José Manuel, cuando trabajar la tierra era tenerlo todo

José Manuel Pombal Peláez | Paisano del Año de Parres 2026

Tiempo de lectura: 6 minutos

Hay conversaciones capaces de poner en movimiento los engranajes del tiempo. Como si las palabras guardaran un sortilegio capaz de abrir una ventana a otra época. O como si las frases se convirtieran en un proyector y nos permitieran asistir a una vieja película documental.

La historia de José Manuel Pombal arranca en un lugar concreto y una época concreta: Bode, mediados de los años 40 del pasado siglo. Y la primera escena que aparece es la de un niño menudo, de unos cinco años, que camina por un sendero rural de la mano de su madre, Estrella.

José Manuel Pombal. | Xuan Cueto

Tal vez vayan en busca de castañas o manzanas. Quizá se dirijan a la riega a lavar la ropa o anden a atropar la carga de leña necesaria para encender la lumbre sobre la que prepararán los tortos de la cena. Lo de menos es la tarea. Lo que vemos es a un guaje que mira embelesado a su madre mientras ella le enseña cosas importantes (como el nombre de los árboles, de los praos y de los caminos), entregándole trozos de un mapa hecho de enseñanzas básicas, pero vitales. Vemos un pequeño niño que escucha atento y, sin ser siquiera consciente, aprende el significado de una palabra que marcará su vida: arraigo.

Un niño que aprendió el significado del arraigo

Las imágenes se suceden ahora más deprisa. Se puede ver al mismo niño cuidando de las vacas, aprendiendo a manejar la fesoria, recogiendo nueces, acarreando agua o ayudando a nacer a un xatu. Algunos días va a la escuela, pero son años de dictadura y escasez y lo que toca —desde la primera infancia— es arrimar el hombro.

La escena vuelve a cambiar y aparece un hombre en ella. Está sentado en la orilla de un río, esmerado en picar una gran piedra de tonos blancos. Es el padre de Pombal, José María. Es canteru y alguna vez lleva al pequeño al trabajo, para que aprenda el oficio desde bien joven (igual que ahora se aprenden los idiomas). Pero el muchacho tuerce el gesto: no termina de encontrarle el gusto al arte de dar forma a las piedras. A él lo que le gusta es cuidar de animales y ayudar a su madre. Tiene claro, aunque sea muy, muy joven, que su oficio es la tierra.

La película vuelve a acelerarse: se ve a Pombal cuidando de sus hermanas. Jugando en un castañeu. Caminando rumbo al molín de la Teyera. Segando a guadaña. Se le ve recogiendo patatas y fruta, podando cañas, amarrando fabes… Siendo el mayor y con el padre ausente durante el día entero o incluso durante toda la semana, asume enseguida el rol de cuidador y ayuda a su madre en todas las tareas con devoción convencida.

José Manuel Pombal. | Xuan Cueto

De repente, su voz de octogenario se cuela en la película y cuenta que en aquellos tiempos no había nada, pero tenían de todo. Y que a él no le costó trabajo asumir que si cultivaba y cuidaba animales, podía ser autosuficiente.

Una vida entera de trabajo y respeto por la tierra

Así transcurrió la vida entera, resume. Y luego repite el verbo trabajar muchas veces, meneando la cabeza como incrédulo al comparar los tiempos. El pueblo que él dibuja, el Bode que él conoció, ha ido transformándose lentamente. Reconoce que es un pueblo cuidado, en el que todavía quedan muchos vecinos. Pero también que nada es como era: no hay apenas animales ni nadie que cuide los bosques, plante la tierra, recoja los frutos. Antes se iba andando a todas partes y aquellas huellas creaban un vínculo con el lugar.

No obstante, mira atrás y le sabe bien lo recorrido. Presume de honradez, de llevarse bien con todos y de haber ejercido su oficio con tanto respeto y cariño que hasta el veterinario le alababa la labor. Y dice que así, a base de trabajo honrado, consiguió medrar y tener algunas comodidades. Incluso formó parte de una cooperativa ganadera pionera en la zona, apostando siempre por el cuidado de la tierra y los animales como manera de vivir.

Fiestas, recuerdos y una forma de vida

Eso sí, no todo fue trabajo. En el relato de Pombal hay también momentos para imágenes de fiestas: música de acordeón y luego orquestas, cada vez más grandes, que venían al suyo y a los pueblos vecinos. La emoción de bajar a Arriondas el día de Santa Rita; las primeras ediciones de les Piragües o los lejanos primeros años de la fiesta del Bollu. Y, por supuesto, aquellos primeros Certámenes de la Castaña, una celebración novedosa y otoñal que, recuerda, fue grande desde sus comienzos.

Hoy sigue considerándola una fiesta necesaria. Una cita que da visibilidad a los productos de la huerta y del monte, a esos frutos que durante generaciones fueron un tesoro y que ahora, en ocasiones, se desprecian o se sustituyen por otros que llegan de países lejanísimos.

Confiesa sonriente que cuando el Ayuntamiento de Parres le comunicó que iba a ser distinguido como Paisano del Añu 2026, la noticia le sorprendió. Sin embargo, reconoce que le hace mucha ilusión y que recibe el homenaje con orgullo y emoción. Y no solo porque el nombramiento reconozca su labor personal o su esfuerzo de años: lo siente también como un reconocimiento a una forma de vida que conoce bien y que el Certamen contribuye a reivindicar: la cultura del territorio, el cuidado de lo propio y ese arraigo a la tierra que él aprendió a reconocer cuando todavía era un niño menudo que caminaba de la mano de su madre.

El homenaje a una vida de arraigo

Así que, de momento, la película que narra la vida de Pombal concluye en esta escena: un hombre sonriente y emocionado, a punto de subir al escenario del Certamen de la Castaña y los Productos de la Huerta para recibir el homenaje que le brinda todo su concejo. Un reconocimiento a una vida de arraigo y compromiso con su tierra, pero, sobre todo, a la de un buen paisano.

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