El IX Festival De Pueblo en Pueblo reunió a los vecinos de Cabrales en Pandiellu. Una jornada marcada por la lluvia, los recuerdos y el orgullo de una aldea que ha sabido unirse para construir su historia y compartirla con los demás
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Hay en Cabrales un dicho que reza que Pandiellu es un pueblín pindiu y ventosu.
Razón no le falta: encaramado en lo alto de una peña, el pueblo despliega sus calles cuesta arriba y cuesta abajo desde la plaza central de Santo Tomás, bien entornaes, como corresponde a un lugar construido sobre una larga pendiente. Tampoco lo protege ninguna ladera de los vientos. Así que, cuando toca aire, en Pandiellu tira fuerte.
Pero, aunque no sea intención de este medio ampliar el repertorio de dichos populares del concejo cabraliego, sí parece justo añadir algo a raíz de la celebración del IX Festival Comunitario De Pueblo en Pueblo:
Sí, Pandiellu es bastante pindiu y ventosu. Pero también un pueblo lleno de encantos que, pese a contar con pocos habitantes y no figurar entre los más turísticos ni conocidos de Cabrales, ha demostrado que sabe organizar una gran fiesta.
Un pueblo sencillo, pero fuerte y con mucho orgullo latiendo en sus venas, que este sábado desplegó memoria a raudales y demostró que se puede organizar un festejo precioso con muy poco.
Aunque, claro, decir «muy poco» resulta osado.
Si por «poco» entendemos poco presupuesto o pocos habitantes, entonces puede que sí, que Pandiellu partiera con lo justo. Pero si hablamos de voluntad, orgullo, arraigo, carácter y cariño, entonces manejan un presupuesto millonario. Porque durante los seis meses de preparación, sus alrededor de treinta vecinos han puesto, de todo esto, millares.
Y así fue que ni la lluvia ni el frío pudieron impedir que allí se celebrase una multitudinaria y emocionante fiesta. Lo que quedará para siempre en el recuerdo de los cabraliegos como la IX edición del Festival De Pueblo en Pueblo.

Al mal tiempo, buenísima cara
La mañana amaneció desapacible, con lluvia, niebla y un acusado descenso de las temperaturas. Pero los organizadores habían previsto el mal tiempo y una gran carpa instalada en la plaza de Santo Tomás estaba más que preparada para convertirse en el corazón y refugio de la celebración. Allí se desplegaba el Mercáu de les Economíes Cabraliegues, con una veintena de puestos de gastronomía y artesanía, y allí tuvieron lugar los principales actos de la jornada.

Eso sí, la folixa no comenzó hasta que empezaron a escucharse las bocinas de los tractores de los pueblos vecinos. El estruendo se mezcló con la música de las panderetas y los voladores, que anunciaron la llegada de las distintas localidades de Cabrales. Tras la bienvenida, llegó la inauguración oficial, protagonizada por vecinos de distintas generaciones. La escena dejó ver uno de los hilos conductores del encuentro: la unión entre pasado, presente y futuro para mantener viva la memoria del pueblo.
El acto tomó la forma de un diálogo entre generaciones. Josefina, de 86 años, recordó a los dos únicos niños de Pandiellu que, antes de aquella plaza, había allí un enorme jou, un gran agujero rodeado de árboles. Como la escuela estaba cerca, era habitual que los escolares acabaran jugando entre las piedras durante el recreo.

Aquel paisaje cambió en 1990, cuando se rellenó el hueco para construir la plaza actual. También en esa transformación participaron los vecinos, que hicieron numerosos viajes en tractor cargados de tierra y piedras. La propia Josefina condujo uno de ellos. Su recuerdo, compartido con los más pequeños, convirtió la inauguración en algo más que un acto simbólico: fue una manera de transmitirles la historia de un lugar que conocen desde siempre, pero cuyo aspecto no siempre fue el mismo.
Un pueblo que siempre ha sabido trabajar unido
La plaza fue durante toda la mañana un lugar de encuentro.
Mientras los asistentes degustaban castañas, chocolate, tortilla, bizcochos, frixuelos, empanada y arroz con leche, la barra atendida por los vecinos no dejó de funcionar. Entre conversaciones, saludos y reencuentros llegó el momento de los homenajes.

El primero estuvo dedicado a las seis personas de más edad del pueblo: Josefina, Carmen, Ernesto, Pepe, Palmira y Manolo. Seis vecinos y vecinas reconocidos por su cercanía, por haber cuidado de Pandiellu y por transmitir los saberes, las costumbres y los recuerdos que forman parte de su historia.
El homenaje se cerró con el ritual del Corri-Corri, un baile ancestral y emocionante que sirvió de antesala a otro de los momentos más sentidos de la jornada: el tributo a Pedro Niembro, conocido en todo Cabrales como Pedrín el Ciegu de Pandiellu.

Una gran fotografía recordaba al músico en el interior de la carpa. Su sobrino Carlos fue el encargado de glosar su figura, mientras Héctor Braga conducía el acto, acompañado por el sonido de las gaitas. De Pedrín se recordó su fortaleza, su dignidad y su profundo amor por la tierra cabraliega.
En él se reconoció a alguien que supo construir un mundo de sonidos pese a no poder ver, un innovador de la música asturiana y un hombre que llevaba consigo la esencia de Pandiellu: sencillez, fortaleza y orgullo.

Su figura permanece viva en la memoria colectiva de Cabrales y, por un rato, su música volvió a ocupar el centro de una fiesta cabraliega, con la gaita como protagonista de un homenaje que también celebraba la huella y la luz que dejó en su tierra.
La memoria de un pueblo que se hizo a sí mismo
La historia de Pedrín, la de los mayores y la de la propia plaza hablan de una misma herencia. Ese fue también el mapa que Pandiellu quiso desplegar durante toda la mañana: el de la memoria, el orgullo y la fortaleza que han caracterizado a este rincón cabraliego.
Son los mismos rasgos que afloraron al recordar a quienes construyeron la carretera, una obra colectiva que cambió la vida de la aldea. En la carpa se recordó que Pandiellu no tuvo carretera hasta 1974 y que, como tantas otras cosas importantes en su historia, aquel avance no llegó por iniciativa de ninguna administración, sino por el empuje de sus vecinos.
Cansados de reclamar sin éxito una vía de acceso, dieciséis hombres del pueblo decidieron ponerse manos a la obra y transformar un estrecho sendero de caballerías en una carretera de firme ancho que comunicara la aldea con el valle. Trabajaron voluntariamente y los vecinos contribuyeron a sufragar los gastos hasta reunir 87.000 pesetas.
Pero lo más reseñable fue el esfuerzo: meses de trabajo que compaginaron con el cuidado del ganado y las fincas, en jornadas intensas en las que, según se recuerda, hasta el cura echó una mano.

El resultado fue una carretera de grijo, modesta si se compara con las actuales, pero carretera al fin y al cabo. Para un pueblo que entonces rondaba los cincuenta habitantes, aquella obra colectiva supuso abrir una puerta al exterior.
Las casas también tienen memoria
Otro de los escenarios fundamentales de la celebración fueron las propias casas. En sus puertas se habían dispuesto pequeños altares en recuerdo de sus primeros pobladores. Textos, fotografías, flores, tallas de madera y otros detalles componían rincones de memoria que acompañaban el paseo por los barrios de la aldea.
Una manera de recordar y de traer al festejo a quienes ya no están, pero siguen muy presentes en el pueblo.

Para orientarse durante el recorrido, los vecinos habían instalado un colorido cartel a modo de mapa en el que se distinguen los cuatro barrios de Pandiellu —Santo Tomás, Puelu Baju, El Colláu y La Peral—, junto con el Picu la Carta.
En el plano aparecen numeradas las alrededor de cuarenta casas que conforman la aldea, además de la fuente y la escuela. Una guía para recorrer sus calles y reconocer los rincones que dan forma al pueblo.

La lluvia impidió desarrollar algunas actividades previstas, entre ellas la visita al altu conocido como el Picu la Carta, en el que —no obstante— quedó instalado un banco-mirador dedicado a rendir tributo al extenso y espectacular paisaje que se contempla desde Pandiellu. También se plantó un árbol en el centro de la aldea: un símbolo de la unión entre generaciones y del deseo de que la memoria compartida siga creciendo y llegue hasta el futuro.
Mientras tanto, Juan y Jaime (de la Escuela de Hostelería de Llanes), ayudados por José Sánchez (alcalde de Cabrales), preparaban una enorme paella para 250 comensales que repartía aroma a comida casera por todos los recodos del pueblo. También se había cocinado fabada, con unas sesenta raciones para repartir.

Así, a las dos y media de la tarde, las colas para recoger la paella ya se alargaban y la comida marcaba una pausa antes de continuar con la programación prevista para la tarde, que incluía música y talleres dedicados a recuperar oficios, conocimientos y recuerdos propios de la aldea.
Nosotros nos despedimos de Pandiellu en esa pausa, dejando a los asistentes saboreando el arroz y la fabada. Damos fe de que nadie parecía desanimado por el mal tiempo; más bien al contrario. Los de Cabrales son montaraces y no hay frío ni agua —ni dificultad alguna— que les ponga freno.

Tras recorrer el pueblo cuesta arriba y echar una última mirada atrás, la sensación es clara: qué guapo es ver a la gente unida, a los pueblos unidos, celebrando su identidad y su historia. Qué guapo comprobar que con poco presupuesto, pero mucha intención y raíces profundas, se puede hacer un festejo único, de esos que tienen alma y esencia propia.
Y qué guapo es el festival De Pueblo en Pueblo, una celebración intercomunitaria de los pueblos cabraliegos que es mucho más que una fiesta: también es una oportunidad para loar la historia y los recuerdos. Para que cada pueblo ponga como bandera sus singularidades y su paisanaje, dejando constancia de lo importante.

Un día cada seis meses en que los vecinos de Cabrales se encuentran, se conocen, descubren la identidad de su tierra y aplauden el orgullo de la pertenencia y lo sencillo.
Una iniciativa intergeneracional que demuestra que los pueblos —sean grandes o pequeños y sean o ventosos o no— siguen teniendo mucho que contar y mucho que celebrar.




















































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