AL PIE DEL CAÑÓN

Elogio de la castaña

 
«Bodegón con peras y castañas» (Vincent van Gogh, París, otoño de 1886). Se conserva en los Museos de Bellas Artes de San Francisco. La autoría de la obra, sin firma visible, se certificó en 2019.

(En memoria de Manuel Fidel García Larrea, amigo desde la infancia e impulsor de la Asociación de Amigos de Parres, entre cuyas iniciativas figura la creación del Certamen de la Castaña en Arriondas, allá por 1991. En reconocimiento a su labor y a la de sus compañeros de andadura, que siguen en el empeño promocional del concejo desde distintos ámbitos, tal como recordaba hace unos días su alcalde, Emilio García Longo).

Los castaños y sus frutos, tan arraigados en la memoria de la Asturias campesina, no tienen fronteras. A pesar de los efectos del cambio climático y otras adversidades medioambientales, ahí están desde tiempos inmemoriales, que es lo que se dice cuando no se puede precisar el origen de algo. Algunas fuentes sitúan al castaño en el planeta desde hace cuarenta millones de años, una eternidad si se compara con la muy posterior aparición del género humano sobre la faz de la tierra.

«Paisaje con castaño» (Ernst Ludwig Kirchner, 1913). Colección Carmen Thyssen, Madrid.

Desde entonces, milenio arriba o milenio abajo, los castaños crecen y florecen en una treintena de países y presentan distintas modalidades y variantes en todo el mundo, con China a la cabeza como país productor. En cuanto a su importancia para Asturias y otras regiones españolas, este gacetillero no va a descubrirles nada que no hayan contado ya aquí, y mucho mejor que pueda hacerlo yo, Gloria Pomarada, Mara Llamedo y Xuan Cueto, a cuyos textos e imágenes les remito a ustedes encarecidamente.

Tópicos periodísticos

Al final de estas líneas, en este híbrido entre la crónica y el pepeté divulgativo que les ofrezco a ustedes, hago unas mínimas menciones bibliográficas por si fueran de interés. Por mi parte haré lo propio de un periodista en la reserva, que es lo más parecido a un diletante, a ese flâneur que todos los jubilados —de uno u otro signo, como se decía antes— llevamos dentro. A cierta edad, como le ocurría a don Quijote según Voltaire, uno se inventa pasiones para ejercitarse.

Antes de empezar, entono el mea culpa. Desocupado lector —mon sembleble, mon frère—, a la par que estimado convecino: espero que me disculpe usted por recurrir otra vez a una cita de Francisco Umbral, pero le prometo que ya me estoy quitando del vicio de recalar en su verbo divino. Hoy será una de las últimas veces, al menos en lo que queda de año, que recurro a este comodín literario. La verdad es que me viene como anillo al dedo para justificar mi humilde cañonazo de hoy. Estamos en época de sidra y de castañas y ya saben lo que recomendaba nuestro clásico: «No hay que tener miedo de hacer la crónica de las cigüeñas, la crónica de la castañera o la crónica del niño pobre en Navidad, porque todo está por hacer, todo está por inventar y la vida no envejece. Lo que envejece es la prosa», escribía Francisco Umbral en El Norte de Castilla correspondiente al 6 de enero de 1977. Esa misma columna probablemente se publicó también en La Voz de Asturias de entonces, a través de la agencia Colpisa, pero no tengo ahora forma de comprobarlo.

Amparados y protegidos por la bula umbraliana, superado el recelo inicial hacia el tópico de la vendedora ambulante de castañas, entramos en materia.

 «Una castañera» (Barón Jean Charles Davillier / Gustave Doré). Del libro L’Espagne, editado por la Librairie Hachette, París, 1874.

¿En sartén, en horno, en microondas? Hablemos de castañas y empecemos por la forma de prepararlas, que no son solo las tradicionales. Para los defensores de la ortodoxia cualquier sistema innovador será una provocación y un dislate, pero no podemos obviar la realidad. Tal vez sea una herejía gastronómica, como la de hacer fabada en olla exprés, pero —es un ejemplo— las fórmulas para asar castañas en la airfryer llevan casi una década dando vueltas entre los usuarios de las redes sociales. Confieso, de entrada, que yo he pecado alguna vez en ambas modalidades, con castañas y fabes, sin que los resultados fueran del todo desastrosos. Asumo el sacrilegio, inadmisible en la tierra del magüestu.

Modas culinarias

Los recetarios que recorren Internet con inimaginables consejos culinarios se han sumado hace tiempo a las supuestas bondades de las freidoras de aire, que tienen partidarios y detractores a partes iguales. Ya venían de atrás, pero la pandemia las subió al altar de las encimeras patrias. Ocurre lo mismo —o sucedía, que las modas son efímeras por definición— con otros artilugios de cocina, que pasan del encumbramiento al destierro en un santiamén. Tan pronto todo el mundo se pone a guisar en la Thermomix, o a cocer al vapor en los recipientes de silicona destinados al microondas, como regresa a las cacerolas de barro o de hierro fundido. 

Si han llegado a leer hasta aquí ya se habrán dado cuenta de que manejo los conceptos con pinzas, como si pisara huevos, de ahí que diga Thermomix y no robot de cocina o recipientes de silicona y no Lékúe. La razón no es que unas marcas patrocinen El XXI y las otras no, qué va. Ya nos gustaría. La explicación se debe a que cito lo que conozco un poco mejor y he usado más, lo cual me lleva a estas incoherencias de estilo, que es lo último que se debería perder al ponerse al teclado. Llegados hasta aquí, es el momento de parafrasear a Ortega, aunque no le sigamos al pie de la letra: cuando se escribe, o se hace precisión o se hace literatura o se calla uno.

Todo lo anterior viene a cuento de que, al hilo del XXXV Certamen de la castaña y de los productos de la huerta me han venido a la cabeza las castañeras. Era un oficio de temporada y esencialmente femenino, ejercido sobre todo en las ciudades porque en el campo y en las villas —en Arriondas, sin ir más lejos— lo habitual era asar o cocer las castañas en el propio hogar. 

Las castañeras y los castañeros, que ahora la profesión no hace distingos entre hombres y mujeres, no han desaparecido. Siguen presentes en algunas capitales, Madrid y Barcelona entre ellas, aunque han pasado del carbón y la leña al gas butano, otra innovación muy debatida en su momento e incluso ahora por parte de los puristas del combustible para calentar.

El arte y la literatura ofrecen numerosas muestras de esta actividad, especialmente desde mediados del siglo XIX. Los museos, las bibliotecas y las hemerotecas nos brindan abundantes imágenes y referencias escritas en torno a las castañeras, exaltadas en los sainetes de don Ramón de la Cruz (Las castañeras picadas, 1870) y Tomás Luceño (¿Cuántas, calentitas, cuántas?, 1910), por citar solo a dos representantes del casticismo de antaño. Hay asimismo muestras muy notables del género en los cuentos infantiles, que han recreado el oficio a lo largo del tiempo, desde Mariuca la castañera, en los años cincuenta, hasta La castañera Felipa, aparecida en 2016. No cito más porque, si lo hiciera, esto empezaría a sonar a plagio de la IA, y prometo que solo me he asomado de refilón a sus herramientas de búsqueda, pero sin fusilar —copiar en el argot periodístico— nada de nada.

En esta foto de Martín Santos Yubero, tomada en 1965 en la plaza Mayor de Madrid, aparece Caridad Serradell, La Cari, decana del gremio hasta su fallecimiento en 1990. Archivo Regional de la Comunidad de Madrid.

El costumbrismo nos ha dejado un estereotipo de castañera enlutada, con pañuelo atado a la cabeza y ceño fruncido, diestra en dejar las castañas en su punto y en preparar cucuruchos de papel de periódico para colocar la mercancía. En tiempos no muy remotos se desanimaba a los periodistas bisoños —convencidos de que su folio nocturno iba a cambiar el rumbo mundial apenas salido de la rotativa— haciéndoles ver que su grave crónica de aquella noche iba a servir para empaquetar pescado la mañana siguiente en la plaza de abastos. Peces o castañas o patatas o chorizos, tanto daba. El caso era, y es, asumir que las noticias envejecen con gran celeridad, de modo que la lírica columna de hoy se convierte mañana en improvisado envoltorio. Dado que ya apenas se imprimen periódicos en papel, y teniendo en cuenta que las normas higiénicas exigibles para almacenar alimentos son más estrictas que antes, la posible trascendencia del texto impreso resulta todavía más volátil. Ahora circula por el éter o por el ciberespacio y, con suerte, se refugia en una nube de tamaño incalculable.

Cucurucho con noticias

Termino como empecé, con el maestro Umbral: «Los columnistas somos las castañeras de invierno y las heladeras de verano, y estamos en nuestro zaquizamí sirviendo cucuruchos más o menos barrocos de literatura, actualidad y noticias», decía en su columna de El Mundo, fechada el 21 de octubre de 2000. El oficio ha cambiado y los canales de distribución —un término más fino si hablamos del mercado de la información— ya son otros, como indicaba unas líneas más arriba. Los cartuchos de ahora se hacen con papel reciclado y no hay forma de leer las crónicas de ayer en el cucurucho de hoy, que está en blanco. Las castañas permanecen, pero la actualidad nos llega medio chamuscada por el ruido, la urgencia y el «exceso de original». Habrá que sacar las gacetillas del fuego y evitar que se quemen, como antes se hacía con las castañas. 

 Captura de la página electrónica del Diccionariu de la llingua asturiana con la búsqueda del término «castaña» y sus diferentes acepciones.

Las metáforas, el léxico, los dichos y los refranes relacionados con la castaña siguen al cabo de la calle, tanto en castellano como en asturianu, pero eso quedará para otro momento. Lo mismo que las múltiples denominaciones y variedades del fruto, que solo en Asturias ascienden a sesenta y seis, según el recuento publicado en su día en Cultivares del castaño (KRK, Oviedo, 2009). Esta obra colectiva es una auténtica biblia castañera, una guía imprescindible para lograr que el árbol, o sea el castañu, no nos impida ver el castañéu. Por hoy me conformo con que mis efímeras salvas de cañón, escritas en El Escorial pero braseadas después entre Arriondas y Villamayor, no les hayan parecido a ustedes una castaña, es decir, una «cosa aburrida, fastidiosa o de mala calidad». Así se mantiene —séptima acepción del término— en la última edición del Diccionario de la lengua española, que se acaba de presentar en Madrid.

Contra el olvido

Aparte de los casos citados, pueden verse guiños a la castaña en muchas localidades españolas. En las calles de Ourense, Palencia y Burgos hay esculturas dedicadas a las castañeras. Y en Arriondas se le rinde homenaje con un par de topónimos en dos de sus barrios: Castañera y El Castañéu. 

Concluyo como empecé, con un recuerdo a Manuel Fidel—a mí no me sale llamarle Manolo— y a quienes con él lanzaron la iniciativa de un certamen castañero en Arriondas hace treinta y cinco años. Para los asturianos de generaciones pasadas, para mí mismo que estoy a punto de entrar en la setentena y convertirme en pilonga, la castaña fue una especie de magdalena proustiana: una madalena pa probes, de andar por casa, evocadora de memorias infantiles más o menos felices. Un fruto contra el olvido. 

Miguel González Somovilla (Les Arriondes, Asturias, 1956) es periodista. Ha sido director de Comunicación en la Real Academia Española (RAE) y en RTVE, donde también ejerció como jefe de Cultura de los Telediarios. Con anterioridad, trabajó en distintos periódicos, entre ellos La Nueva España, Asturias, La Voz de Galicia y El País. Premio Pérez Lugín de periodismo en 2011, se ha ocupado de las obras literarias de Álvaro Cunqueiro y Wenceslao Fernández Flórez en la Biblioteca Castro, colección de clásicos españoles. En octubre de 2026 publicó en esta misma editorial madrileña Escribir lo vivido, una antología del columnismo de Francisco Umbral.

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