Llanes vuelve a vestirse de tradición en una jornada marcada por la devoción, los trajes y el regreso de la Danza de San Juan de Nueva
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La primera pista está en las solapas. Una pequeña siempreviva amarilla, engarzada en hiedra, aparece en chaquetas y chalecos mientras Llanes empieza a llenarse de gente. Son cientos. Cientos y cientos de pequeñas flores que recorren las calles y anuncian que ha llegado San Roque.

La mañana comienza con una fina lluvia, pero también con pólvora. Una potente descarga de voladores rompe el cielo y anuncia el día grande. Poco después empiezan a aparecer los primeros porruanos, aldeanas y peregrinos, con sus trajes, sus sonrisas y esos nervios que tienen las mañanas que llevas mucho tiempo esperando.






Alrededor de la basílica se va juntando la gente.
Más de mil mujeres vestidas de aldeana. Cientos de hombres de porruano. Niñas y niños de la mano de sus madres. Familias enteras. Personas que llegan de lejos y otras que han venido de la calle de al lado. Desde fuera, impresiona la cantidad, pero también la forma en que todos parecen saber exactamente dónde tienen que estar.
La emoción está en las caras.
En los saludos desde las aceras. En quienes buscan a los suyos entre la multitud. En los nervios de quienes estrenan y lucen con orgullo los trajes. En quienes llevan tantos San Roques a sus espaldas que el palpitar de esta fiesta forma parte del latido de su corazón.





Y entonces comienza la procesión. La lluvia amaina, como si hasta el cielo supiera que este momento no debe interrumpirse.
La gaita y el tambor abren el camino, retumbando en los aleros, las esquinas y las calles. Un sonido antiguo que vuelve a poner en marcha, un año más, algo ancestral. A la cabeza avanzan los seis ramos. Tras ellos, las danzas. Da gusto ver a los niños sentir cada paso de la Danza Peregrina. El Corri-Corri llena la calle de movimiento. Y emociona ver a la Danza de San Juan de Nueva volver a ocupar su sitio.
Detrás caminan las aldeanas. Las panderetas acompañan el paso y se mezclan con las gaitas, con los bastones, con las voces de la gente que mira desde las aceras.
Desde todas partes llegan los aplausos. Alguien grita un nombre. Otro responde. Hay risas, lágrimas, cámaras que graban y personas que no apartan los ojos de lo que está pasando.
La fiesta se siente.
Se pega a la piel y a los ojos. Está en las faldas que ondean, en el sonido de los bastones, en las gaitas, en los ramos que avanzan por la calle. Está en la manera en que una niña mira a las mujeres que caminan delante de ella y aprende, simplemente mirando.




Entonces aparece San Roque.
Y durante un instante todo enmudece.
El santo avanza despacio, llevado a hombros con solemnidad y respeto. La banda acompaña el paso y durante unos minutos toda la multitud se concentra en esa imagen.
Alguien se persigna.
Alguien llora. Una mujer mayor explica algo en voz baja a una pequeña niña de ojos muy abiertos.
Y de pronto, desde algún punto de la calle, sale el grito:
—¡Viva San Roque y el Perru!
Y la calle responde.
—¡Viva!
Y entonces se suceden las voces:
—¡Vivan los peregrinos!
—¡Viva Llanes!
—¡Vivan los forasteros!
Los gritos se mezclan con los aplausos y durante unos instantes ya no hay espectadores ni protagonistas. Solo una multitud celebrando juntos.

En este festejo hay algo muy profundo. Algo que se contagia.
La procesión continúa y con ella avanzan generaciones enteras. Quienes llevan toda la vida sintiendo esta celebración en el alma. Quienes se ponen por primera vez el traje. Los niños que hoy miran y mañana ocuparán su lugar en esta tradición.
Porque San Roque tiene también eso: la sensación de que nadie está simplemente repitiendo algo que hicieron sus mayores. Lo están haciendo suyo otra vez.
Además, este año hubo una emoción añadida.
Tras veinte años de ausencia, la Danza de San Juan de Nueva regresó a San Roque. Veintiuna parejas volvieron a ocupar la plaza después de dos décadas de ausencia.
Los aplausos resuenan.
En 2025 se habían cumplido cien años desde que Nueva comenzó a acudir al festival de San Roque. Un siglo después de aquella primera presencia, ahí están de nuevo. Volviendo a ocupar la plaza. Volviendo a bailar. Volviendo a formar parte de algo que durante veinte años había quedado incompleto.
Y quizá por eso emociona tanto.
Porque hay tradiciones que no necesitan explicarse. Se reconocen cuando vuelven.
Después siguieron las danzas, las gaitas, el Pericote, el Xiringüelu, el Corri-Corri. La música. La plaza llena.




Ya de tarde, doce bandas participaron en el Encuentro Regional de Gaiteros. Por la noche llegó la Danza Prima y después los fuegos artificiales sobre el Sablón.
Las bandas tocaron juntas el Asturias, patria querida.
Y en las solapas seguían las siemprevivas.
La misma pequeña flor amarilla que había aparecido por la mañana, cuando Llanes apenas empezaba a despertarse.
A esas alturas, los trajes ya están cansados. También los niños. Las calles empiezan a vaciarse, despacio. Pero todavía quedan voces, música y algún que otro grito perdido honrando el día y la fiesta:
—¡Viva San Roque y el Perru!
Y la respuesta.
—¡Viva!
Esta es la esencia de San Roque.
Los miles de trajes que llenan las calles. Las siemprevivas prendidas en las solapas desde hace casi siglo y medio. La devoción, en los gritos, en la emoción que pasa de unos a otros y que, por unas horas, parece envolver a todo Llanes.
Un sentimiento profundo que se hereda, se comparte y vuelve, cada 16 de agosto, a llenar las calles.
































































