Más de 7.000 kilómetros separan Cuba de Asturias. Pero esa enorme distancia no fue ningún problema para el fotoperiodista asturiano Álvaro Fuente, que viajó hasta allí con su cámara bajo el brazo.

Lo reconoce: fue movido por esa imagen de Cuba que todos tenemos en la cabeza. La de los coches americanos de los años 50 avanzando lentamente entre fachadas descascarilladas de aire palaciego. La de las playas de postal, con arena blanca y agua turquesa. La de las banderas del Che, más decorado que declaración; la de los sones caribeños y el humo caliente de habanos…

Sin embargo, bastaron unos cuantos pasos desde el hogar de sus anfitriones hasta un pequeño bar en Santiago de las Vegas para que Álvaro viera otra Cuba: una que nunca había visto en un folleto turístico, revista ni documental. Sólo unos pocos pasos y cruzar una puerta chirriante para sentir que, de alguna manera, estaba de nuevo en casa.
Efectivamente: el primer lugar que Álvaro visitó fue un bar. No uno cualquiera: nada de un paladar turístico de esos pensados para los visitantes. Él fue directo —guiado por sus anfitriones— al Café Mozambique, un bar estatal cubano. Y aunque nada en él se parecía a un chigre asturiano, contenía muchas de sus esencias: comunidad, ruido, humo, trueque, historias locales, gentes trabajadoras reunidas al pie de una barra gastada…
Solo que, en lugar de sidra, allí se bebía ron Galeón. A 30 céntimos de euro el vaso.

«En el Café Mozambique encontré un baluarte. Un retrato a través del paisanaje de una Cuba auténtica y encantadora.
Encontré un tugurio glorioso en el que corría el ron y en el que las historias se contaban a gritos, entre humo de tabaco, risas y maldiciones», relata Álvaro.
Fue justo ahí, durante sus primeras horas en el Café Mozambique, cuando comenzó para él otro viaje: uno que hoy busca convertirse en libro gracias a una campaña de micromecenazgo en Verkami.
Una Cuba sin filtros
Así es. Álvaro Fuente busca hacer un libro de su experiencia en aquel bar, de la semana larga que se tiró entre sus paredes, saboreando ron, historias y paisanajes. Un libro en papel de los de siempre, porque este fotoperiodista se considera un «romántico» al que lo digital no acaba de convencer…
El proyecto se llama ‘Café Mozambique: un retrato cotidiano de la Cuba íntima y resistente a través de sus bares estatales’ y pretende convertirse en un foto libro. Eso sí, Álvaro aclara que es mucho más que una serie de fotos: se trata, más bien, de una crónica visual. La de una Cuba que sobrevive en la rutina, en los mismos rincones de siempre, donde la vida sucede sin maquillajes.

Las imágenes captadas no tienen poses, ni filtros, ni artificios. Son retratos espontáneos, hechos desde dentro, con la complicidad que da el respeto, el vaso compartido y el estar presente como uno más. El resultado es un documento fotográfico que huele a tabaco, sabe a ron y suena a sabiduría callejera, música lejana y carcajada vieja.
«Durante toda una semana me convertí en uno más del Café Mozambique, documentando desde dentro, sin prisa ni más objetivo que recordar a aquellas gentes. Sin paternalismos. Con honestidad. Con la cámara en una mano y el vaso en la otra. No hay poses: me dediqué a retratar la vida. Pura, áspera, hermosa…».
Historia, identidad, memoria
El Café Mozambique abrió sus puertas en 1950. Fue testigo mudo de los días de la revolución, del socialismo triunfante, del Período Especial, del turismo incipiente y de las crisis cíclicas. Álvaro lo encontró casi intacto, con el mismo mural desvaído en la pared, los mismos taburetes clavados al suelo, las mismas lámparas, el mismo mostrador ajado por los años, la misma estantería casi vacía de botellas… Un escenario inalterado, cargado de memoria y vida.
Ahora, casi una década después de aquel viaje, Álvaro cuenta que en el bar ha habido cambios: algo de mobiliario renovado, pintura nueva…Pero el alma del Café Mozambique sigue intacta, con su atmosfera acogedora y dura, con sus voces y sus vasos teñidos de ron. Además, también permanecen los vínculos: el fotográfo mantiene contacto con los parroquianos del bar. Les ha enviado copias. Les ha hablado de su proyecto y ellos se interesan por el libro, ilusionados. Quieren tenerlo entre las manos.

«Tengo el Café Mozambique tatuado en la memoria: allí descubrí a hombres que lo mismo discutían de beisbol, intercambiaban libros o charlaban sobre pasajes de Crimen y Castigo… Mujeres que desafiaban los días con una sonrisa torcida y un vaso en la mano. Aquello es un tugurio glorioso de los que se te queda dentro y no te suelta. Un lugar donde, por unos muy pocos pesos, te colaban un pedazo de alma cubana».
El libro, que busca financiación a través de Verkami, tendrá unas 80 páginas y está plagado de imágenes; aunque también contendrá algunos textos, escritos por protagonistas de esta historia, que permitan a quien se asome a sus páginas comprender el contexto y la dimensión social de estos bares, locales que resisten como refugios de identidad popular de una Cuba que cambia a pasos acelerados.
«Este trabajo nace del deseo de observar y comprender un espacio cotidiano cargado de historias, contradicción y humanidad… Un lugar donde el tiempo se dilata y un minuto puede durar horas, si la conversación es buena. Allí la vida se reduce a un trago compartido. Y las personas parecen protagonistas de una novela viva, cada una con su papel tejido por la historia y la necesidad de resistir en este pequeño teatro de realidad».

Colaborar para que esta Cuba no se olvide
El objetivo del crowdfunding es sencillo: hacer posible que este libro vea la luz, que esa Cuba íntima y resistente no se pierda, que las imágenes del Café Mozambique sirvan como testimonio de un lugar, de una época, de una forma de vivir. Como recordatorio de que lo esencial nunca fue monumental.
Quienes quieran apoyar este proyecto pueden hacerlo a través de Verkami (en este enlace). A cambio, podrán hacerse con un ejemplar del libro, camisetas y copias impresas de algunas de las imágenes más potentes del proyecto.
Así, desde Asturias hasta Cuba -a pesar de que medien más de 7.000 kilómetros- las fotografías de Álvaro se convierten en un puente: un viaducto invisible que conecta con otro mundo, varado en Santiago de las Vegas desde los años 50 y habitado por personas sencillas, historias auténticas, ron y cigarros criollos.











