La acaban de nombrar Pastora Mayor de los Picos de Europa 2026. El domingo, coincidiendo con el LIV Certamen del Queso de Cabrales, recibirá este merecido homenaje tras más de siete décadas dedicada en cuerpo y alma al oficio del pastoreo
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Se llama Hortensia pero en Cabrales todo el mundo la conoce como Neri. Esto se debe a que (además de su primer nombre) tiene otros dos: Nereida y Josefina. Una cuestión baladí que, no obstante, habla mucho de ella: Neri tiene tres nombres igual que las personas importantes. Igual que las reinas, las duquesas o las princesas.
Eso sí, ella de coronas o de títulos nobiliarios no entiende gran cosa. Ni falta que le hace. Porque de lo que sabe es de cosas vitales y sustanciales: de trabajo, de arraigo y de honradez. De amor por los suyos y su tierra. Y de cómo en el ADN se puede llevar un oficio, así como orgullo y admiración inmensos por él. Porque Neri es pastora: pastora del Cuera desde que tiene uso de razón. Elaboradora de queso de Cabrales, del de Arangas. Heredera de un oficio ancestral que aprendió de sus abuelos y que ella considera duro, pero muy muy especial.
Y si hoy protagoniza estas líneas es porque a Neri la han nombrado Pastora Mayor de los Picos de Europa 2026, un homenaje que va ligado a los actos del 54 Certamen del Queso de Cabrales que se celebra el domingo y que a ella –aunque le pilló por sorpresa- la emociona profundamente y le llena el corazón de nostalgia, alegría y nervios a partes iguales.
Toda la vida siendo pastora
Nos encontramos con ella en el mercáu de Arenas de Cabrales, vendiendo frixuelos y colaborando con la fiesta.
Lo primero que cuenta es que es de Arangas de toda la vida: el próximo verano hará exactamente 80 años que vino al mundo en ese recodo cabraliego rodeado de montes, a la sombra del Cuera. Y allí sigue.
Sólo se marchó una vez, durante 4 años, cuando de recién casada se decidió a viajar a Durango (en el País Vasco) con su marido, abandonando por amor y por un lapso de tiempo esa labor de cuidar animales y vivir de la tierra que mamó desde recién nacida. Allí tuvo a su primera hija y dio los primeros pasos de un largo y feliz matrimonio. Pero enseguida regresaron. A Arangas, por supuesto. Y a Neri no le costó ningún trabajo volver a su rutina habitual de siempre: una que empezaba bien temprano y consistía en cuidar (tierra y animales) para elaborar quesu de Cabrales.

Cuando le preguntas qué significa para ella el oficio de pastora, responde con sentencias cortas y claras. Ser pastora es todo. Fue su vida entera. Algo que aprendió a la vez que las letras. Un trabajo que le corre por la sangre. Una felicidad difícil de explicar. Un orgullo y satisfacción enorme. Algo que lleva grabado en el alma y que volvería a desarrollar en otras mil vidas sin dudar un segundo.
Cuenta que la primera vez que subió al puertu, a la Vega de Riaña, tenía apenas 6 años y unas piernas muy flacas y largas. Que subió con su abuelo, Pancho Sánchez, que aunque era cantero también tenía el pastoreo grabado por dentro y dejó de trabajar la piedra para echarse al puertu y a los quesos. Que allí permanecieron, en una pequeña cabaña, hasta finales de septiembre. Y que durante los siguientes 13 años, hasta que cumplió 19, no faltó un solo verano a aquella cita veraniega con los pastos altos.
También dice que de aquella época recuerda mucho y todo muy muy bueno. Y aunque reconoce que el trabajo era abundante y la faena empezaba nada más salir el sol, todo lo que se le viene de aquellos lejanos años son recuerdos dulces, como de vacaciones: la luz de los atardeceres, el sabor de la comida, el fuego nocturno crepitando mientras engordaba el caldo, las caminatas tras las ovejas y cabras, el aroma de la leche recién ordeñada, el tacto de la manta de lana con la que tapaba para descansar o los ratos compartidos con aquel al que llamaba güelu y tantas cosas le enseñó…
Luego, el abuelo murió y ella no pudo más que resignarse a dejar de subir a aquel alto en el monte y sentir añoranza eterna por aquel buen hombre que le enseñó que vivir en una pequeña cabaña era un tesoro gigante.

Eso sí, aunque dejara de mudarse al puertu por los veranos, Neri no dejó de trabajar de pastora y quesera: hasta que cumplió 26 y se casó, se dedicó a ayudar a sus padres en Arangas: las vacas, la leña, el agua, la leche, el cuajo, la comida…
Luego vino el amor, la maternidad y la aventura de una nueva vida a más de 100 kilometros de su casa. Pero cuando regresó con 30 años lo tenían muy claro: no podían dedicarse a nada más que a aquello que Neri siempre desarrolló con maestría. Junto con su marido, volvió a hacerse a un rebaño de cabras. 200, nada más y nada menos. Además de 60 vacas y otras tantas ovejas. Y desde ahí hasta que se jubiló, hace ahora 12 años, no conoció más oficio, labor o dedicación que el de ser pastora y elaboradora de quesos, unas piezas muy especiales que dejaba madurar en cuevas húmedas y luego vendía en el mercáu de Llanes, con mucho éxito.
Ahora, ya viuda, con algún nieto en edad de darle bisnietos y una vida tranquila en Arangas, presume de seguir viviendo en la misma casa que la vio nacer, de ser independiente y tener salud y de hacer el mejor arroz con leche de la rodeada. Aunque no sólo de eso claro: lo que más ensancha su sonrisa es hablar de sus hijas (tres mujeres que también mamaron el oficio de pastoras) de sus nietos, de su marido, de su familia, de sus antepasados y de que su vida (sencilla y laboriosa, pero sumamente feliz) para ella vale más que un millar de sacos rellenos de enormes diamantes colorados.
Para acabar, señala que el nombramiento de Pastora Mayor le provoca un solo pesar por dentro que tiene que ver con su padre, José Antonio López, una persona muy querida en Cabrales. Neri cuenta que él fue Pastor Mayor —igual que ella— hace ahora 27 años. Le hizo muy feliz aquel homenaje. Y, por eso, le duele no poder compartir este momento con él, no poder ver su sonrisa al conocer la noticia, compartir su alegría al saber que ahora es ella quien recibe el mismo reconocimiento.
Sin embargo, dentro de su corazón sabe que por algún resquicio del cielo él estará mirando, con ese orgullo de padre que hincha el pecho, acompañado de todos aquellos que la precedieron e —igual que ella— llevaron el oficio del pastoreo y la receta del Cabrales impresa en el alma y el ADN.






