Enrique y Pilar, una vida consagrada al Gamonéu del puertu

Enrique Remis Fernández y Pilar Amieva Guerra | Premio Gamonéu de Oro 2026

Tiempo de lectura: 7 minutos

Enrique y Pilar tienen 71 y 67 años, llevan 46 casados y han construido una vida en común en torno a tres hijos —Esther, Enrique y Rubén—, un nieto —Alberto—, cientos de animales y una quesería de Gamonéu del puertu que ha sido y es el centro de todo.

Antes de que sus caminos se cruzasen, ambos habían decidido desde muy jóvenes que su vida estaría ligada a la ganadería y a la elaboración de queso. Que el destino los uniese no hizo más que confirmar su apuesta por el campo y por su tierra.

Ahora, coincidiendo con el Certamen del Queso Gamonéu, el Ayuntamiento de Onís les concede su máximo galardón, el Gamonéu de Oro, en reconocimiento a «su amplia trayectoria como pastores y elaboradores de Gamonéu en las montañas de los Picos de Europa y de Onís, especialmente en las majadas de Soñín y Belbín».

Dos orígenes y un destino

Enrique Remis Fernández nació el 11 de abril de 1955 y desciende de una familia de Onís de amplia tradición quesera. Ya su güelu, Manuel ‘El Catalín’, hacía Gamonéu «a poca escala», una producción que continuaron y aumentaron los padres de Enrique, Manuel y Justa, y que él vivió desde muy niño.

«Nací en abril y en junio ya me subieron, con tres mesinos», rememora Enrique. Con ellos fue aprendiendo «desde pequeño a ordeñar y a hacer queso», hasta llegar a dominar el oficio.

Enrique Remis Fernández. | Gloria Pomarada

De cuatro hermanos, Enrique fue el único que continuó siendo pastor y quesero y Pilar tuvo mucho que ver en esa decisión.

Pilar Amieva Guerra nació un 10 de diciembre de 1958 en el Cuetu Meré, en el vecino concejo de Llanes, también en el seno de una familia de tradición ganadera.

Al terminar la escuela, se marchó a Madrid con unos tíos para continuar sus estudios. Aguantó solo 20 días. «Dije no, esto no es lo mío», recuerda entre risas. De vuelta a casa, aprovechó que unos vecinos emigraban a Alemania para pedirle a su padre que les comprase las ovejas. «Lo mío era esto», afirma.

Pilar Amieva Guerra. | Gloria Pomarada

Así conoció a Enrique, que «andaba con el ganáu en unas fincas cerca de Meré». Se casaron el 6 de enero de 1980 y, desde entonces hasta su reciente jubilación, repartieron el año entre el pueblo de Sirviella, en invierno, y las majadas de Soñín y Belbín, en primavera y verano.

Recién casados, cuentan, recibieron una oferta para emigrar a Argentina y hacerse cargo de un rancho. «Pero lo nuestro era aquí», se reafirma Pilar.

«En esto era en lo que los dos estábamos criados, lo que siempre vimos y lo que nos gustaba», resumen ambos.

Cuidar de tres hijos y cientos de animales

Pilar aprendió a hacer Gamonéu del puertu siguiendo la receta familiar de los Remis y pronto comenzaron a repartirse las tareas. «Hacíamos los dos de todo», explican.

Además de cuidar de un rebaño que llegó a superar las 200 cabras y ovejas, atender las vacas de carne y elaborar el queso, criaron a sus tres hijos. La vida familiar también transcurría entre el pueblo y las majadas: «Cuando María Esther ya se quedaba con la güela porque la ayudaba con cosucas, subió Enriquín conmigo y luego ya Rubén, que la primera vez que fue tenía dos años», cuenta Pilar.

«El día que subió Rubén preguntó si había solo una cama para todos», recuerdan sus padres entre risas. «Se dormía tres y cuatro en la misma cama. Nosotros éramos cinco y los cinco juntos», precisan.

Enrique y Pilar en su casa de Sirviella. | Gloria Pomarada

Por aquel entonces, continúan, «se atizaba en el suelo, no como ahora que ya tenemos cocinas», no había pistas que permitiesen llegar en coche, ni recintos de ordeño, ni escaleras para salvar los más de once metros de desnivel de la cueva de maduración, ni tantas otras «comodidades» que han venido a hacer un poco más llevadera una vida extremadamente dura.

En las majadas soportaron soledad, frío, cansancio, frustración ante los ataques del lobo. De tantos años guardan recuerdos de días difíciles, como aquella ocasión en la que Enrique cayó sobre la nieve y se le helaron las manos. Pero también momentos felices, de cuando en las majadas aún había más pastores y «armonía». «En Ariu me acuerdo de haber 13 ó 14 pastores. Y había bolera para jugar en la mayoría de las majadas. De aquella había gente y unión, ahora no queda nadie», señala Enrique.

Los últimos de Onís

Los Remis saben bien de lo que hablan. Su familia es la única que continúa elaborando Gamonéu del puertu en el concejo de Onís. En Cangas de Onís, la situación no es mucho mejor: solo quedan otras dos queserías, la Gumartini y la Uberdón.

«La gente lo fue dejando al hacerse mayor, por el lobo, por no tener relevo…», explican.

A Enrique y Pilar, ya jubilados, el relevo se lo ha dado su hijo menor, Rubén, que continúa con el oficio junto a su mujer, Sara. «Él lo tenía claro, siempre le gustó», dicen sus padres, que siguen echando una mano en lo que pueden.

También su nieto Alberto, de 13 años, es un enamorado del pastoreo. Su madre, Esther, cuenta que disfruta subiendo al puertu con su tío Rubén y que el mejor aliciente para que estudie es el castigo de no poder acompañarlo.

«El que nació en ello lo tiene más fácil para seguir, dentro de las dificultades. Pero empezar de cero, eso nadie», consideran Enrique y Pilar.

Ni números ni previsiones

El del Gamonéu del puertu no es negocio ni para números ni para previsiones. Depende de factores imprevisibles, desde las condiciones meteorológicas hasta la salud de sus animales, sin olvidar unas «trabas» externas que cada vez sienten mayores.

«Todo son prohibiciones por todos lados. Antes en el puertu no había matorral, porque matu que salía, matu que quemaban los pastores», afirma Enrique. Tampoco es optimista sobre el futuro del pastoreo ante el problema del lobo: «Con la política que tenemos, tienen mal porvenir los que vienen detrás».

Pese a todo, cuando se les pregunta qué consejo darían a los jóvenes que quieran dedicarse al oficio, la respuesta es sencilla: «Sentir cariño por el ganado y por lo que estás haciendo». Esa combinación de «ilusión y esfuerzo» les sirvió a ellos para levantar la quesería Enrique Remis.

Pilar, Enrique y su perro Moro. | Gloria Pomarada

Además de trabajar por su negocio, los Remis han estado vinvulados a la actividad social del Gamonéu: Enrique era concejal en Onís cuando en 1980 se creó el certamen y también estuvo entre los fundadores del Consejo Regulador.

Después de una vida sin vacaciones ni días libres, el matrimonio disfruta ahora de un merecido descanso y ayuda ya «sin obligación». Acaban de regresar de Valencia, de un viaje con la Asociación de Mayores de Onís, y el domingo estarán en el XLVI Certamen del Quesu Gamonéu en un papel distinto al que han desempeñado durante décadas. Esta vez recibirán el Gamonéu de Oro 2026.

Un premio que, reconocen, implica que «se acuerdan de nosotros» y «presta». Porque, como bien dicen Enrique y Pilar, «las cosas, en vida, mejor».

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