AL PIE DEL CAÑÓN

Mi Umbral asturiano

España Suárez, con el libro de Umbral en sus manos, acompañada del editor de la antología y firmante de este articulo.

(En memoria de Tiburcio González Ceñal1, nuestro Tibur de entonces, en cuyo quiosco de Arriondas compraba yo, en los setenta, La Voz de Asturias.2 Empezaba a hojearlo por la última página: allí estaba su «Crónica de Madrid», la columna que Francisco Umbral (1932–2007) enviaba, a través de la agencia Colpisa, a una quincena de diarios regionales).

Hoy —me excuso por el parafraseo facilón— he venido aquí a hablar de Umbral. He venido a hablar del «escritor perpetuo», un gran innovador del lenguaje y un consumado estilista. He venido a hablar del firmante de cincuenta mil artículos y de un centenar libros, hilvanados a lo largo de una brillante carrera literaria, ejercida durante medio siglo. Hace treinta años, en el otoño de 1996, cuando recibió en el Teatro Campoamor de Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, Umbral hizo una advertencia que sigue siendo tan válida ahora como antaño, o tal vez más: «Solo la cultura, ese saber del hombre sobre el hombre, puede salvar el mundo, y aún salvarnos de la barbarie técnica o guerrera, de la tecnología beligerante, como en un cuento de hadas cibernéticas».

Imagen de la sobrecubierta de Escribir lo vivido. 

Aunque esta entrega dominical puede sonar a autobombo —y no digo que no lo sea en cierta medida (mea culpa)—, mi propósito es otro: compartir con los lectores de El 21 la aparición de Escribir lo vivido, antología periodística de Francisco Umbral que he publicado esta semana en la Biblioteca Castro, dentro de su colección de clásicos españoles. Se trata de una selección de 350 artículos, procedentes de distintas épocas (1955–2007) y de diferentes medios: desde Diario de León y El Norte de Castilla hasta El País y El Mundo. No me extenderé en las características de la obra porque se pueden consultar en la web y los vídeos de la editorial, en donde se muestran asimismo el índice y las primeras páginas del prólogo.

Concebido en Parres

En todo caso, como indicaba al comienzo —parodiando a Umbral en su controvertida intervención televisiva de 1993—, no vengo aquí a hablar de mi libro, sino del suyo. El autor de las columnas escogidas para esta antología es únicamente él, Francisco Umbral, y no yo —ya me gustaría—, simple recopilador, anotador y autor del estudio introductorio que precede a los artículos. Aclarada esta obviedad, empiezo por el principio: Escribir lo vivido, que entonces no tenía ni título, se concibió y se empezó a gestar en mi casa de Arriondas, en sucesivos amaneceres del invierno de 2024, cuando en el balcón del Ayuntamiento y en el cañón brillaban aún las bombillas navideñas. A esa hora del alba solo hay luz en dos ventanas de la plaza: la de Víctor García Somoano y Ana Peruyero, y la de este gacetillero, que heredó de sus padres —Miguel y Mari, del comercio La Fortuna— el dudoso don de despertarse con el canto del gallo. No se lo recomiendo a nadie —si pueden, eviten levantarse antes de que salga el sol— porque luego el madrugón pasa factura: requiere siestas y produce cabezadas intermitentes delante del televisor. 

A lo que iba. Había recibido, en los últimos días de 2024, la propuesta de preparar el tomo de Umbral por medio de un amable y tentador correo de la Fundación José Antonio de Castro —decía Umbral que sus mejores títulos eran los hechos por encargo— y, pese a algunas dudas y resistencias iniciales, me puse de inmediato manos a la obra en enero de 2025. El siguiente año y medio fue de dedicación completa a este trabajo de investigación, llevado a cabo entre Arriondas y El Escorial. Lo finalicé en junio de 2026, tras muchas lecturas y consultas en hemerotecas, archivos, fonotecas, videotecas y bibliotecas de Madrid y Valladolid. Perdón por tanta teca, término que en el Diccionario cheli de Umbral significa lo que parece: discoteca, precisamente el único sitio al que no he ido a buscar información.

 
España Suárez, la viuda de Umbral, hojea Escribir lo vivido, selección de 350 artículos periodísticos del columnista.

También hice unas cuantas visitas a La Dacha, la casa familiar de Umbral en Majadahonda (Madrid). Allí encontré siempre el apoyo y la colaboración de España Suárez Garrido, la viuda del escritor —fotógrafa de profesión y presidenta de la Fundación Francisco Umbral—, gracias a la cual he podido incluir imágenes y materiales inéditos sobre él y sus diversas circunstancias vitales y profesionales.

Aparte de las crónicas de La Voz de Asturias, el primer volumen de Umbral que tuve en mis manos fue Mortal y rosa (1975), el desgarrador relato de la muerte de su hijo Pincho cuando aún no había cumplido los seis años. La historia primigenia era otra: iba a titularse «Estoy oyendo crecer a mi hijo», pero «la vida no es noble, ni buena, ni sagrada» (Lorca) y tiene reveses tan dolorosos como aquel que truncó la existencia de Pincho y destrozó, por ende, la de sus padres.

 Primera edición del libro más reeditado de Umbral, Mortal y rosa.

Conservo aquella primera edición, dedicada después por su autor, ya en Madrid. Recuerdo que se la encargué a mi amigo Fernando Alba de la Vega, que me compró el libro en Oviedo, creo que en la antigua Ojanguren, y me lo acercó hasta Arriondas. Yo había tenido noticia de Mortal y rosa a través de una entrevista que le había hecho a Umbral el periodista Faustino F. Álvarez en la revista Asturias Semanal. Tras su lectura, sentí la imperiosa necesidad —ya existía el ansia compradora antes de Amazon— de conseguir la novela, que guardo en mis estantes como una joya bibliográfica, al margen de que sea el título imperecedero de Umbral.

Café Gijón

En Escribir lo vivido hay un recuerdo muy especial a mi amigo Faustino (1950–2014). El autor de Travesía de Madrid (1967) y Las ninfas (1976) —es decir, Umbral— le hizo a Fausto el prólogo de su Carta abierta (1977), un ramillete de artículos lanzados a las ondas por el periodista mierense desde Radio Oviedo. La emisora estaba dirigida a la sazón —ya nadie emplea esta muletilla léxica, tan viejuna— por José Luis Pérez Perelétegui, primo y valedor de Umbral en los albores de su andadura literaria. Es un hermoso texto que he recuperado para la ocasión; un gran elogio a la radio, un medio en el que Umbral trabajó entre 1958 y 1961, cuando era redactor de La Voz de León, donde Perelétegui era también director, a la vez que ilustraba, como dibujante, las primeras colaboraciones periodísticas de su primo Paco en la prensa leonesa. Sucedió antes incluso de comenzar a publicar textos en el que sería su periódico de referencia, El Norte de Castilla, capitaneado por uno de los grandes impulsores de la carrera de Umbral: Miguel Delibes.

Francisco Umbral y Faustino F. Álvarez en una foto de Ángel Ricardo (Asturias Semanal) fechada en 1975. A la izquierda, un fragmento del prólogo escrito por Umbral para el libro «Carta abierta» de Faustino F. Álvarez.

En 1961 Francisco Umbral se lanzó a la conquista de Madrid, tiempo magistralmente recreado en La Noche que llegué al café Gijón (1977), un establecimiento con raíces asturianas que dio cobijo a sucesivas generaciones de letraheridos. Allí conoció al poeta ovetense José García Nieto, otro de sus grandes protectores, que le procuró trabajo en revistas como La Estafeta Literaria y Mundo Hispánico. No era García Nieto el único asturiano que animaba las tertulias del Gijón: la novelista Dolores Medio, el cronista municipal Juan Antonio Cabezas, los periodistas Marino Gómez–Santos y Mauro Muñiz eran habituales de aquel bar que Umbral consideraba su «casa civil», frente a la «casa militar», que era el Ateneo de Madrid. El Café Gijón convocaba el premio de novela corta del mismo nombre. Uno de sus ganadores fue, por cierto, un gran poeta y paisano nuestro, el historiador Emilio Sola Castaño, galardonado en 1984 con Los hijos del agobio.

Entre serenos y mineros

Entre los 350 artículos que conforman Escribir lo vivido hay algunos relacionados con Asturias, además del ya referido prólogo a las cartas radiofónicas de Faustino. En uno de ellos evoca la figura del sereno, oficio que ya en su época parecía abocado a la extinción: «el sereno, si es asturiano, tiene el consuelo sentimental de mirarse dentro del pecho el puerto de Pajares. Aunque puerto de Pajares, lo que se dice puerto de Pajares, por el frío y la intemperie, nada como la Plaza de España a las cinco de la mañana de un día de diciembre. Esto lo saben bien los serenos. Sobre todo, si son asturianos», afirma en «Serenos y escritores» (La Estafeta Literaria, 15.9.1968).

Muestras de algunos de los artículos de Umbral relacionados con Asturias. Estos tres se incluyen en la antología «Escribir lo vivido».

En 1991, con motivo de los conflictos mineros que desembocaron en el encierro del Pozo Barredo, firmó una enfervorizada elegía en favor de sus reclamaciones: «Era la cuenca revolucionaria, hoy es la cuenca seca de los pobres, rifles contra garrotas, vieja Asturias. (…) Mieres de canto dulce y de cinabrio, metalúrgica Mieres, medicinal racimo de ciudad, ferruginosa Mieres, por ti escribo desde un Madrid ministerial de piedra, por ti digo hoy mi prosa endecasílaba, por el Belén profundo que tú eres, por los nuevos romanos que te pisan, por el bable, el honor, la Nicolasa. Pompeya del trabajo, inscrita Mieres, cuánto tropel ayer sobre tu sangre» (El Mundo, 28.12.1991).

Podría seguir con más ejemplos —hay una columna en el libro sobre Corín Tellado— , pero mi intención ha sido tan solo subrayar que este volumen de/sobre Umbral surgió, como estas mismas crónicas, al pie del cañón de Arriondas. De esos orígenes asturianos de la antología umbraliana dejo constancia al final del prólogo, fechado entre El Escorial y la capital parraguesa. 

Biblioteca de Arriondas

Ha pasado medio siglo desde que Fernando Alba me trajo hasta Arriondas Mortal y rosa, novela recién salida entonces de la imprenta y que sigue ahí, en reediciones sucesivas. En la Biblioteca Municipal de la capital parraguesa hay una quincena de títulos de Umbral disponibles para su lectura, entre ellos ese, Mortal y rosa. Me pasó el listado de los fondos Elena López Cofiño, su directora, cuando —abrumado de tanto acarretar las obras de Umbral desde El Escorial a Arriondas y viceversa— le pedí esa relación, con el fin de evitar transportes innecesarios. Doy fe de ello en el correspondiente capítulo de agradecimientos . 

Lo primero que haré, cuando vuelva por Les Arriondes, a finales de este mes de octubre, será donar un ejemplar de Escribir lo vivido a nuestra biblioteca. Será un honor que figure en sus anaqueles con el resto de la bibliografía de Francisco Umbral, tal vez el mejor columnista español del siglo XX. Como digo en la presentación editorial del libro, en sus crónicas, seguidas a diario por un millón de lectores, Umbral se ocupó con igual pasión de Luis de Góngora y los poetas del 27 que de Pedro Almodóvar y todo el elenco de la movida madrileña. Coqueteaba con la nobleza y se conmovía con la soledad de los perdedores. En las columnas —cincuenta mil, según sus cálculos— reflejaba su trilogía de pasiones: «La literatura, el sexo y la política, por este orden». (…) Delante del teclado de la Olivetti, Umbral aplicaba su fórmula magistral: «Para hacer un buen articulo hay que quemar un ensayo, un soneto y una noticia». Era su secreto para conquistar al público y «ordenar el mundo en un folio, cada mañana», como hizo Umbral durante media centuria, línea a línea, verso a verso. O sea.3 

  1.  Umbral convirtió el uso de las negritas tipográficas en un elemento característico de su escritura periodística. Empezó a utilizarlas en las columnas de El País (1976–1988) y luego las siguió empleando en otros medios. Excepcionalmente, y como guiño umbraliano, las hemos rescatado para este artículo de El 21. Aparecer en las negritas de Umbral era un signo de distinción, para bien y para mal. El cantante Joaquín Sabina, molesto por no ser mencionado, le dedicó un soneto a Umbral: «Cómo te odiaba, viéndome excluido / de la efímera fama del spleen. / Soñaba que mi nombre, con negritas, / brillaba, / en tu columna de El País, / entre lumis, cebrianes y pititas, / o con Ana (la amo) vis à vis» (Ciento volando de 14, 2001).
    ↩︎
  2. El diario La Voz de Asturias, fundado por José Tartiere, se publicó en Oviedo desde 1923 hasta 2012. Faustino F. Álvarez fue uno de sus directores. Tras el cierre de la edición impresa en papel, el periódico ha resurgido como medio digital, pero solo como marca, sin continuidad ni vinculación con la cabecera histórica. ↩︎
  3. Francisco Umbral usaba con frecuencia dos locuciones muy reconocibles para cerrar sus columnas. Una de ellas era esta: «o sea». La otra forma de rematar los artículos umbralianos, muy popular también en su momento, sonaba aún más informal: «Y este plan». Las imitaciones no han dejado de florecer desde entonces.
    ↩︎

Miguel González Somovilla (Les Arriondes, Asturias, 1956) es periodista. Ha sido director de Comunicación en la Real Academia Española (RAE) y en RTVE, donde también ejerció como jefe de Cultura de los Telediarios. Con anterioridad, trabajó en distintos periódicos, entre ellos La Nueva España, Asturias, La Voz de Galicia y El País. Premio Pérez Lugín de periodismo en 2011, se ha ocupado de las obras literarias de Álvaro Cunqueiro y Wenceslao Fernández Flórez en la Biblioteca Castro, colección de clásicos españoles. Este mes de octubre ha publicado en esta misma editorial madrileña «Escribir lo vivido», antología del columnismo de Francisco Umbral.

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