Luisa, la memoria de una tierra

María Luisa Fernández Toraño | Paisana del Año de Parres 2026

Tiempo de lectura: 7 minutos

Luisa está sentada al sol a la puerta de su casa, en el Llanu (Fíos). Un perro grande y negro —de nombre Príncipe— dormita a sus pies y la vigila con cariño.

Es menuda, cariñosa y risueña. Una mujer sabia a la que se le perciben las raíces largas. Y no hace falta intercambiar demasiadas frases con ella para darse cuenta de que es de este tipo de personas que desprenden amor y recuerdos a raudales; ese tipo de gente con la que se puede hablar durante horas, de las que guardan en su alma y cabeza conocimientos y vivencias para llenar una enciclopedia.

Luisa y Príncipe. | Xuan Cueto

Antes de nada, se ubica a sí misma: nació en el año 1932, a solo un paseo de donde ahora está sentada. En realidad, le basta con mover ligeramente la cabeza para abarcar con la vista prácticamente el escenario entero en el que transcurrió su vida.

Los primeros recuerdos de la guerra

Con energía, señala una ladera que asciende en un monte bajo cercano, adornada por una cuadra a pie de bosque. Es ahí donde coloca sus primeros recuerdos, describiéndose como una niña muy pequeña, de apenas 5 años, que sube junto a su madre y sus hermanos por ese recuesto. Llevan a rastras miedo, incertidumbre y hambre. Llevan consigo la pena y el vacío del padre ausente, reclutado para luchar en el frente. Van escapando del monstruo de la guerra: a Fíos llegaron advertencias de disparos y bombardeos y ellos buscan un lugar en el que guarecerse.

Puede que tardaran un par de días en encontrar cobijo, o quizás fueran muchas horas largas, pero el caso es que ese viaje está zurcido a la memoria de Luisa con hilos gruesos. Dice que pararon en varios sitios, sin éxito. Dice que encontraron gente en cuadras, en recovecos del monte, en la oscuridad de las casas. Cuenta que pusieron rumbo a la Teyera y pararon en la cueva de Les Escodes, pero no pudieron quedarse. Narra emocionada que allí una mujer les ofreció un pequeño puñado de arroz hervido. Afirma convencida que nunca, en sus nueve décadas de vida, comió algo que le supiera tan bien.

Finalmente, tras muchos pasos y vueltas, acabaron en una pequeña casa encima del molín de la Teyera: una familia de mudos los acogió a los cuatro y allí pasaron la contienda, una época que recuerda como de continua desazón y tripas rugiendo.

Luisa en su pueblo, en El Llanu (Fíos). | Xuan Cueto

Luego, habla de un sendero estrecho y unos soldados que tocaban el acordeón y, a partir de ahí, acelera su historia: como si todo aquel tiempo fuera una mancha gris. Arguye que la guerra acabó y que ellos volvieron a casa. Que en ella no quedaba absolutamente nada, salvo un par de docenas de patatas guñadas y arrugadas que sobrevivieron en el desván. Una vecina les dejó un cuchillo y una olla para que pudieran prepararlas para la cena. A la mañana siguiente empezaron de cero, sin saber nada del padre, sobreviviendo a base de ayuda de los vecinos y la fuerza de su madre, Elisa, que hizo callo sobre callo en las manos a base de trabajar la tierra para rellenar la despensa.

El regreso de Enrique

En este punto, Luisa se detiene y suspira. Ella era muy pequeña, pero hay cosas que no se olvidan: su madre enviaba cartas a su padre Enrique. ¿Dónde las enviaría si no se sabía nada de él? ¿Qué sería de aquellos trozos de cartón garabateados a lápiz? ¿Qué le diría? ¿Funcionaban como correspondencia o más bien eran una forma de desahogo?

Entonces, con ojos vidriosos y cogiendo aire como en un redoble, afirma: «Pero, ¿sabes qué? Que mi padre volvió». Una familia de Santander le encontró en un camino, malherido y muerto de hambre, recién salido de un campo de trabajo. Le revivieron a base de sorbos de leche y cuidados y le acompañaron en el viaje de vuelta. Y así un hilo rojo, irrompible, unió Fíos con Santander para siempre.

Una vida entera trabajando la tierra

A partir de este punto, Luisa resume su periplo vital rápido, como si pasar la vida entera sosteniendo con esfuerzo la tierra de alrededor del hogar no fuera algo importante. Como si ser niña y luego mujer, en años de dictadura, no fuera complicado. Dice que la vida transcurrió trabajando. Que a la escuela algo fue: el maestro era muy bueno y todos le querían, pero había que ayudar en casa, así que la lección que aprendió por aquel entonces, la que siempre la marcó y dominó su carácter, fue que poniendo trabajo se alejaban el hambre y el frío. Así lo vio hacer a sus progenitores y así lo vivió, mamando desde muy pequeña las artes de la huerta, los guisos sencillos y el cuidado del ganado.

Cuando cumplió 14 la mandaron a servir al Pontigón, una casona cercana a la suya en la que estuvo hasta la mayoría de edad. Cuenta que estuvo a gusto, que la trataban bien, que la honraba ser útil y que aprendió mucho en aquella aventura. Pero entonces llegó el amor: conoció a un chaval alto y guapísimo de Cereceda que trabajaba cerca de ella. No tardaron en casarse y mudarse, apenas 1 kilómetro más arriba: al Arnedu, una posesión en la que se dedicaron al cuidado de la tierra y los animales.

En ese lugar Luisa parió tres hijos: todos en casa, con la única ayuda y compañía de su madre. En ese lugar labró su vida entera, sin un solo día de vacaciones, pero orgullosa y contenta. Y desde ese lugar ejerció de ganadera, madre y hortelana para siempre, regando de esperanza y porvenir la tierra que removía con esfuerzo.

Así fue como extrajo todos los conocimientos que atesora: a base de pasos discretos pero firmes. Un cúmulo de saberes variados que fue guardando a base de esfuerzo, escucha, madrugones, pruebas y renuncias. Una amalgama de cosas que conforma una enciclopedia entera sobre huerta, recetas, frutales, animales, plantas y ritmos de las estaciones, pero también sobre amor, generosidad, paciencia, fortaleza y humildad.

Una enciclopedia de vida

Luisa está sentada a la puerta de su casa.

Tranquila y sonriente, va sacando a relucir recuerdos variados, como quien saca fotos de un cajón. Se detiene en los importantes, en los que más pesan, los que le traen brisas de otras vidas o aromas y sabores que forman parte de su ser. En todos ellos hay un retrato, vivo y real, de una mujer luchadora, pero también de una época. En todos ellos se lee trabajo, fortaleza y arraigo.

Si estamos aquí sentados a su vera es porque estos días celebra que ha sido nombrada Paisana del Añu 2026 de Parres, un homenaje que recibe con alegría. Le gusta que se acuerden de ella, que alguien mire hacia atrás y repare en todo el trabajo que hay detrás de una vida como la suya. Le gusta porque es una manera de reconocer a quienes, como ella, hundieron sus raíces con brío en esta tierra y contribuyeron a sostenerla con sus manos: cultivando, criando, alimentando y cuidando.

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