El desprendimiento del acantilado del monte Corveru no es un accidente, sino el resultado de un proceso geológico activo desde hace millones de años, marcado por el flysch, la erosión y la gravedad
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Visto desde lo alto, impresiona. Parece una herida abierta en la roca, una superficie recién expuesta que parece nueva en un paisaje antiguo.
El desprendimiento de la ladera del acantilado en Ribadesella ha acaparado estos días la atención mediática por su espectacularidad y por la cercanía a uno de los chalés construidos en el monte Corveru.
Mayoritariamente ha sido interpretado como un episodio súbito, casi como un fallo inesperado del terreno. Sin embargo, desde el punto de vista geológico, no hay sorpresa alguna. El acantilado no ha fallado, al contrario, está funcionando. Lo ocurrido es la expresión visible de un proceso lento, constante y antiguo, inscrito en la propia naturaleza de estas rocas.

La costa riosellana es un territorio en permanente ajuste.
Nada en ella es estático, aunque durante generaciones haya parecido inmóvil.
El desprendimiento forma parte de una dinámica que lleva miles de años activa.
Qué es el flysch y por qué se mueve
El litoral de Ribadesella está formado por una sucesión de capas alternas de caliza y marga, un tipo de roca sedimentaria en el que se combinan materiales duros con otros mucho más blandos. Según explica Laura Piñuela, doctora en Geología e investigadora del Museo del Jurásico de Asturias (MUJA), esa alternancia es la clave del comportamiento del acantilado.

Cuando llueve, detalla, la marga —una mezcla de caliza y arcilla— se empapa, pierde consistencia y se vuelve viscosa, lo que facilita que las capas superiores se deslicen. Al mismo tiempo, la propia marga, al absorber agua, aumenta de peso y desciende por efecto de la gravedad, contribuyendo al desmoronamiento del conjunto.

Piñuela sitúa el origen de estas rocas en el Jurásico superior, hace unos 152 millones de años, cuando esta zona era el fondo de un mar interior con suficiente profundidad como para no conservar huellas de dinosaurios. Sí quedaron, en cambio, restos fósiles de fauna marina, como tortugas, peces o cocodrilos, similares al ejemplar recuperado hace unos años en la zona de la Atalaya. Con el paso del tiempo, explica, los movimientos tectónicos elevaron aquellos sedimentos y los sacaron del agua.
Construir sobre una costa viva
La interacción entre esta dinámica natural y la presencia humana ha dejado huellas visibles a lo largo del tiempo. La ermita de la Virgen de Guía es uno de los ejemplos más claros. La construcción original era mayor, pero parte de ella acabó cayendo al mar hace casi dos siglos, probablemente como consecuencia de un desprendimiento del propio acantilado. Hoy solo se conserva la sección superior, suspendida sobre la ría y el Cantábrico.


Para Piñuela, el comportamiento del acantilado responde a una lógica natural: su tendencia es retroceder. Los desprendimientos, subraya, no son anomalías ni accidentes, sino la forma en que el terreno se ajusta a la erosión y a la gravedad.

Hoy, señala la geóloga, los antiguos planos de estratificación aparecen casi verticales, una disposición que favorece que la gravedad actúe de forma directa sobre las capas y facilite los desprendimientos. El resultado es un paisaje visualmente espectacular, pero estructuralmente frágil, donde el equilibrio depende de fuerzas que nunca dejan de actuar.
Lo que miran los geólogos después de un desprendimiento
El proceso que ha dado lugar al argayu en Ribadesella lleva produciéndose miles de años y no va a detenerse. Piñuela advierte de que el hecho de que se haya registrado un desprendimiento concreto no permite anticipar qué ocurrirá a continuación en ese punto del acantilado. No implica necesariamente, explica, que se vaya a alcanzar una estabilidad temporal ni que el retroceso vaya a acelerarse a corto plazo.
En algunos casos, apunta, pueden observarse grietas o fracturas en el terreno que sugieren una posible tendencia, pero en otros no aparece ninguna señal visible previa. La ausencia de indicios, aclara, no significa que el proceso se haya detenido, sino que forma parte de una dinámica difícil de predecir con precisión a escala humana.

Sobre las posibles soluciones, Piñuela es clara. Cualquier intervención sería extremadamente compleja y, en el mejor de los casos, serviría únicamente para ganar algo de tiempo, pero no para resolver el problema de fondo. Actuar sobre el acantilado, explica, sería comparable a coser una pared: una medida provisional, inviable en la práctica y condicionada además por los permisos necesarios de administraciones, como Costas y Medio Ambiente.
Aprender a leer el paisaje
El desprendimiento de Ribadesella ha tenido repercusión por su cercanía a una zona habitada, pero, según recuerda Piñuela, este tipo de episodios se producen de forma constante a lo largo de la costa. En muchos casos pasan desapercibidos y son los pescadores los únicos que los observan directamente desde el mar. Cerca de Tazones, señala, se produjo uno de dimensiones descomunales.

En el entorno del Corveru existe constancia del deslizamiento de toneladas y toneladas de material desde al menos 2016.
La historia del acantilado y de las construcciones asentadas sobre él recuerda que la costa es un sistema dinámico, con límites claros a la intervención humana.

Comprenderlo implica aprender a leer el paisaje, asumir sus dinámicasy entender que la geología no es solo pasado. Es una herramienta esencial para interpretar el presente y anticipar riesgos.






