L’andecha y la sextaferia tienen orígenes distintos, aunque vienen a coincidir en el significado de un modo parecido a lo que nombran: esos paisanos y mujeres que se van juntando en la plaza del pueblo o en el camino para atender a tareas que requieren mano común.
‘Andecha’ viene de «indicta», señal que se daba por voz, cuerno o campana llamando a la colaboración vecinal. ‘Sextaferia’ alude al día de la semana que, antes del domingo y descanso, se empleaba en trabajos de beneficio público. Así se organizaba la aldea cuando no le quedaba otra que tirar de si misma, en la prehistoria de los servicios y trabajos públicos.
Pero hoy, en los ayuntamientos y en el estado en general, van raleando los recursos, y la asistencia externa no llega a tapar los innumerables baches, físicos o de los otros, que asoman en el rural por cualquier parte que lo mires.
Por otra parte, los pueblos están experimentando una profunda transformación: el repliegue de la población campesina se alterna con un nuevo vecindario de origen urbano, que no siega a guadaña ni ceba ganado, y ajardina los derredores de las casas con máquinas de cortar el césped.
Las ‘casas de aldea’ alojan a vecinos siempre externos y cambiantes, y muchas de las otras son ocupadas por sus dueños en fines de semana o vacación. El resultado es la fragmentación del sentimiento de pertenencia a una comunidad vecinal, a un pueblo que es de todos y que, de vez en vez, necesita mantenimiento. Como también se empieza a echar en falta la figura de un ‘alcalde de barrio o parroquia’ que acierte a canalizar las inquietudes hacia el bien común.
Con todo, tanto los nuevos residentes como los oriundos recibirían de buen grado ‘la llamada a andecha’, una medicina social que restaña a un tiempo las fracturas del clima y las de la existencia. Después de cualquier tarea en común, cuando la gente se echa una mano y todos se ponen cara, merman las diferencias, crece el entendimiento y se extiende entre las casas un bienestar compartido que trepa los muros y alcanza por igual a propios y extraños.
Posiblemente al término de una andecha fue cuando alguien dijo aquello de «¿Quién es tu mejor hermano?: el vecino más cercano». ¿Qué nos falta para volver a descubrir lo que ya existió?
Pues una ley asturiana que ampare los gastos y los daños que se puedan causar durante l’andecha, pues la responsabilidad civil y el miedo a que alguien se manque no pueden ser paralizantes. Y también se necesitan ayuntamientos que espabilen a apurrir maquinaria y coordinación donde sea menester, porque en Asturias hay ejemplos para todos los gustos: hay alcaldes y concejales que saben tomar el pulso al pueblo y ejercen con decisión, y hay también corporaciones enteras que viven políticamente atechando entre mandatos.
Una nueva ley de andechas está esperando en la carpeta de tareas pendientes de Asturias.






