
Manzanas traigo. Si empiezo así, con esa clásica respuesta evasiva, ya habrán supuesto que hoy no sé muy bien por donde tirar, aunque no por escasez de temas ni por falta de motivos, sino más bien por exceso de ellos. La abundancia informativa —ya lo advertía Ignacio Ramonet en los noventa— produce efectos similares a la censura: crea una sensación de empacho noticioso equivalente a quedarse en blanco.
Da igual estar en Arriondas que en El Escorial porque los grandes asuntos carecen de fronteras. ¿Alguien medianamente sensible y decente puede permanecer ajeno a lo que simboliza la muerte de Maricarmen o sentir indiferencia hacia los migrantes hacinados en Ceuta o ante las guerras de Ucrania y Gaza?
Sin ir tan lejos, y para no olvidar un debate eterno que ha sido actualidad reciente en Asturias: ¿Alguien con un mínimo interés por la conservación del hábitat y el entorno natural no se inquieta al conocer la situación del lobo y del ganado en el Sueve, polémica recurrente desde hace muchos años que enfrenta a pastores, ecologistas y administraciones sin que se alcancen acuerdos? ¿No nos alarma el futuro del salmón en el Sella y en otros ríos del Principado?
El color del otoño
He dudado entre escribir sobre las urnas electorales y los efectos políticos y sociales de los votos —omnipresentes desde el lunes en todas las conversaciones y foros— o hacer un elogio sentimental del otoño, estación hacia la que profeso especial devoción. Dicho de esta forma, tal vez parezca que quiero evadirme de la realidad y refugiarme en el escapismo, pero no pretendo huir de nada. Hablar del otoño es, simplemente, algo que me pide el cuerpo cuando nos adentramos en este tiempo. Podría deberse a esa creencia según la cual los humanos nos identificamos con la fecha del calendario en que nacimos, de modo que quienes vimos la luz en noviembre —yo mismo— nos sentimos especialmente a gusto en esta época del año. A mí me ocurre así, pero admito que es una teoría de andar por casa, sin fundamento alguno, más próxima al esoterismo que a la ciencia.

Además, miro de arriba abajo estas páginas de «El 21» y me alegran el ánimo y la pantalla los colores dorados y cálidos predominantes en sus imágenes: las vacas de Xuan Cueto, las avellanas de Gloria Pomarada, los escanciados y los quesos de Mara Llamedo. Rendido a la evidencia otoñal, este cronista —parafraseo a Lady Whistledown en «Los Bridgerton»— no sabe muy bien cómo competir con tanta excelente crónica agrícola y ganadera, con tanto festival teñido del tiempo amarillo de la maduración.
Leo también en los papeles y veo en las redes sociales que andamos en plena temporada de recogida de la manzana para hacer sidra y compruebo que en Les Arriondes todo está listo para una nueva edición del Certamen de la castaña. Recordé entonces ese gran óleo de Nicanor Piñole, titulado justamente así: «Recogiendo la manzana». Lo pintó hace más de un siglo y es el mismo que ilustra el inicio de estas líneas. Se trata de una de las joyas del Museo de Bellas Artes de Asturias y da gusto perder la mirada entre sus colores, entre esos antepasados, mayores y niños, que deambulan contentos por la pomarada. Se pueden pasar horas delante de este cuadro e imaginar los aromas, los sonidos, los deseos y las esperanzas que habitan en el lienzo de Piñole, en donde no faltan las vacas y el perro, el hórreo y el maíz.
De la manzana al membrillo
Desde hace un par de años disfruto del privilegio de vivir a caballo entre El Escorial y Les Arriondes, donde ocupo, en el buen sentido de la palabra, el piso que fue de mis padres, encima de La Fortuna. He dejado hace tres meses el centro de Madrid con algo de pena, tras casi medio siglo allí, salvo alguna interrupción. Hoy escribo desde El Escorial, a 458 kilómetros de la capital parraguesa. El otoño muestra aquí, cómo no, sus postales y sus frutos. En la Casita del Príncipe de El Escorial, además de los mantos áureos formados por las hojas muertas, hay un membrillo que me recuerda al que inmortalizaron Antonio López y Víctor Erice mientras maduraba bajo el sol en el patio de la casa del pintor.

Membrillos en la Casita del Príncipe (El Escorial, Madrid).
La otra mañana, en Madrid, cuando cruzaba el Retiro, no dejaba de asombrarme ante esa alfombra de follaje marrón que tapiza la base de los árboles. Iba a pie hacia la sede de la Real Academia Española (RAE), mi lugar de trabajo entre 2010 y 2017, y recordé la vieja urna de madera en la que se realizan allí, desde hace décadas, las votaciones corporativas, tan reñidas y sorprendentes la mayor parte de las veces. Tuve la suerte de conocer de cerca esos procesos, unas veces emocionantes y otras no tanto porque cerraban la puerta a personas con méritos sobrados para ocupar una de las sillas del salón de plenos. Les dejo aquí un detalle gráfico de esa caja de madera, de esa urna que antes fue árbol y que luce ahora una ranura para introducir las papeletas.

Votar siempre es saludable. Estamos de nuevo en un período electoral, otro más desde que en junio de 1977 recuperamos en España, tras la dictadura franquista, la feliz costumbre de elegir libremente a nuestros representantes públicos. En aquellos primeros comicios, que dieron origen a las Cortes constituyentes, no pude escoger papeleta alguna: me faltaban cinco meses para cumplir 21 años, que era la mayoría de edad establecida hasta que la carta magna de 1978 la situó en los 18 abriles. O noviembres, en mi caso. Cubrí entonces, como aprendiz de cronista político en «La Nueva España», mítines apasionantes, desde actos pequeños en la plaza del pueblo hasta grandes espectáculos en cosos taurinos y polideportivos. Fui testigo de cómo políticos históricos pedían, junto a otros recién llegados, el apoyo a su causa particular. Por fortuna, pese a algunos sobresaltos superados, hemos ejercido ininterrumpidamente ese derecho ante las urnas y ahora volvemos a tener esa oportunidad democrática, que se puede ejercer incluso por correo y con todas las garantías, pese a los bulos que cuestionan y siembran sospechas infundadas sobre esta modalidad de voto.
Nos quejaremos del ruido mediático, oiremos decir que todos los políticos «son iguales» —nada más falso—, escucharemos acusaciones mutuas de crispación y corruptelas en medio de anuncios apocalípticos lanzados por candidatos, exdirigentes y opinadores varios de nula credibilidad. Eso resulta inevitable, pero —en plena era digital— el que no se informa bien es porque no quiere, así que cada cual es muy libre de prestar su apoyo a quien considere mejor, ojalá que con conocimiento de causa. Cierto que hay nubarrones negros en el horizonte, amenazas contra derechos consolidados que pueden dejar de serlo, discursos trumpistas que dan vergüenza ajena, a la vez que producen miedo. Para eso están las urnas. Votar no debería consistir en un acto mecánico ni en una costumbre intrascendente. Muchas veces lo convertimos en un ejercicio más pasional que ideológico y eso tiene luego sus consecuencias. Decantarse por unos programas u otros determinará nuestro presente y nuestro porvenir y el de las generaciones venideras.
Urnas y versos
Bienvenidas sean las urnas, esas cajas transparentes en las que el sobre depositado tiene igual valor en Arriondas y Ribadesella que en Madrid y El Escorial. Los colegios electorales se abrirán de nuevo el 29 de noviembre, en pleno otoño, estación propicia para los meteorólogos y los poetas, entre otros gremios dedicados a las predicciones. Uno de los grandes, el asturiano Ángel González Muñiz, dedicó versos a esta estación crepuscular que pone fin a «un verano obstinado en perpetuarse, / cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste». ¿Y después? ¿Qué sucede cuando «el otoño se acerca»? Según Ángel González, que pudo ver en el salón de plenos de la RAE la vieja urna de madera mencionada antes, culminado el estío «se diría que aquí no pasa nada, / pero un silencio súbito ilumina el prodigio: / ha pasado / un ángel / que se llamaba luz, o fuego, o vida. / Y lo perdimos para siempre».

Termino como empecé, con cierta nostalgia de felicidad otoñal, por más que las circunstancias no sean del todo propicias para las celebraciones: manzanas traigo, pero no para salirme por la tangente con una frase hecha sacada del refranero, sino a modo de ofrenda simbólica cargada de buenos deseos. Después de la manzana viene la sidra para brindar. Hay un poema de Lucie Delarue–Mardrus («L’odeur de mon pays»), autora francesa muy citada por Álvaro Cunqueiro, que bien podría ser un eslogan, una evocación aplicable a Asturias, aunque ella escribiera su verso pensando en Normandía: «El aroma de mi país cabe en una manzana». Nicanor Piñole lo sabía muy bien y por eso pintó tantas.
Miguel González Somovilla (Les Arriondes, Asturias, 1956) es periodista. Ha sido director de Comunicación en la Real Academia Española (RAE) y en RTVE, donde también ejerció como jefe de Cultura de los Telediarios. Con anterioridad, trabajó en distintos periódicos, entre ellos La Nueva España, Asturias, La Voz de Galicia y El País. Premio Pérez Lugín de periodismo en 2011, se ha ocupado de las obras literarias de Álvaro Cunqueiro y Wenceslao Fernández Flórez en la Biblioteca Castro, colección de clásicos españoles. El próximo mes de octubre publicará en esta misma editorial madrileña «Escribir lo vivido», antología del columnismo de Francisco Umbral.



