Y el órgano de Valdediós volvió a hacer magia

Un instrumento fascinante de principios del siglo XVIII abrió en Valdediós el primer Ciclo Internacional de Órgano de Asturias, una iniciativa puesta en marcha por la Asociación Asturiana Pro-Órgano Orlos con el apoyo de la Fundación Caja Rural

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Donato Cuzzato, organista encargado de abrir el Ciclo, junto al órgano de Valdediós minutos antes de comenzar su concierto. | Xuan Cueto

Si esta crónica fuese un cuento, comenzaría diciendo: érase una vez un órgano.

Un instrumento construido en 1713 por el asturiano Alejandro Brache, uno de los grandes artífices de la organería de su tiempo, para la iglesia de Santa María de Valdediós.

Un órgano que llegó para sustituir a otro más antiguo del que apenas han quedado noticias. Uno que comenzó su propia historia, hace ahora unos 300 años, entre los muros de un monasterio que llevaba ya más de cinco siglos de vida monástica.

Nuestro órgano protagonista era especial.

Una pieza casi de orfebrería, con un cuerpo de madera de castaño policromada y dorada, que en su interior guardaba 877 tubos. Tenía también fuelles, registros, secretos y un entramado de piezas que, coordinadas con precisión, tenían una única misión: transformar el aire en música.

Detalle del órgano de Valdediós, en el que ángeles músicos custodian algunos de sus tubos. | Xuan Cueto

Durante más de un siglo, aquel ingenio de madera y metal formó parte activa de la vida de Santa María. Acompañó celebraciones y rituales, llenó el templo con un sonido de múltiples colores y atravesó cambios de gustos, de épocas y hasta de manos.

No era un objeto cualquiera. Era una pieza excepcional, concebida para hacer vibrar las paredes de su iglesia y el alma de quien lo escuchaba.

Pero entonces llegó el silencio.

El abandono del monasterio hizo que aquel órgano quedara relegado al olvido: un enorme artilugio sepultado en las sombras y el mutismo, callado y resignado entre los muros de piedra.

Así permaneció, alzado en su tribuna, viendo pasar años y décadas completas. Más de un siglo de inactividad en el que nadie se sentó ante sus teclas.

Ciento cincuenta años de resignación, viendo cómo sus entrañas se desgastaban despacio y la humedad y el abandono iban dejando su huella sobre la madera.

Ciento cincuenta años en los que sus casi mil tubos no dejaron escapar una sola nota y en los que los fuelles, los registros y los mecanismos que tantas veces habían convertido el aire en música permanecieron inmóviles.

Pero él seguía ahí. Impertérrito y expectante.

Esperando pacientemente a que la historia volviese a acordarse de él.

La oscuridad y el olvido condenaron durante más de un siglo al órgano de Valdediós al silencio. | Xuan Cueto

Y sucedió.

Los tiempos cambiaron de nuevo y el instrumento fue recuperado y restaurado a finales del siglo XX. Pieza a pieza, resurgió de aquel largo olvido para volver a hacer aquello para lo que había sido concebido: exhalar música.

Porque la verdadera naturaleza, la verdadera esencia de este singular artilugio, no está en las fechas, las cifras o los datos con los que hoy contamos su historia. Está en algo mucho más sencillo y, a la vez, sumamente poderoso: es un instrumento construido para sonar, para poner a vibrar el alma de quien se siente a escucharlo. Un instrumento que, más de tres siglos después, sigue sonando.

Donato Cuzzato tocando el órgano de Valdediós. | Xuan Cueto

Pero —está claro— esta historia no es un cuento ni una fábula.

Es algo real y, a la vez, sumamente mágico. La noticia es que este sábado, después de más de tres siglos de historia y de vida, ese órgano volvió a cobrar vida en Valdediós.

Y que, sin rastro de vejez ni de cansancio, volvió a hacer aquello para lo que nació: exhalar música, hacer vibrar las paredes y hacer soñar a quienes estaban allí para escucharlo.

Cuando el aire se convirtió en música

Eran las ocho de la tarde cuando el italiano Donato Cuzzato, organista y concertista de trayectoria internacional, ocupó la tribuna de Santa María.

Frente a él, nuestro órgano protagonista: una pieza que lleva más de tres siglos formando parte de la historia de Asturias, declarada Bien de Interés Cultural en 2017 y que el propio músico describía como «fascinante».

Al contacto con los dedos de Donato, las teclas se activaron, los primeros tubos comenzaron a responder y el sonido fue ocupando poco a poco, pero con total contundencia, ese espacio íntimo y recogido, casi de cripta, que es la iglesia de Valdediós.

Donato Cuzzato al órgano de Santa María. | Xuan Cueto

Primero sonó como un ronroneo. Un rumor profundo, vibrante y envolvente, como si algún animal enorme y tranquilo despertase en el interior del templo. El aire entró, recorrió las entrañas del instrumento, se deslizó por su vetusta memoria de hierro y madera y regresó, contundente y seguro, convertido en música.

Así arrancó el primer Ciclo Internacional de Órgano de Asturias, una propuesta impulsada por la Asociación Asturiana Pro-Órgano Orlos y la Fundación Caja Rural de Asturias que pone el foco en tres órganos históricos asturianos y, sobre todo, en la necesidad de volver a escucharlos.

Instantes del primer concierto del I Ciclo Internacional de órgano de Asturias . | Xuan Cueto

Y es que la de Valdediós fue mucho más que una cita aislada.

El concierto, de entrada libre, ofreció a los vecinos la oportunidad de acercarse a una música que quizá no forma parte de su día a día y de descubrir, dentro de su propio territorio, un instrumento con una personalidad sonora difícil de encontrar en otros lugares.

La propuesta continuará. El ciclo llevará esta misma música hasta la iglesia de Santa Marina de Puerto de Vega el próximo 3 de octubre, donde actuará la organista vasca Marisol Mendive, y se cerrará el 10 de octubre en la Colegiata de Santa María la Mayor de Pravia, con el concierto del organista italiano Ferruccio Bartoletti.

El organista, ante la imponente presencia de un instrumento que lleva más de tres siglos haciendo historia. | Xuan Cueto

Tres órganos históricos, tres espacios y tres maneras diferentes de acercarse a un patrimonio que solo puede entenderse del todo cuando vuelve a sonar.

Porque hay algo especialmente hermoso en escuchar un órgano así. No es solo la melodía que sale de sus tubos, sino la manera en que el sonido parece formar parte del propio edificio, mezclarse con la piedra, subir por las bóvedas y envolver a quienes están dentro.

Una música con una personalidad propia, nacida al acariciar unas teclas que ponen en movimiento cientos de años de historia.

Un instrumento con entrañas

Quizá esa sea una de las peculiaridades que hacen del órgano un instrumento tan fascinante: buena parte de lo que produce su sonido permanece escondido. Desde fuera vemos una fachada de madera, tubos ordenados y una consola. Pero detrás hay una compleja maquinaria en la que el aire recorre conductos y pone en movimiento los tubos, mientras los registros permiten al intérprete decidir qué sonidos quiere combinar.

Por eso un órgano puede cambiar de carácter sin dejar de ser el mismo instrumento. Puede sonar grave o brillante, íntimo o poderoso. Puede sostener una melodía y, al mismo tiempo, construir otras voces alrededor. Y puede llenar un templo entero sin necesidad de más intérpretes.

El organista acciona los registros, que permiten combinar diferentes sonidos y timbres del instrumento con sólo 45 teclas. | Xuan Cueto

También por eso ningún órgano es exactamente igual a otro. Cada uno tiene sus propias dimensiones, sus propios registros y una respuesta particular. El organista necesita conocerlo, probarlo y entender cómo se comporta antes de enfrentarse al repertorio. Tocar un órgano histórico no consiste solamente en interpretar una partitura: también supone dialogar con el instrumento que se tiene delante, con una pieza que condensa tres siglos de conocimiento y oficio entre madera, metal, aire y mecanismos.

877 tubos y tres siglos de historia

La historia del órgano protagonista del recital en Valdediós es también fascinante.

Alejandro Brache terminó su construcción en 1713. Sus 877 tubos quedaron integrados en una caja de castaño policromada y dorada, acompañada por una decoración en la que aparecen ángeles músicos.

El conjunto se incorporó a la arquitectura de Santa María y ha llegado hasta nuestros días como uno de los grandes testimonios del patrimonio organístico asturiano. El propio Arzobispado lo considera el órgano barroco de mayor tamaño de los conservados en Asturias.

Pero entre aquel órgano del siglo XVIII y el que volvió a sonar el sábado hay también una historia de conservación.

Con este ciclo, el órgano vuelve a estar vivo. | Xuan Cueto

En 1985, el organero Gerhard Grenzing restauró el instrumento de manera magistral, reconstruyéndolo a partir del material histórico conservado y siguiendo la técnica y el espíritu de la época. El objetivo no era convertirlo en una pieza de museo, sino devolverle aquello para lo que había sido construido: la posibilidad de hacer música.

Y es que esa es, probablemente, la mejor manera de conservar un órgano. Mantenerlo afinado, revisarlo, reparar sus mecanismos y permitir que siga siendo utilizado. Un instrumento que deja de sonar puede conservar su apariencia, pero pierde una parte esencial de su razón de ser.

El órgano, flotante sobre la nave. | Xuan Cueto

Y ahí está también el sentido de este ciclo: en hacer que estos instrumentos vuelvan a formar parte de la vida de quienes viven a su alrededor. Que el patrimonio organístico deje de ser algo que simplemente se contempla y pueda experimentarse a través de su sonido. Porque un órgano no nació únicamente para acompañar una liturgia. Su naturaleza es mucho más amplia y su fuerza sonora puede llenar un templo, despertar la imaginación y transportar a quien escucha hasta otro tiempo.

Escuchar ahora, en estos mismos lugares, una música que ya sonaba aquí hace siglos tiene algo de viaje en el tiempo.

Durante un rato, las piedras, las bóvedas y las viejas maderas dejan de ser solamente testigos del pasado y vuelven a participar de aquello para lo que fueron concebidas. Y quizá esa sea una de las formas más hermosas de conocer este patrimonio: no solo saber que existe, sino sentarse, escuchar y dejarse llevar por la fuerza y el misterio de una música que ha conseguido atravesar los siglos.

Las paredes de Santa María también parecen escuchar: cuando suena el órgano, todo el templo vibra con él. | Xuan Cueto

El ciclo resucita así muchas cosas: los instrumentos, la historia que hay detrás de ellos, los espacios que los han conservado y, sobre todo, la posibilidad de volver a dejarse envolver por su magia. Tres órganos, tres momentos diferentes del Barroco y tres maneras de descubrir estos instrumentos y todo lo que cuentan, en un recorrido que, en realidad, solo puede entenderse del todo cuando dejan de ser patrimonio y vuelven a convertirse en música.

En Valdediós ocurrió el sábado. Durante un rato, los 877 tubos dejaron de ser una cifra, la madera dejó de ser una pieza antigua y los mecanismos que permanecen ocultos volvieron a cumplir su cometido.

El órgano volvió a hablar. Y también a hacer soñar, demostrando que todavía puede haber mucho de misterio, de belleza y de historia escondido en un instrumento que, 300 años después de nacer, sigue respirando con fuerza y convirtiendo el aire en magia

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