La localidad celebra su principal seña de identidad con una multitudinaria procesión integrada por más de 200 mozas de llanisca
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La localidad lanisca de Celorio, que la semana anterior había plantado una hoguera esbelta, lustrosa, rectilínea y de gran porte, celebró este domingo el día grande en honor de la Virgen del Carmen, principal seña de identidad de los celorianos.
A la una de la tarde, la plaza de la Iglesia semejaba un enjambre humano para participar en la procesión y en la eucaristía posterior en la iglesia de San Salvador. La comitiva salió encabezada por tres rapaces vestidos de porruano que portaban una cruz y dos ciriales. Seguían el gaitero y el tamboritero: Santi Galguera a la gaita y Ángel Rey al tambor.

Por detrás aparecían tres voluminosos ramos con la enseña nacional como principal decoración entre los panes. A continuación llegaba el delirio, en concreto 236 mozas vestidas de aldeana llanisca tañendo la pandereta al compás de dos tambores que manejaban Patricia Gavito Fernández y su hija Adriana González Gavito.
Aparqué el coche más allá de Romano, a un kilómetro de la fiesta, y desde allí imaginé que sería Patricia la dueña de los palillos. Esa moza tiene ángel para el toque. Había calculado yo que las aldeanas serían más de 200, pero un puntilloso contador me aseguró que eran 236.

El cortejo sacro venía encabezado por los estandartes de la Virgen del Carmen y de San Salvador, trasladados por Jaime Cabañas y José Carlos Lledías, respectivamente. A su vera marchaba el entusiasta Santiago Fernández enarbolando el cetro de mando del pueblo, un honor que se le concede año tras año por delegación del alcalde de barrio. Las andas de la Virgen del Carmen, a hombros, por turnos de una docena de costaleros impecables en su vestimenta, y el párroco, Domingo González, cerraban la comitiva.
Celorio fue importante pueblo de emigrantes transatlánticos, sobre todo a México y Cuba. Al llegar la Virgen a la plaza de La Rotonda, por encima de la playa de Palombina, los que la llevaban giraron las andas hacia el Cantábrico en memoria de aquellos celorianos que se fueron y regresaron o no. En ese momento, la Coral San Martín de Sotrondio, bajo la batuta de Justo González Antuña, entonó una emocionada Salve, muy celebrada y aplaudida por los que allí estaban.

De regreso a la parroquial se celebró misa en un templo lleno hasta la bandera, una espaciosa iglesia saturada por vecinos, cofrades, devotos, visitantes, turistas y curiosos. La eucaristía fue acompañada con sus voces por la Coral San Martín.
Al término de la función religiosa las mozas cantaron las coplas del ofrecimiento del ramo y cuando las tripas ya crujían, cerca de las cuatro de la tarde, finalizó un festival folclórico en el que los lugareños interpretaron el Quirosanu, las jotas de Cadavedo y el Cuera, el Xiringüelu de Naves y el Pericote.















