Llamaba la atención». Y hubo una época en la que se tiñó de «rubia platino». «No me arrepiento de nada en absoluto. Yo era muy libre», sostiene.
Familia y vida en La Covadonguina
Menta se casó a los 22 años con José Antonio y, antes de los 30, ya tenían cuatro hijos y un negocio. El cambio, explica, «fue radical, pero para bien».
A los tres años de casarse, Menta y su marido se pusieron al frente de La Covadonguina, un bar-tienda en la intersección de las calles Emilio Laria y Mercado. Él compaginó ese trabajo con el ganado y el reparto en camión, y Menta tiró por el bar hasta su cierre en 2003.
En los casi cuarenta años entre medias, en La Covadonguina sucedió de todo.
«Al principio era también tienda y vendíamos desde zapatillas a calderos, pinchos…». «En el negocio no había horas. Los fines de semana a las siete ya abríamos para los desayunos de los montañeros y antes de las doce de la noche nunca cerrábamos. Cuando cobraban los obreros, había veces de cerrar a las dos de la mañana».
Sus cuatro hijos «hacían vida» y hasta estudiaban en La Covadonguina, «punto de reunión de toda la familia».

Familia de sangre o no, era un negocio «muy familiar» donde todos los clientes eran bienvenidos y tratados por igual. «Nadie sobró nunca ni hicimos diferencia entre clientes», explica.
Por La Covadonguina pasaban desde guardias civiles —el cuartel quedaba al lado por aquel entonces— hasta obreros, vecinos de los pueblos, montañeros o incluso los escoltas de Franco.
Cuenta Menta que, cuando el dictador acudía a pescar al Sella, sus escoltas se alojaban en el cuartel de la Guardia Civil y llegaban a su local a desayunar, siempre lo mismo: bacon y huevos fritos.
Anécdotas para un libro
Las anécdotas de La Covadonguina y su concurrencia dan para un libro. Una de las que sigue haciendo reír a la familia es aquella ocasión en la que unas obras de saneamiento obligaron a abrir una zanja frente al bar. A la una y media de la mañana, y con algo de alcohol en el cuerpo, en ella acabaron un grupo de hombres. «Fueron cayendo al intentar sacarse unos a otros».
Otra historia que quedó grabada en la memoria de la familia es la llegada de las telenovelas. Cuentan sus hijas que, durante la emisión del culebrón mexicano ‘Los ricos también lloran’, el bar se llenaba «de 20 ó 30 paisanos» y tal era su atención que «allí no se podía hablar, casi ni respirar». «Algunos hasta lloraban», rememoran.

La Covadonguina tenía clientes tan fieles que algunos disponían de su esquina y su vaso. Otro leía el periódico de principio a fin durante horas, sin que nadie jamás le recriminase nada. Si su vecina Diana asaba castañas, las bajaba al bar y las comían todos juntos. Si otro cliente pescaba, se celebraba en el local. Si unos padres necesitaban canguro, en La Covadonguina quedaban los guajes. También recogían recados, ayudaban a los vecinos de mayor edad y, si un cliente había bebido demasiado, se le disuadía de coger el coche y Menta llamaba a un taxi que lo llevase a casa.
De aquella, «se cobraba en la libreta y se pagaba cuando se podía». Normalmente a final de mes, «aunque alguno siempre se piraba», dice Menta.
«Siempre fue un lugar tranquilo y nunca tuve ningún contratiempo ni falta de respeto», destaca.

La familiaridad que reinaba en su negocio se resume bien en un objeto: unas gafas de lectura que, encima de la barra, estaban a disposición de todos y pasaban de mano en mano.
Esas lentes son uno de los recuerdos de La Covadonguina que Menta todavía guarda en su casa. Recuerdos físicos, porque los emocionales siguen grabados a fuego y muy vivos en su memoria.
«Lo echo mucho de menos, y cuanto mayor me hago, más», comparte.
La Covadonguina echó el cierre en 2003, ya solo como bar, pues la tienda se suprimió años antes, con la llegada de los supermercados.
La vida después del bar
La jubilación no fue fácil para Menta, porque en ella faltaron dos pilares de su vida. Por un lado, el bar; por otro, su marido, quien falleció poco después de retirarse.
«Después de trabajar tanto con la ilusión para cuando nos retiráramos… Nunca se pueden hacer planes», reflexiona.
Al principio se apuntó a todas las actividades posibles para ocupar el tiempo libre. Poco a poco fue haciendo un grupo de amigas, empezó a viajar con su familia, a salir de excursión… Adaptarse a esa nueva vida de jubilada, tras cuatro décadas en el bar mañana, tarde y noche, «costó», confiesa.

Tanto que todavía algunas noches sueña que está despachando. Si tuviera que volver a empezar, dice que «repetiría todo» porque fueron «años muy felices». Y si una mañana se levantase sin achaques —y siendo joven, precisa— bajaría las escaleras «de tres en tres» para reabrir La Covadonguina.
A los jóvenes que hoy emprenden en hostelería les recomienda «tener mucha paciencia y tratar bien a la gente».
Esa fue la receta sencilla pero infalible de Menta en La Covadonguina, la que hace que aún hoy antiguos clientes la paren por la calle y le digan: «Todavía no encontramos un bar como el tuyo».
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