
Llanes se vistió ayer de gala e hizo alarde de su historia y de sus tradiciones. Los actos organizados por la Fundación Princesa de Asturias culminaron en esta villa del oriente asturiano, cuya Cofradía de Pescadores Santa Ana fue distinguida con el galardón destinado anualmente —desde 1990— al pueblo ejemplar de la región.
El día anterior, en el Teatro Campoamor de Oviedo, se celebró la ceremonia de entrega de los premios. Me gustó que el discurso de la princesa Leonor empezara con un recuerdo a María Zambrano, discípula predilecta de Ortega, símbolo del exilio republicano y primera mujer reconocida con un Premio Príncipe de Asturias. La pensadora malagueña recibió el de Comunicación y Humanidades en 1981, año en que comenzó la andadura de estas preciadas distinciones.
María Zambrano hizo de su vida y de su obra una razón poética. La conocí en 1989, ya anciana y sin pelos en la lengua, en su casa de la calle Antonio Maura, 14, en el barrio madrileño de Retiro. Eran los días previos a que recibiera el Premio Cervantes, motivo por el que nos hizo unas extensas declaraciones para el telediario de TVE. Eran las suyas de entonces palabras cargadas de lucidez, como aquellas publicadas por ella misma en 1939, en el prólogo de su Filosofía y poesía: «No se pasa de lo posible a lo real, sino de lo imposible a lo verdadero».

Este cronista escribe hoy literalmente al pie del cañón de Arriondas, aunque sea para hablar de otros escenarios —Llanes y Oviedo—, tal como exige la actualidad. En la semana de los Premios Princesa de Asturias parecería una desconsideración hablar aquí de otros asuntos, por más que las noticias circulan a su antojo y no tienen en cuenta calendarios ni protocolos regios.
Tecleo mientras veo por la ventana el reloj del Ayuntamiento de Parres, fiel testigo de que el tiempo pasa para todos, como bien le señaló en Oviedo la Princesa Leonor al rey Felipe: «Mi padre va camino de los sesenta». La cariñosa observación filial, acompañada de varios señalamientos en torno a los desafíos que afronta la juventud actual, sirvió para distender la solemne ceremonia del Campoamor, hasta el punto de arrancarle una sonrisa cómplice —por el recordatorio de la edad— al monarca. Horas después supimos que el rey había sido intervenido en la capital asturiana de una catarata en el ojo izquierdo, dolencia que padecemos, antes o después, quienes nos encaminamos hacia las últimas décadas de nuestra existencia.
He de precisar también al posible destinatario de estas líneas que no he estado presencialmente en Oviedo ni en Llanes, aunque sí fui testigo directo de estas entregas en otras muchas ediciones porque no en vano el origen de los Premios de la Fundación se remonta a 1980. Viví muy de cerca sus primeros pasos, un empeño personal del periodista Graciano García, que fue mi director en el desaparecido Asturias. Diario regional, periódico de corta singladura: solo llegó a los quioscos entre dos diciembres, el de 1978 y el de 1979.

En resumen, que no estuve ayer en Llanes, pero sí seguí la transmisión televisiva desde que la comitiva llegó a la villa marinera y hasta que la Princesa de Asturias anunció que ella y sus anfitriones se iban a comer un guiso de pixín de la rula, plato preparado para la ocasión por estudiantes de la Escuela de Hostelería del instituto de eseñanza media de la localidad, el IES, según la actual denominación administrativa de estos centros educativos.
Antes del ágape, Leonor rememoró en su discurso la historia pesquera de la villa, aludió a los tradicionales bandos llaniscos y elogió a las gentes de la mar. La encargada de temas culturales de la Cofradía, Maiche Perela, le recordó previamente que ya en el siglo XVI otra princesa Leonor había hecho parada y fonda en Llanes.
El Cantábrico, en una agradable mañana soleada, hizo de telón de fondo del mensaje de admiración y gratitud de Leonor de Borbón:
El viernes, en el Teatro Campoamor, todo estaba mucho más medido, a pesar de que en la intervención de la princesa hubo muchos guiños desenfadados, especialmente dirigidos a los jóvenes de su generación. Reconoció Leonor la dificultad de «mantener el entusiasmo en estos tiempos de desencanto social profundo». Desencanto y frustración que sienten asimismo quienes, desde hace semanas, permanecen acampados en la plaza de la Escandalera para reclamar mejoras sociales y, sobre todo, medidas que permitan acceder a la vivienda. En la narración televisiva de la ceremonia, hecha con un inevitable estilo institucional, los dos comentaristas mencionaron la existencia de esta acampada pacífica y aludieron a los grupos republicanos que, bandera tricolor en mano, protestan cada año por la presencia regia en la ciudad.

Al alcalde de la ciudad no le gustan estas manifestaciones, pero lo cierto es que la princesa de Asturias inició su discurso con palabras de recuerdo a una republicana de pro, a una filósofa que conoció el dolor del destierro y del exilio, en países de América y Europa, tras la guerra civil: María Zambrano.
Podría extenderme aquí con ejercicios propios de los antiguos eruditos a la violeta de José Cadalso, resurgidos ahora al calor de la inteligencia artificial. Sin embargo, antes que glosar por enésima vez lo que dijeron Patti Smith, Timothy Garton Ash, Julian Barnes, Leo Messi, Cristina Koch y el resto de los premiados, prefiero remitirles a ustedes a sus discursos y, sobre todo a sus obras y a sus gestas.
Resulta muy socorrido recurrir a la nostalgia de las primeras ediciones de los premios, que solían fijarse más en el talento local que el foráneo, aunque esas añoranzas comparativas no son nada recomendables. Los tiempos cambian. Están cambiando desde siempre, antes y después de que Bob Dylan pronosticara un porvenir que no se cumplió del todo, al menos tal como lo imaginó.
«People have the power», dice también Patti Smith. Aunque suene asimismo a utopía, el entusiasmo mostrado por las tres mil personas que corearon con ella su vieja canción en Oviedo abre una puerta a la esperanza. El poder del cambio está en la gente, en cada uno de nosotros.
Miguel González Somovilla (Les Arriondes, Asturias, 1956) es periodista. Ha sido director de Comunicación en la Real Academia Española (RAE) y en RTVE, donde también ejerció como jefe de Cultura de los Telediarios. Con anterioridad, trabajó en distintos periódicos, entre ellos La Nueva España, Asturias, La Voz de Galicia y El País. Premio Pérez Lugín de periodismo en 2011, se ha ocupado de las obras literarias de Álvaro Cunqueiro y Wenceslao Fernández Flórez en la Biblioteca Castro, colección de clásicos españoles. En octubre de 2026 publicó en esta misma editorial madrileña Escribir lo vivido, una antología del columnismo de Francisco Umbral.





