Con motivo del Gamonéu de Oro concedido a los refugios de Ariu y Vegarredonda, viajamos al corazón del Cornión para conocer la historia de dos lugares donde la vida pastoril precedió al montañismo y dejó una huella que todavía perdura
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Situémonos primero.
Con esta pequeña historia vamos a viajar hasta un territorio muy especial. Un lugar en el que manda la caliza, donde la montaña se levanta en paredes, agujas y lapiaces y donde el agua ha ido horadando durante miles de años una geografía de simas, canales, jous y gargantas. Un territorio que conocemos como Picos de Europa.
Pero concretemos un poco más el viaje.
Dentro de este paisaje de grandes cumbres y profundas depresiones, nuestra historia transcurre en el Macizo Occidental, el Cornión, el más extenso de los tres de Picos: un enorme territorio que se extiende entre los valles de Cangas de Onís y Onís y el desfiladero del Cares, y en el que las formas de la montaña cambian constantemente, componiendo una sinfonía de grandes paredes, collados, vegas, majadas y pastizales de altura.
Es aquí donde se encuentran dos lugares, dos edificaciones, separadas por no demasiados kilómetros, pero sí por una complicada orografía. Dos sitios con mucha alma: Vega de Ario y Vegarredonda. La primera se encuentra a 1.634 metros de altitud. La segunda, en torno a los 1.470 metros. A las dos se llega caminando, sin ninguna carretera que conduzca hasta sus puertas.
Una distinción con mucha historia
Ahora vayamos a lo más concreto, porque este viaje tiene una razón:
Con motivo de la celebración del XLVI Certamen del Queso Gamonéu, el Ayuntamiento de Onís ha decidido conceder este año el Gamonéu de Oro a estos dos refugios de montaña, gestionados en la actualidad por Ignacio Márquez García y Francisco Javier Malo.
Con el galardón se quiere reconocer la trayectoria de dos edificios guardianes que, en un territorio de relieve exigente y climatología cambiante, funcionan como espacios de seguridad, conservación, auxilio y acogimiento para montañeros.


Y sí, la distinción se concede a los refugios que hoy conocemos. Pero la historia que aquí se quiere contar comienza bastante antes.
Mucho antes de que el Gore-Tex, los bastones telescópicos o los mapas topográficos y GPS poblaran las rutas de los Picos de Europa, ya había quien caminaba por ellos en medio de densas nieblas sin perderse jamás. Hombres y mujeres que llevaban escrito en el ADN el mapa de cada recoveco de estas montañas. Gente montaraz que buscaba los altos de Picos cada verano para ganarse la vida: los pastores.
Así, cuando los primeros científicos y montañeros llegaron a explorar estas cumbres —atraídos por hitos legendarios como el de la primera ascensión al Urriellu, en 1904—, descubrieron que aquella no era una montaña vacía, sino habitada. Poblada desde hacía cientos y cientos de años. Y que lo que para unos era un territorio nuevo para la aventura, para los otros era un paisaje conocido y transitado desde siempre.

Fue ese encuentro entre la exploración y el saber tradicional lo que hizo posible levantar los primeros refugios. Del choque de esas dos culturas surgieron refugios como el de Vegarredonda o el de la Vega de Ariu.
Vegarredonda y la huella de los Remis
En Vegarredonda, a casi 1.500 metros de altura, la buena convivencia entre pastoreo y montañismo tuvo nombre y apellido: José Remis González -conocido como Caín- un pastor que hizo de guía y maestro para aquellos primeros alpinistas que llegaban al Cornión con afán explorador.
Sin ir más lejos, en 1920 Caín encabezó el ascenso a la Peña Santa por la vía Ojal, en la imponente cara norte de esta roca reina de Picos. Una escalada de unos 350 metros, con pasos complicados y dificultades concentradas que exigían conocer muy bien los entresijos de la pared.
Cuatro años después se levantó el primer refugio en Vegarredonda, y Caín volvió a desempeñar un papel fundamental. No solo participó en su construcción, sino que también acabaría haciéndose cargo de su guarda.
La Guerra Civil interrumpió aquella historia de manera violenta: el edificio sufrió una destrucción intencionada con bombas de mano que lo dejó inutilizado. Tras la contienda, fue el propio Remis quien dirigió su reconstrucción.
En 1947, la Federación lo nombró guarda, una labor que ya ejercía desde hacía años de manera espontánea y que continuó muchos más, sin abandonar nunca el oficio del pastoreo. Todo lo contrario: el profundo conocimiento que atesoraba de los parajes de Picos y sus ritmos, unido a su vínculo con Vegarredonda, le permitió compaginar ambas tareas con naturalidad, atendiendo a los que buscaban cobijo y guía en la montaña sin dejar de cuidar el ganado ni elaborar quesos.

A finales de 1949, Caín le cedió el relevo a su hijo, José María Remis Labra, quien, junto a su mujer, Norina Valle Gala, siguió gestionando el refugio y atendiendo a caminantes al tiempo que cuidaban ganado para elaborar Gamonéu.
Cuando el refugio alcanzó la edad de sesenta y tres años, se quedó pequeño y fue sustituido por otro (el que hoy conocemos), situado algo más abajo. Pero, aunque cambiara el edificio, la huella de los que dieron forma al lugar no desapareció nunca y el apellido Remis sigue ligado a la historia de Vegarredonda.
Vega de Ario: levantar un refugio entre la inmensidad caliza
La vega de Ariu no se encuentra demasiado lejos de Vegarredonda y, sin embargo, está muy lejos. La orografía que las separa hace que ambos lugares parezcan pertenecer a mundos distantes, separados por jous profundos y desniveles abruptos que convierten la distancia en algo más que una cuestión de kilómetros.
Por su excelente ubicación, a más de 1.600 metros de altitud, Ariu es un enclave privilegiado para explorar las cumbres del entorno, así que la idea de levantar un refugio en esta vega comenzó a fraguarse a mediados de los años cincuenta, con el montañismo ya muy asentado en Picos, y fue auspiciada por el Grupo de Montañeros Vetusta y la Diputación de Asturias.

Pero, aunque la iniciativa nació de los montañeros, hacerla realidad exigió algo más que voluntad y recursos. La logística que requería levantar un edificio en medio de la inmensidad caliza solo fue posible, una vez más, gracias a la ayuda de los pastores. En especial, de uno en concreto: Cirilo Sánchez Sadia.
Cirilo era un perfecto conocedor de aquellos recodos del Cornión. Un pastor de Ariu de los que llevan en la memoria el mapa de un mundo afilado, hecho de canales, vegas, pasos escondidos y paredes calcáreas. Sabía leer aquel terreno porque formaba parte de toda su vida —como quien reconoce su propia casa—. Y fue ese conocimiento profundo lo que resultó decisivo cuando llegó el momento de levantar y echar a andar un refugio en mitad de estas montañas.
Su arraigo a este territorio y su familiaridad con sus caminos lo convirtieron no solo en capataz de la obra, sino también en el mejor guía para los montañeros y en la mejor ayuda para los que encontraban apuros. Eso sí, ayudado y respaldado por muchas personas, animales y voluntad férrea. Cuando el refugio se inauguró, en 1959, el Grupo de Montañeros Vetusta le propuso como su primer guarda.

Así, la vida de un humilde pastor quedó para siempre anclada a este lugar que hoy todos conocen como el refugio de Ariu. Un vínculo que habla de queso, de tradición y de amor por la tierra, pero también de generosidad, esfuerzo y empatía.
Cirilo crió a nueve hijos a más de 1.600 metros de altura, en un paisaje que siempre perteneció a sus ancestros y que él decidió compartir con exploradores de las montañas. Desarrolló la guarda y custodia del refugio hasta finales de los años setenta, sin dejar de elaborar Gamonéu ni de transmitir esa cultura quesera entre su familia y quien tuviera a bien escucharle u observarle.
Y fue tanto el amor y el respeto que profesó a su oficio que sus hijos continuaron su labor, cuidando como oro en paño la tradición quesera que habían mamado.
Como anécdota e hilos de los que seguir tirando, conviene decir, además, que Cirilo fue precisamente el ganador del primer Certamen del Quesu Gamonéu celebrado en Onís, en el año 1980. Y que hoy, 46 años después, su hijo Toño es la persona designada para dar el pregón de esta fiesta: una cita que tiene como estandarte un queso único y especial, pero que, sobre todo, se lleva a cabo con el afán de sostener ese baluarte denominado cultura quesera.
Un premio con memoria
Así que sí: el próximo domingo 25 de octubre, los guardas actuales de los refugios de Ariu y Vegarredonda, Ignacio Márquez y Javi Malo, recibirán el Gamonéu de Oro 2026.
Entre ambos suman más de tres décadas viviendo y trabajando en el macizo del Cornión. Ellos, sin ser queseros ni haber nacido en estos lares, son también herederos de esa sabiduría antigua de los pastores relativa a los caminos, las grietas, el terreno, el clima o los peligros.
Por eso, cuando salgan a recoger el homenaje y el público les regale un aplauso, no solo se estará reconociendo la labor que ambos desempeñan hoy desde los refugios. También se rendirá tributo a los que ayudaron a levantar sendos refugios. A todos aquellos que, mezclando generosidad y arraigo, enseñaron a los recién llegados a moverse y sobrevivir en un territorio donde la vida nunca fue sencilla.
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