Setenta junios tras la reciella

Cada 1 de junio, en la Montaña de Covadonga se abre la temporada de pastos para el ganado menor. Antonio Fernández lleva setenta años repitiendo el camino y es hoy uno de los últimos pastores que mantienen viva la tradición en los Picos de Europa

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Antonio Fernández tras sus animales camino de Gumartini. | Xuan Cueto

Antonio Fernández tiene las cuentas muy claras: tal día como hoy, hace ahora 70 años, subió por primera vez al puertu. Era 1 de junio del año 1956.

Todo era muy distinto entonces: él solo era un crío esmirriado de apenas 8 años, pero recuerda bien claro cómo en todas las vegas y majadas había gente y vida. Decenas y decenas de cabañas de las que siempre salía un humo limpio, de aroma único, sobre el que se asaban los mejores guisos de patatas y los mejores tortos del mundo. Decenas y decenas de familias que poblaban más de veinte majadas cuyos nombres Antonio rememora uno a uno, cabeceando al pensar que hoy en ellas ya no queda nadie para alimentar fuego ni cuidar animales; nadie que haga quesos, nadie que ande los senderos, nadie que cuide del monte habitándolo ni nadie que baile al son de las latas en las noches estrelladas de verano.

Reciella subiendo a los pastos de la Montaña de Covadonga. | Xuan Cueto

Y es que, aunque por fuera parezca un hombre inofensivo, de mirada clara y callo en las manos, Antonio es de la resistencia. El más viejo de los que aún pastorean en la zona. El único, en toda la rodeada, que lleva siete décadas ininterrumpidas subiendo con los animales a los pastos de altura de los Picos de Europa para permanecer en ellos, sin marcharse, hasta las primeras nieves. Una eminencia en materia de clima, pastos, animales y quesos que asevera, sin atisbo de duda ninguna, que como se vive ahí arriba no se vive en ninguna parte. Que él es de estas montañas. Y que, aunque nada sea como era, da igual: él sigue subiendo cada primavera. Y lo hace por la misma razón por la que subió la primera vez: por tradición, por trabajo, por oficio, por amor.

Porque hay algo fuerte que amarra a uno al lugar al que pertenece.

Antonio en su cabaña de la majada de Gumartini. | Xuan Cueto

Lo encontramos cerca del Mirador de la Reina, en la empinada carretera de los Lagos de Covadonga, acompañado de 70 ovejas y dos perros. Avanza bajo un sol de justicia a pesar de que es temprano, dirigiendo la orquesta de animales al son de una vara de madera que no deja de repicar contra el suelo ni cuando se sienta a descansar y charla.

Es 1 de junio. Y en estas tierras, desde hace tanto que nadie queda para recordarlo, ese día suben la reciella y los pastores a los puertos altos de la Montaña de Covadonga. Dice Antonio que antaño se llenaban los caminos y las sendas del sonido de los cencerros desde bien temprano. Que este era un día de alegría y festejo porque los pastores volvían a casa, tras el largo invierno protegidos en los valles y cursos bajos. Y cuando llegaba la tarde, las vegas estaban llenas de actividad: con niños correteando, fuegos encendidos, cencerros sonando libres, gallinas cacareando y aroma esparcido de aldea.

Manuel, sobrino nieto de Antonio, durante el trayecto. | Xuan Cueto

Era otra vida. Una ya extinguida. Una que Antonio define como más sencilla y feliz, con menos comodidades, pero con mucha más esencia y arraigo. Una vida que él añora y defiende a ultranza y que se le echa encima, igual que el abrazo sincero de alguien querido, cuando por fin llega a Gumartini.

No puede evitar emocionarse: ha vuelto. Un año más. No contaba con poder hacerlo porque los últimos meses estuvo fastidiado: nueve meses de convalecencia, sin salir a la calle, que él equipara con una estancia en la cárcel. Una infección de las gordas que le hospitalizó y debilitó bastante. Pero ya está mejor. Y es 1 de junio. Y aunque no tenía claro lo de subir andando, lo de subir hoy o lo de subir siquiera, aquí está: rodeado de un ciento de animales y, de nuevo, en casa.

Antonio, de vuelta a los pastos de los Picos de Europa como cada 1 de junio. | Xuan Cueto

Sentado a la puerta de la cabaña, en la fresca penumbra de su escondrijo, Antonio suspira y descansa mientras enlaza recuerdos, anécdotas y datos. Dice que pronto llegarán sus sobrinos con las cabras y que espera, ilusionado, que traigan también las gallinas, el gochu y demás compañeros de majada por la tarde. Antes era diferente: había que subir con todos caminando en la misma jornada. Ahora, con los coches, remolques, camiones y pistas asfaltadas, no hace falta tanta logística. O, al menos, es una organización diferente. Hay más comodidad. Y aun con todo, ya casi no quedan pastores.

Reciella a la altura del Mirador de la Reina. | Xuan Cueto

Afuera hay jaleo: un musical de cencerros pasando, escandalosos balidos y gente que se asoma a saludar, abrazando a Antonio con alegría y regocijo. Él celebra su vuelta, con triunfal modestia, y echa cuentas desde la cancela: en los alrededores de la majada de Gumartini pastarán este verano unos 500 animales de reciella entre la quesería de su familia —Gumartini— y la de su vecino de vega, José Luis Alonso, de la quesería Uberdón. Una cifra que crece de forma considerable si se le suman las vacas, que llevan cerca de un mes pastando los puertos altos. No está mal y, sin embargo, tampoco es ningún triunfo: antes eran muchos los que hacían queso, los que buscaban allí arriba los nutrientes de los pastos frescos y el aire puro. Ahora quedan muy pocos: se cuentan con los dedos de una mano. Y él ha vuelto esta vez, después de estar en la cuerda floja, como el que regresa a un lugar que sabe efímero pero sagrado.

El ganado mayor, ya en la Montaña de Covadonga desde el 25 de abril, tal y como marca la tradición. | Xuan Cueto

Mientras explica que los pastores de antes se guiaban por el cantar de los cucos para adivinar el clima o que parte del trabajo en las majadas consistía también en cuidar el monte, el escándalo exterior crece en intensidad: está llegando a Gumartini José Luis Alonso, uno de los queseros más jóvenes de Picos de Europa, que también pasará el verano aquí elaborando Gamonéu del Puertu. Muy cerca lo hará también Antonio, junto a su hermana Covadonga y su sobrino, orgulloso de ser hacedor y transmisor de un oficio y una forma de vida únicos.

Natalia Valle, sobrina de Antonio y también elaboradora de Gamonéu. | Xuan Cueto

Y no, ya nada es igual. Han pasado nada menos que 70 años desde que él subió por primera vez, mamando de sus padres y abuelos un oficio mucho más antiguo que los senderos y cabañas más viejas de todas las vegas de Picos. Ahora no suben familias, no hay ambiente de aldea y hay más turistas que pastores, más autobuses que carros, más taxis que burros o caballos. No obstante, sigue habiendo pastores en las majadas, sigue habiendo Gamonéu del Puertu. Y majadas como esta, la de Gumartini, siguen siendo hogar, refugio y baluarte de una tradición que —a pesar de los años, los cambios y la modernidad— estará cosida para siempre al alma misma de estas montañas.

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