Durante siglos, el paisaje, la economía y hasta la manera de medir la tierra en el Oriente de Asturias se organizaron alrededor de un animal que hoy forma parte de nuestra identidad casi sin que nos demos cuenta
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Hay una manera sencilla de entender hasta qué punto el ganado forma parte del Oriente de Asturias: mirar alrededor.
Mirar los praos, las cuadras, los caminos que suben hacia los puertos, las majadas, los cierres de las fincas, las manchas de pasto que se abren entre el bosque. Mirar incluso la forma de muchos pueblos, donde las antiguas cuadras ocupaban tanto espacio —o más— que las propias viviendas.
A veces pensamos que ese paisaje siempre estuvo ahí.
No exactamente.
Es un paisaje natural, sí, pero también profundamente humano. Y, durante generaciones, fue construido en buena medida a la medida de la vaca.

Porque hay una diferencia importante: el campesino no transformaba el paisaje únicamente para su propia conveniencia. Lo transformaba para que pudiera aprovecharlo la vaca y, a través de la vaca, poder aprovecharlo él.
Había que conseguir pastos, producir hierba, abrir prados, mantener caminos, llevar el ganado a los puertos, construir cuadras y organizar las tierras. Todo tenía sentido porque la vaca era el elemento que permitía convertir aquel territorio en alimento, trabajo, abono, leche, carne y, en definitiva, sustento.
La tierra alimentaba a la vaca y la vaca permitía aprovechar la tierra.

Era una relación mucho más profunda que la simple presencia de animales en un paisaje.
Y quizá por eso la vaca pueda entenderse como una especie de tótem del Oriente de Asturias.
No hace falta ser ganadero para que forme parte de nuestra historia.
Una vaca y media por habitante
El dato ayuda a hacerse una idea de la dimensión de esa presencia.
Tomando como referencia los censos ganaderos y demográficos disponibles para el conjunto de concejos del Oriente, hay aproximadamente una cabeza de ganado bovino y media por cada habitante.
No estamos hablando estrictamente de vacas: las estadísticas ganaderas cuentan cabezas de bovino, donde entran animales de distintas edades y categorías. Pero la comparación sirve para visualizar algo que durante siglos fue mucho más que una actividad económica.

El ganado era una forma de vida.
Y también una forma de organizar el territorio.
Porque para tener vacas hacen falta prados. Hacen falta caminos. Hacen falta cuadras. Hace falta hierba. Hacen falta pastos de verano. Hace falta subir a los puertos.
Y todo eso deja huella.
El paisaje que hizo el ganado
En muchas aldeas del Oriente, la cuadra no era un añadido de la casa. Era una pieza fundamental de ella.
Allí estaba el animal que proporcionaba leche, terneros, carne y estiércol. El estiércol volvía a la tierra y la tierra producía hierba. La hierba alimentaba al ganado. Y el ganado sostenía, en buena medida, la economía doméstica.
Era un círculo.

En las casas campesinas de hace no tanto tiempo, tener animales podía significar disponer de una pequeña reserva de riqueza. Una vaca no era solamente una vaca: era leche, era un ternero, era abono, era alimento y, en determinados momentos, incluso una ayuda para el trabajo.
Los bueyes y otras reses participaron además durante siglos en las labores de carga y tiro.
Y aquí aparece un detalle que quizá explique mejor que ningún otro hasta qué punto el ganado estaba integrado en la manera de entender el territorio: en Asturias la tierra llegó a medirse en días de bueyes.

El llamado día de bueyes era una antigua medida agraria de superficie. En la equivalencia tradicional de la provincia de Oviedo, un día de bueyes correspondía a 1.800 varas cuadradas, unos 1.258 metros cuadrados. La documentación histórica recoge además variantes de esta medida según las distintas zonas de Asturias.
El nombre lo dice todo.
La superficie de una finca podía expresarse tomando como referencia lo que una pareja de bueyes podía trabajar en una jornada.
Es difícil encontrar una imagen más clara de aquella relación.

No era solamente que el hombre utilizara al animal para trabajar la tierra.
La capacidad de trabajo del animal servía para medir la propia tierra.
La vaca y el buey no estaban al margen de la organización del territorio: formaban parte de la manera de entenderlo, trabajarlo y valorarlo.
Por eso cuando desaparece una cuadra, no desaparece únicamente un edificio.

Desaparece una pieza de la arquitectura económica y sentimental de un pueblo.
En los núcleos más grandes muchas cuadras se transformaron en viviendas, almacenes o garajes. En otros lugares siguen ahí, a veces perfectamente reconocibles, recordándonos que hubo un tiempo en que la vida cotidiana giraba literalmente alrededor del ganado.
Cuando los pastos también tenían fronteras
Y si el ganado ayudó a construir el paisaje, también ayudó a construir —y a discutir— sus fronteras.
En las montañas asturianas existen numerosas historias relacionadas con disputas por los pastos y por los límites entre territorios. Muchas fueron recogidas y estudiadas por el investigador y etnógrafo Xulio Concepción.
Una de ellas, vinculada a la zona de La Mayada Toneyu, cuenta que los pastores de Amieva explicaban cómo una pelea entre dos bueyes habría decidido los límites con Sajambre, en León.
No era una pelea cualquiera.

Según la tradición, cada buey representaba a una comunidad y a su Virgen: el de Amieva, a la Virgen de Saúgu; el de Sayambre, a la Virgen de Covadonga. Las dos Vírgenes defendían a su animal y, con él, los pastos que estaban en disputa. Ganó el buey de Amieva y, según la historia, aquellos terrenos quedaron para los asturianos.
Es importante contarla como lo que es: una tradición oral, una historia nacida para explicar o legitimar una determinada posesión del territorio, no como un hecho histórico demostrado.
Pero quizá ahí esté precisamente lo interesante.

Que para explicar quién tenía derecho a un puerto, a un pastizal o a una ladera se necesitara contar una historia en la que los protagonistas fueran dos bueyes.
En tiempos en los que había mucho ganado y poca propiedad disponible, los pastos tenían un valor enorme. Y las fronteras no siempre eran tan evidentes como lo son hoy sobre un mapa.

De aquellas disputas quedan también nombres.
Topónimos como Güey Muertu, El Cochéu Muirtu o Boy Morto aparecen ligados a relatos populares protagonizados por ganado. El propio Xulio Concepción ha recogido la tradición y también las interpretaciones sobre el origen de estos nombres, algunas de ellas alejadas de la explicación popular que los relaciona directamente con un buey muerto.
Es una muestra de algo muy asturiano: cuando la realidad deja de entenderse, la memoria fabrica una historia para explicarla.
Y, en este caso, la historia vuelve a tener cuernos.
De la leche al queso
La vaca no solo transformó el paisaje. También acabó convertida en alimento, oficio y cultura.
La leche fue durante generaciones uno de los recursos fundamentales de las familias ganaderas asturianas. Y de aquella leche nació una de las expresiones gastronómicas más reconocibles de nuestra tierra: el queso.
El Oriente concentra algunos de los nombres que mejor explican esa relación entre ganado, montaña y territorio.

El Gamonéu del Puertu, elaborado en las majadas de los Picos de Europa, es casi una síntesis de paisaje y ganadería. El Cabrales, convertido en uno de los grandes embajadores gastronómicos de Asturias, cuenta una historia parecida: animales, pastos, leche, montaña, cuevas y personas.
Cuando se habla de estos quesos, por tanto, no se está hablando únicamente de un producto.
Se está hablando de un territorio.
Y detrás del producto vuelve a aparecer el mismo animal.
La vaca.
La paradoja de la vaca moderna
Hay algo curioso en la evolución de la ganadería.
Hubo un tiempo en el que una familia podía vivir con unas pocas vacas. Hoy, para que una explotación resulte viable, son necesarias muchas más cabezas.
El número de personas dedicadas a la actividad ha disminuido, mientras las explotaciones que permanecen han tendido a concentrar más ganado.
Por eso no es extraño encontrarse ahora enormes superficies de maíz en la comarca.

A primera vista, cualquiera podría pensar que se trata del maíz de toda la vida, destinado a la alimentación humana.
Pero buena parte de esos cultivos son maíz forrajero, destinado a convertirse en ensilado para alimentar al ganado. Algo parecido ocurre con el vallicu.
El paisaje agrícola sigue estando ahí.
Solo que a veces necesitamos que alguien nos explique para quién está creciendo la hierba.
Y de repente, un día, faltan las vacas
Quizá nada haya hecho tan visible la importancia de estos animales como su ausencia.
La llegada de la dermatosis nodular contagiosa al ganado bovino ha provocado en los últimos tiempos preocupación, restricciones y sacrificios de animales, además de la suspensión o alteración de acontecimientos ganaderos.

En algunas localidades, la imagen habitual de las vacas en los prados ha desaparecido.
Y eso produce una sensación extraña.
Porque una vaca es una presencia tan habitual que parece formar parte del mobiliario del paisaje. Está allí cuando pasamos por una carretera, cuando subimos a un puerto, cuando vemos un prado desde la ventana.
Hasta que deja de estar.
En Corao, por ejemplo, una feria ganadera que habitualmente tiene al ganado como protagonista llegó a celebrarse sin vacas, con los caballos ocupando ese espacio. La escena resultaba casi simbólica: cuando faltan las vacas, descubrimos hasta qué punto estábamos acostumbrados a ellas.

En Tielve, en Cabrales, la situación llegó a adquirir una dimensión especialmente dolorosa para los ganaderos, con explotaciones afectadas y animales sacrificados.
Más allá de cifras, protocolos o medidas administrativas, hay una realidad mucho más sencilla y humana: detrás de cada animal hay alguien que lo ha criado, que lo ha visto nacer, que lo ha alimentado y que durante años lo ha llevado al prado.
Y detrás de todos esos animales hay también una imagen que pertenece a la comarca.
Una vaca pastando.
Nuestro animal
Tal vez por eso hablar de la vaca en el Oriente de Asturias no sea hablar únicamente de ganadería.
Es hablar de nosotros.

De los pueblos que crecieron alrededor de las cuadras. De los caminos que suben hacia los puertos. De las familias que vivieron de la leche. De los quesos que hoy llevan el nombre de nuestras montañas mucho más lejos que nosotros. De las historias que explicaban las fronteras a través de una pelea entre bueyes.
Incluso de la nostalgia.
Porque muchos habitantes del Oriente, aunque jamás hayan tenido una explotación ganadera, han crecido viendo vacas. Forman parte de nuestras carreteras, de nuestros veranos, de nuestras fotografías, de nuestros recuerdos de infancia.
Son tan nuestras que casi hemos dejado de considerarlas algo propio.
Quizá ahí esté el secreto.

La vaca no es solamente uno de los animales que viven en el Oriente.
Es uno de los animales que ayudaron a construirlo.
Y por eso puede ser también un símbolo compartido: por quien ordeña cada mañana y por quien solo se cruza con ellas cuando va al puerto; por quien conoce el nombre de cada animal y por quien nunca ha tenido una vaca.

Porque cuando miramos un prado del Oriente de Asturias y vemos una vaca, no estamos viendo solamente ganado.
Estamos viendo una parte del paisaje que heredamos.
Una parte de nuestra economía.
Una parte de nuestra cultura.
Y, quizá sin darnos cuenta, una parte de nosotros mismos.

La vaca lleva siglos ahí.
Tan cerca que casi se ha vuelto invisible.
Tal vez haya llegado el momento de volver a mirarla.






