Su primera reacción fue un no rotundo.
¿Cómo ella, siendo «tan pequeña», iba a ser la mujer más importante del año?
Del no pasó a un quizás y finalmente los ánimos de las muchas personas que la quieren la hicieron aceptar.
Y así es como Silvina Fresno Crespo se convirtió en Paisana del Año 2026 del concejo de Piloña, un galardón que en realidad le viene pequeño a esta mujer de 91 años, de escasa estatura pero de enorme presencia.

Silvina es oriunda de El Fresnedal, para ella «el pueblo más guapo» no solo de Piloña, sino del mundo entero. Allí nació el 22 de noviembre de 1934 y se crió junto a sus padres, sus dos hermanos, tíos, primos… «Trabajamos en el campo toda la vida y fue muy duro. Y en la guerra y la posguerra, mucho pasamos», rememora.
Fueron tiempos de miedo y escasez, alternados con destellos de esa alegría tan pura de la niñez.
Como aquella ocasión en la que, con 7 años, bajó a Infiestu a vacunarse con una tía. «Me compró unas sandalias como de goma y andaba con ellas para arriba y para abajo. En una de estas tiré para arriba, sola camín de El Fresnedal», cuenta entre risas.
Se fue cantando los 12 kilómetros que separan la capital piloñesa de su pueblo, ajena a las preguntas de a dónde iba y al revuelo generado por su ausencia. Incluso la Guardia Civil la buscó. «Pero yo corría más que ellos», precisa.
Los pobres no podían estudiar
A la escuela fue a Los Cuetos y de esa etapa guarda los mejores recuerdos de su infancia. «Muy bien lo pasé de camín a la escuela. Éramos todas amigas, jugábamos al escondite, al castro, a ‘tres marinos a la mar y otros tres a navegar’. Pude ir mucho a la escuela y la maestra, doña Pilar, me quería mucho».
Ese «mucho» tiempo que Silvina aprecia lo es si se compara con el que otros niños podían ir a clase: solo cuando el trabajo en casa lo permitía. Ella pudo ir hasta los 15 años.
A esa edad, la responsabilidad de ayudar en la economía familiar también la llamó. «La maestra decía que podía estudiar porque tenía muy buena memoria, pero para eso había que tener dinero y en mi casa no lo había. Los pobres no podíamos estudiar». De haber podido, confiesa, le hubiera gustado ser maestra.

Silvina tuvo que vivir del campo y de un pequeño rebaño. «Las cargas de hierba que puse en la cabeza no tienen contadera. De vacas teníamos cinco o seis, pero luego no alcanzaban y llegamos a tener hasta doce», detalla.
En casa de Silvina primero faltaron sus padres —»con cuatro meses de diferencia»— y más tarde sus hermanos, uno por enfermedad y otro tras un accidente. «Quedé sola en casa diez años, pero siempre hubo vecinos acompañándome. Estoy muy agradecida y siempre tendré muy buenos recuerdos de la gente de El Fresnedal», destaca.
Una nueva vida
Una caída que le provocó la rotura de la cadera puso fin a la vida en el pueblo que la vio nacer. Del hospital pasó a un par de residencias de mayores hasta que pudo tener plaza en la de Infiestu. «Yo aquí estoy como en casa, somos una familia», sostiene.
En ese nuevo hogar pasa hoy sus días, escribiendo un nuevo capítulo de su vida tan o más emocionante que el de su juventud.
Silvina mantiene, a sus 91 años, esa memoria prodigiosa que ya le alababa la maestra. Cuando conversa, va introduciendo cantares y versos que recuerda con puntos y comas.
Cuenta que nunca sintió la necesidad de dejarlos por escrito, pero sí hay quien ahora lo hace por ella, hasta el punto de que se ha convertido en una preciada informante sobre la tradición oral. «Ambás me grabó y lo puso en la TPA», ejemplifica.

Pero, sin duda, la relación más especial en materia de cantares es la que mantiene con Rodrigo Cuevas. La Benéfica está frente a la residencia y en ese espacio cultural, Silvina es una más. Hace cuatro años, durante la visita de la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, se arrancó y le recitó unos versos del ‘Romance de la hermana cautiva’:
El 25 de julio pasé yo por morería,
sentí cantar una mora al pie de una fuente fría.
Apártate mora bella, apártate mora linda,
voy a dar agua a mi caballo de esta fuente cristalina.
No soy mora, caballero
que soy cristiana cautiva.
Me cautivaron los moros
cuando yo era pequeñita,
me cautivaron los moros en los riscos de Melilla.
Si quieres venir para España ponte en mi caballería.
¿Y los pañuelos que lavo, dónde los dejaría?
Los de seda y los de hilo, para mi caballería
y los que no valen nada, a la corriente se tiran.
Pasaron montes y riscos y la mora suspiraba.
¿Por quién suspiras mi vida, por quién suspiras mi amada?
Como no voy a suspirar si aquí era donde venía
con mi hermano el aguileño y mi padre en compañía.
¡Válgame Dios y la Virgen, San Pedro y Santa María
que por traer a una mora, traje a una hermana mía!
Ábreme la puerta, padre, ventanas y galerías
que aquí os traigo el tesoro que buscabais noche y día.
Su padre la recibió con muchísima alegría
lo primero que le preguntó fue ¿tú entre los moros qué hacías?
Padre mío, de mi alma, los moros eran muy buenos
y si me casaba con uno, me daban millón y medio.
Silvina termina de recitar y añade: «La ministra me felicitó y me dio dos besos. Tengo la fotografía».
El pasado febrero, La Benéfica recibió otra visita, la del presidente Pedro Sánchez, y allí estuvo de nuevo Silvina. «Lo vi de lejos y aplaudí, no sé si hice bien o mal», confiesa entre risas.
Para Sánchez no hubo lugar a versos, pero faltar no hubieran faltado opciones en el amplio repertorio de Silvina. Los que triunfan mucho, prosigue divertida, son los que tienen «picardía». Como ese que oía de pequeña y que hoy repite haciendo pausas para contener la risa:
He conocido a una chica que tenía el novio chófer
cada vez que iba a verla la llevaba en automóvil.
El primer viaje que hicieron, lo hicieron a Gijón
y en medio del camino el coche se les paró.
Pusieron la gasolina y una mancha les cayó
y su novio le decía, chica no tengas cuidado
que a los nueve meses justos la mancha se habrá quitado.
A los nueve meses justos, luz a un niño hermoso dio.
Su padre como era chófer quiso aprenderle su oficio,
su padre como era chófer, ay chófer de fantasía.
Hay chicas que por un chófer, se vuelven locas perdidas.
«Algunos tenían picardía, sí», reconoce entre carcajadas.

Dice Silvina que en la escuela, en El Fresnedal y en las residencias en las que ha vivido de mayor, que en todos lados cree haber dejado un buen recuerdo. «Creo que en todos me quisieron».
Imposible no quererla.
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