
«Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes, ya desmoronados»…
Los versos del gran soneto de Quevedo —cantinela poética recitada en las aulas por los bachilleres de entonces— evocan épocas gloriosas que no siempre fueron tan felices ni prósperas como se recuerdan. Lo único cierto es que terminan unos ciclos y siguen otros.
Finaliza ahora en Arriondas un largo y cálido verano marcado por importantes novedades urbanísticas y por el auge imparable del turismo masivo en la villa y su concejo. Solo los festivales de la segunda quincena de agosto han congregado aquí, a la vera del Sella, a ochenta mil personas. La población de Parres ronda los cinco mil vecinos.
Tender puentes, ganar plazas
Las gentes vienen y van, pero las obras permanecen. Este año se han inaugurado dos nuevos puentes, que sobrevuelan los ríos Sella y Piloña, y se han reformado dos plazas, la del Ayuntamiento y la dedicada al pionero del ecologismo en Asturias, el ingeniero agrónomo parragués Miguel Ángel García Dory (1939–1994). Ambos recintos ofrecen ya usos distintos a los conocidos hasta ahora por los vecinos.
La primera de las plazas, la del consistorio, se ha recuperado como espacio peatonal —se echan en falta más árboles—, y la segunda —en los antiguos patios escolares— se ha estrenado como ágora y lugar de encuentro.
Hace pocos días, al hilo de la celebración en el parque de La Llera de la segunda edición de Gastrosónica —a mi entender una de las actividades estivales más relevantes de este 2026 en Arriondas—, la plaza García Dory fue escenario de un coloquio sobre alimentación y sostenibilidad. Debate de altura, aunque con menos audiencia de la merecida, sobre una «cuestión palpitante», dicho sea con expresión robada a doña Emilia Pardo Bazán, quien también relató sus experiencias culinarias en «La cocina española», obra de 1917.
Los mencionados cambios y mejoras en el entorno y el paisaje de Parres —no olvidemos la gran obra del muro contra las crecidas y desbordamientos fluviales— discurren paralelos a la transformación profunda del modelo económico y social de la zona, una mutación que ha trastocado los modos de vida tradicionales.
Aquella apacible localidad salmonera, aquel pueblo con fábricas de muebles y entrañables comercios locales, aquella Arriondas de hace medio siglo que bailaba al son del Toype Club, ha dado paso a otra completamente distinta.
Un cañón inofensivo
Sin ánimo de caer en la nostalgia proustiana del tiempo perdido, que ya no volverá, se me antoja recomendable evitar el excesivo triunfalismo de los momentos actuales, manejados en determinados casos por personas que solo contabilizan al peso los frutos de su éxito: en miles de euros y en número de clientes.
Que el río Sella sea un pedregal en determinados tramos, a causa de las sequías sucesivas; que los salmones se hayan convertido en peces de museo, debido a su dramática escasez, o que la música suene en la calle sin control de decibelios, y a cualquier hora, no parece inquietar demasiado a nadie mientras el negocio funcione y proporcione beneficios.
Quiero empezar esta colaboración en El 21, que me planteo como un retorno simbólico a mi prehistoria periodística, con una aclaración necesaria en una época en que las edades se miran con lupa. Que un gacetillero casi setentón —me faltan tres meses para entrar en esa nueva década prodigiosa—, que un plumilla septuagenario se ponga al pie del cañón, sin más armas que el teclado de su Mac, suena a broma. Aun a riesgo de provocar burla, es difícil resistirse al juego de palabras cuando uno tiene bajo su ventana indiscreta tal pieza de artillería.
Los orígenes folclóricos y nada heroicos del dichoso artefacto, que conquistó —sin disparar ni una bola— la plaza de Arriondas hace ya más de medio siglo y se erigió en un icono de la villa, darían para un largo anecdotario. Sí es obligado, al menos, advertir de que su presencia entre nosotros no procede de ninguna batalla legendaria librada por estos pagos contra enemigos invasores. Nuestro inofensivo cañón es fruto de un regalo, entregado en 1968 por la Federación Española de Piragüismo con el propósito de que diera la salida a las piraguas del Descenso Internacional del Sella.
Para los despistados, que son más de los que creemos entre quienes vienen de fuera, conviene puntualizar que la pujante prueba deportiva ideada por Dionisio de la Huerta en 1929, no tiene nada que ver con la bajada multitudinaria de las canoas turísticas que surcan las aguas de nuestro río desde hace una treintena de años.
Forman filas interminables y constituyen una nueva versión de la «serpiente multicolor» ciclista, multiplicada por cientos de remeros ocasionales. Tampoco los festivales de música tecno, celebrados en la segunda quincena de agosto en la orilla canguesa del Sella, guardan relación directa, aunque hayan surgido a su amparo, con la Fiesta de las Piraguas.
Dos fenómenos, canoas y festivales, que bien merecerían un análisis sereno, una discusión seria, sobre sus efectos en todos los órdenes, que no son pocos ni menores: ambientales, económicos, deportivos, sociales. La conciencia existe, pero se expresa en privado porque nadie quiere contrariar al vecino con sus opiniones, sobre todo si afectan a los intereses ajenos.
Desafío colectivo
El asunto está ahí y no por ocultarlo se va a resolver solo. La pregunta seguirá en el aire: ¿Qué forma de vida desean, deseamos los parragueses, privilegiados habitantes de un paraje envidiable, para su futuro y el de las generaciones venideras? La respuesta no flota en el viento ni depende solo de las actuales y futuras corporaciones municipales ni de los gobernantes autonómicos o estatales.
La respuesta está en manos de todos y cada uno de los residentes —y de los visitantes— de este concejo, una joya del oriente de Asturias que estamos obligados a preservar y proteger.
Decía el columnista Francisco Umbral —sobre cuya obra periodística he trabajado intensamente el último año y medio con destino a un libro, «Escribir lo vivido», de próxima publicación en Biblioteca Castro— que el poeta Pablo Neruda fue «el único comunista que consiguió ordenar el mundo en un folio, cada mañana». Umbral, añado yo, también lo logró, y con gran brillantez, a lo largo de medio siglo.
A estas alturas no aspira el gacetillero que soy, ni por asomo, a nada parecido: ordenar se me da mal y, en cuanto a redactar, digamos que solo doy el pego. Llevo ya dos folios escritos y me ha pillado el toro porque he dejado en el tintero el tema que quería tratar: los cinco nombres oficiales que tuvo la plaza mayor de Arriondas desde 1868 hasta 2026, según las pesquisas de Fran Rozada, nuestro cronista oficial.
Ninguno de ellos, dicho sea de paso, ha sido ni es «plaza del cañón», aunque así la conozcan muchos hoy en día. Queda pendiente para una próxima entrega. Hoy, tras teclear mil y pico palabras, me conformo con haber saltado al ruedo con esa sensación de ser nuevo —no del todo— en esta plaza.
N. de la R. Al cierre de esta edición —permítanme unos guiños a la galaxia Gutenberg—, leo con agrado en la prensa regional que el presidente del Principado, Adrián Barbón, y la vicepresidenta del Ejecutivo asturiano, la parraguesa Gimena Llamedo, han defendido un modelo de turismo respetuoso para Asturias. Ojalá que el propósito no se quede en palabras. Arriondas y Parres pueden ser un lugar idóneo para experimentar la propuesta e implantar esas buenas prácticas.
Aclaración para «la juventud más joven» (Antonio Machado): la abreviatura N. de la R. (nota de la redacción) se usaba en el pasado para hacer precisiones como la que acabo de añadir. Otro recurso de entonces era dejar la noticia para el día siguiente, en cuyo caso se decía algo así: «ayer, por exceso de original, no pudimos hacernos eco de las declaraciones del Gobierno de Asturias sobre el futuro del turismo en el Principado». Algunos colegas de antaño lo decían más gráficamente: «Hoy tenemos más yerba que tená». Los medios de la era digital ya no sufren problemas de espacio, pero también padecen los efectos de la saturación informativa.
Miguel González Somovilla (Les Arriondes, Asturias, 1956) es periodista. Ha sido director de Comunicación en la Real Academia Española (RAE) y en RTVE, donde también ejerció como jefe de Cultura de los Telediarios. Con anterioridad, trabajó en distintos periódicos, entre ellos La Nueva España, Asturias, La Voz de Galicia y El País. Premio Pérez Lugín de periodismo en 2011, se ha ocupado de las obras literarias de Álvaro Cunqueiro y Wenceslao Fernández Flórez en la Biblioteca Castro, colección de clásicos españoles. El próximo mes de octubre publicará en esta misma editorial madrileña «Escribir lo vivido», antología del columnismo de Francisco Umbral.






