Amador y el orgullo de una vida trabajada

Amador Rodríguez Sánchez | Paisano del Año de Piloña 2026

Tiempo de lectura: 5 minutos

Amador ha hecho de todo un poco en la vida.

Sembró tierras, cuidó ganado, condujo camiones, construyó barcos, carreteras… Todo lo necesario para sacar adelante a su familia, por la que, a sus 87 años, se le sigue iluminando la mirada como a un chaval. Si de quienes habla es de sus dos bisnietos, ahí el brillo de sus ojos se hace aún más fuerte y el orgullo le desborda.

Cuenta su esposa, Margarita, que «la vida no le fue fácil», que «trabajó mucho, día y noche» y que para los suyos ese esfuerzo le hace merecedor de todos los premios. El que recibirá el próximo viernes se lo entrega su concejo, Piloña, donde ha sido nombrado Paisano del Año 2026.

Amador Rodríguez Sánchez nació un 12 de enero de 1939 en Cardes, en una casa del barrio de El Tarandiellu que pertenece a su familia desde hace más de un siglo y donde sigue viviendo junto a su mujer.

Amador frente a su casa de Cardes. | Gloria Pomarada

Sus padres, cuenta, «se dedicaban al campo». Sufrieron los negros tiempos de la posguerra y, como tantos en la época, no pudieron permitirse que Amador estudiase. A los 12 años tuvo que dejar atrás la escuela, a los maestros que aún recita de memoria —»Carballo, José María y Manolín»— y las «tantas» trastadas propias de la infancia para empezar a trabajar.

«De primeras no, pero después lo pensaba, si hubiese estudiado más… Pero no había medios», explica. Su primer trabajo fue en la piscifactoría de Infiesto y, de ahí, su vida laboral fue acumulando ocupaciones de lo más diversas.

De los astilleros a la carretera

Antes de cumplir los 18 ya estaba en Gijón, trabajando en los astilleros Riera. «Camuflado porque no tenía la edad», comparte.

La mili fue su siguiente destino. La hizo en Ceuta, donde «de aquella había más soldados que gente, 25.000». De los 18 meses y 18 días que duró el servicio militar, solo en una ocasión pudo volver a Asturias de permiso. «Y tardé tres días en venir y tres en volver», rememora.

Estando en Ceuta le surgió la oportunidad de emigrar. «Pedían gente para Ciudad del Cabo y me apunté, pero después pensé que no, que estaba muy lejos».

Tras la mili y de vuelta a Piloña, estuvo empleado en uno de los «catorce talleres de carpintería que había de aquella en Infiestu». Más tarde, en otras empresas, en la carretera… «En la de Infiestu le tocó la variante y el túnel», precisa su mujer.

Ella, Margarita Valle, es la mitad de esta historia.

Amador y Margarita. | Gloria Pomarada

Amador y Margarita se conocieron en Libardón, un verano durante las fiestas de San Roque. Se casaron un 5 de julio de 1967 y Margarita dejó atrás su Loroñe (Colunga) natal para asentarse en Cardes. Tuvieron cinco hijos, que les dieron cinco nietos y dos bisnietos que hoy son la «alegría de la casa».

Tienen la suerte, cuentan, de tenerlos cerca, repartidos por Piloña, Bimenes, Nava… El que más lejos vive está en El Ferrol y todos vienen a verles a menudo. Así, con el cariño de los suyos, van pasando los días desde la jubilación, que disfrutan entre la tranquilidad y algún que otro sobresalto.

Uno de ellos llegó hace ocho años, cuando a Amador le dio un infarto. Pese a la gravedad, logró recuperarse y, aunque lamenta que ahora apenas puede caminar, ha aprendido a vivir en la calma que exigen la salud y los años, sin olvidar que no siempre fueron así las cosas en materia de derechos.

«Antes no había ni seguridad social ni nada, llegabas a viejo y dependías de los hijos. Hoy llega la hora del retiro y tienes una paga», recuerda.

El antes y el ahora

Amador es dado a comparar el antes y el ahora y sus 87 años de vida le proporcionan muchos escenarios para hacerlo.

Por ejemplo, en materia laboral, «había encargados que te explotaban». Hoy, que la juventud tiene más opciones que las de su generación y «que pueden estudiar, no quieren». «Cuando cuentas cómo era antes, no te creen», lamenta.

Amador. | Gloria Pomarada

Mirando hacia las fincas y los montes que rodean su casa, reflexiona sobre cómo han cambiado también la vida y el paisaje: «Ahora ni se siembra ni se siega, así están los caminos».

Estos dos últimos meses, viendo Ceuta en la tele, también ha podido comparar la ciudad que recordaba de sus tiempos en la mili con la de ahora. «Por la tele engaña mucho», concluye. Las diferencias de temperatura que antaño había entre Asturias y el norte de África se han ido diluyendo y, por mucho que busca, sigue sin ver en imagen el Monte Hacho. «Mira que sale Ceuta todos los días, pero yo no lo veo», comparte.

Tampoco Cardes se libra de los cambios. Poco queda de aquel pueblo de su infancia, cuando eran «siete u ocho críos en este barrio». Hoy «hay veces que estamos solos en este barrio de arriba», explica el matrimonio.

Amador. | Gloria Pomarada

El reconocimiento de Amador como Paisano del Año le ha sacado estos días de su rutina: recibe felicitaciones, concede entrevistas y va preparándose para subir el viernes al escenario. Sobre él tendrá a un «amigo» y paisano, Joaquín Pajarón, pregonero de este 55 Festival de la Avellana.

Y aunque el premio «no lo esperaba» ni por asomo, sus 87 años le han preparado con creces para recibirlo como consecuencia de lo que es, de una vida de esfuerzo y arraigo a la tierra.

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