AL PIE DEL CAÑÓN

Del luto al duelo

Atardecer en Arriondas. Imagen tomada desde la antigua casa rectoral, en las inmediaciones del cementerio. | Miguel Somovilla

«Me había levantado para irme a casa; porque ya era tarde, y todo estaba oscuro».

       Robert Walser, El paseo (1917) 

Tres días de banderas a media asta en el balcón del Ayuntamiento de Arriondas, como en los consistorios de toda España. Termina el luto y sigue el duelo, esa «pena en observación» que nos sume en la tristeza y la incertidumbre. Estamos en manos del azar, que tiende a ser «inexplicable», como esos diálogos fallidos entre los humanos y las máquinas. Un misterio.

No, no hay camino. Uno no se pasea nunca dos veces por el mismo pueblo, aunque repita el itinerario, estación tras estación, desde hace ya casi setenta otoños. La fórmula de Heráclito no solo es aplicable al Sella, nuestro río. Sirve para las avenidas de una capital o para las calles de una villa como Arriondas, fáciles de recorrer en poco tiempo. El paseo siempre resulta distinto porque también nosotros y las circunstancias somos diferentes cada día. El muy trillado verso machadiano, el más popular de todos los que escribió don Antonio, no envejece: «se hace camino al andar».

Cornejas negras

El miércoles, en la tarde de la tragedia ferroviaria de Urda (Toledo), deambulé por Arriondas, desde el puente hasta el cementerio, tal como tenía previsto antes del accidente. Mis costumbres apenas varían. Vivo encima de La Fortuna —el estanco que fue de mis padres y de mi hermana, regentado ahora por Dunia Villar— y de la relojería de Víctor Queipo. Mi primera ojeada al exterior, desde las ventanas que dan a la plaza, es tempranera: no suele ser ni la del alba. Más tarde, al despuntar el día, contemplo los primeros movimientos. Las bandadas de cornejas negras se posan en los tejados de enfrente, los mismos a los que retornan al oscurecer. Después se retirarán a dormir sobre los árboles de la Dehesa. Para alguien como yo, con cierta fobia a los pájaros, es inevitable recordar la angustiosa película de Hitchcock al oír los graznidos de estas parientes de los cuervos. Aves de mal agüero, según la creencia popular, aunque las hay muy sociables y dicharacheras. Es el caso de Paco, ejemplar recogido en un establecimiento hostelero de Posada de Llanes.

Los clientes más madrugadores de la Caja Rural de Arriondas ya acuden a esas horas a sacar efectivo. Algunos dejan el coche en marcha, se bajan y retiran los billetes del dispensador, ese faro de pared iluminado con luz verde, un vigía indiscreto que no descansa nunca. La Caja Rural es el centro financiero de esta plaza de Venancio Pando, centenaria ya con creces, pues no en vano sus orígenes se remontan a 1869. Así lo relata nuestro cronista oficial, Fran Rozada, el gran enciclopedista de la historia municipal, a quien remito para todo lo relacionado con los tiempos remotos de este concejo.

Llegan después los empleados de la limpieza, con sus monos de amarillo fosforescente, y escucho entonces sus saludos y conversaciones con los escasos viandantes que pasan por el lugar. Algo más tarde, los funcionarios municipales van entrando en la consistorial. A media mañana aparece la vespa de Correos, con Mariví Longo a los mandos, nuestra querida y diligente cartera mayor. Los hábitos se repiten. Tienen rituales los pájaros y también los humanos. Cuando los observo a través del cristal —y miro las casas encendidas, como hacía el poeta Luis Rosales con la suya— pienso en el inicio de Bienvenido míster Marshall, que empieza con la magistral descripción de Villar del Río, narrada por Fernando Rey:

Todo era igual en la mañana del miércoles hasta que empecé a recibir las primeras alertas en las noticias del móvil: anunciaban «un alcance» de dos trenes AVE en la provincia de Toledo. Alcance suena menos contundente que choque y eso pensé, que sería un incidente menor. Dunia había levantado minutos antes la persiana del estanco: si oigo desde arriba su sonido es que son las nueve en punto. A esa hora, los operarios encargados de instalar la carpa destinada al próximo Certamen de la Castaña ya empezaban a montar la estructura metálica que sujeta las lonas. Una vez desplegadas desaparece bajo su manto hasta el cañón, como si fuera uno de aquellos embalajes con tela que hacía Christo en los noventa, aunque con menos arte. La fealdad y la desafortunada ubicación de este armatoste, que inutiliza la plaza durante casi quince días, saltan a la vista, pero admito que me llamen tiquismiquis —o sea, repunante— por lanzar estos reparos estéticos que no parecen molestar al común. Cuestionar el emplazamiento de la carpa y su diseño no significa, ni por asomo, poner en duda la gran labor de los organizadores del certamen castañero. Todo lo contrario.

La del miércoles fue para mí, para toda España, una mañana desasosegante, pendiente de las teles, las radios y los medios digitales. Ya no hice nada de lo que había previsto y entré en el bucle absorbente de la información continua, esa que practiqué en otros tiempos como periodista y que ahora me parece mareante y, con frecuencia, poco esclarecedora. Falta información y sobran opiniones, algunas por infundadas y otras por claramente sectarias e interesadas. Suelen ser burdas muchas de ellas, pero calan en eso que hemos dado en llamar opinión pública hasta extremos insospechados. El resto ya es sabido: investigaciones en marcha, bulos descarados, declaraciones en cadena, dudas razonables, reproches políticos, conspiraciones varias, responsabilidades obvias: el ruido y la furia del verso de Shakespeare, usado después como título literario —desde Faulkner hasta Urdaci— e incluso como frase hecha.

Del puente a la estación

Hacia las cuatro de la tarde salí a la calle. Desde el portal me dirigí a la izquierda, hacia la antigua Ferretería de Emilio Pando, que anuncia desde hace meses liquidación por cierre. Es una lástima que desaparezca este negocio, que frisa o supera la centuria (me faltan datos precisos), como ocurre asimismo con La Fortuna. La que sí es centenaria con toda seguridad es la Peluquería Paulino, fundada en 1926, y atendida desde entonces por sucesivas generaciones de la misma familia. Una feliz excepción.

Piraguas en el Sella, a la altura del Barcu.

Sigo hacia el nuevo puente sobre el Sella. Tarde de un otoño apacible, con esa luz dorada que resalta las aguas del río, surcadas aquí por una pareja de patos y —ya en el Barcu— por dos piragüistas que se cruzan mientras reman plácidamente. Sigo hasta la desembocadura del Chicu y desando el camino para salir a la carretera general de mis tiempos, rebautizada en este tramo como Avenida de Europa. Voy hasta El Castañéu, contemplo la escuelina y vuelvo para dirigirme a la estación del tren, que me parece el destino más apropiado en un día como hoy. Por el camino veo esquelas y carteles publicitarios. Unos anuncian la huelga general del 11 de noviembre y otros aluden a los próximos festivales hortofrutícolas. Hay convocatorias de actividades para mayores y niños. Mensajes de vida y muerte pegados sobre muros y escaparates en desuso. Mientras subo la cuesta de la estación, dejo Correos a la derecha y recuerdo, un poco más arriba, la vieja oficina de telégrafos, atendida en su época por Ceferino Cañón. Ya no existe el edificio, según me confirman Fran Rozada y Juan Cueto —discreto, pero muy fiable notario del pasado parragués—, pero se conservan otras galerías de casas muy semejantes a aquella que albergaba el telégrafo. Hoy están en ruinas: cristales rotos, maderas desvencijadas, metáforas de un morse que ya no lanza mensajes. Yo puse allí algunos telegramas por encargo, comunicaciones breves de felicitación o condolencias, según los casos. Palabras contadas para no salirse del exiguo presupuesto. Había que poner stop a los caracteres y stop a les perres para que las frases no se atropellaran y la cartera no se resistiera por exceso de verborrea. A más líneas, mayor gasto.

La estación, la misma en que aún conocí la magia de las locomotoras de vapor, es desde hace años un lugar casi desierto. Apenas hay circulación ferroviaria y los viejos vagones han dado paso a los autobuses de Alsa, que paran enfrente. Los relojes de la estación, tanto el digital como el fabricado en Corao por Ismael Miyar, marcan los segundos con precisión: las cinco y veintitrés minutos. La sala de espera está cerrada, los baños también. Un cartel amarillento colocado tras el cristal de una puerta informa de los horarios: cuatro trenes al día en ambas direcciones, Santander y Oviedo, si no he calculado mal. Escucho esta soledad sonora y pienso en Atocha, en Toledo, en Santa Justa, en esas estaciones que, en este momento, a esta hora del miércoles, acogen escenas de dolor, miedo, desconfianza. Paseo en solitario por el andén y la megafonía, ajena al tiempo y al espacio, informa de una próxima huelga de maquinistas en un primer aviso. En otro advierte de la prohibición de cruzar las vías.

En el cementerio


En una finca cercana alguien quema maleza y ladra un perro. Decido subir hasta el cementerio, como ya había previsto días antes. Hay más coches de lo habitual en el exterior: vecinos que vienen a adecentar las tumbas y los nichos de sus antepasados. Me paro en el monolito que recuerda la fosa común excavada por aquí —o en las proximidades, no está claro— durante la Guerra Civil. Hay flores casi marchitas encima y leo la placa, suscrita por el Gobierno del Principado y Memoria Democrática d’Asturies: «A los que dieron su vida por la libertad y la democracia». No hay nombres, solo este vago recuerdo, extramuros del camposanto, al margen de la historia oficial.

En la zona de Parres hay una docena de cementerios. El de Arriondas es el más grande, casi a los pies de la Peña de Villar. Dos personas trabajan dentro, deduzco que por encargo de la parroquia, y se afanan en podas y limpiezas generales. Dos vecinos que encuentro a la salida, Teresa Peláez y su marido Guillermo González, elogian la esmerada labor de mantenimiento que se lleva a cabo en el recinto. Es un cementerio sobrio, pero cuidado. Al final del pasillo en donde reposan varios de mis ancestros —abuelos, padre, tíos— está la verja que da acceso —es un decir— al antiguo cementerio civil, hoy tomado por la vegetación: no se puede ni abrir la puerta. Del forjado de esa verja cuelgan un par de bridas de plástico que debieron sujetar antaño ramos de flores. El silencio es aún más profundo tras esa entrada, un auténtico agujero negro, un monumento al olvido. 

Al bajar me detengo a hacer la foto desde las inmediaciones de la antigua casa rectoral, convertida en alojamiento turístico. Es la imagen que encabeza estas líneas. Apenas son las seis y media de la tarde, pero se aprecia el ocaso y ya está encendido el alumbrado de los andenes de la estación y del puente sobre el Sella. Acaba un día atravesado por la tragedia ferroviaria, por el dolor de los muertos: «ya era tarde y todo estaba oscuro».

Sé que es tiempo de sidra y de castañas. Encuentro algunas por el camino. Asumo que la vida sigue, pero ahora, en estos días de difuntos que cada cual conmemora según sus creencias, hay unos muertos muy recientes que nos conmueven y nos destrozan el ánimo, aunque no sepamos sus nombres o los conozcamos solo por las noticias. Miro por la ventana —escribo estas líneas el sábado, 31 de octubre— y veo la lona negra que cubre la zona de carpa más próxima al consistorio. El resto es de un blanco roto, por no decir sucio. En el reloj suenan las campanadas de las nueve de la mañana. En la Casa de la Cultura, que tengo enfrente si la observo desde las ventanas que dan a la calle Nicanor Piñole, anunciaban el viernes la representación de una obra de Federico García Lorca, en el 90.º aniversario de su asesinato en Granada: Los títeres de cachiporra, escrita en 1922 y representada aquí por la compañía amateur Ceceda Pueblo Astur. 

Entre lobos

Termino. En el tablón electrónico del Ayuntamiento, disponible asimismo en Instagram y Facebook, se anuncian batidas para el control de lobos en la zona, una actividad controvertida para la que se buscan cazadores voluntarios. La convocatoria, por lo que leo, ha suscitado comentarios negativos en las redes, auspiciados por grupos ecologistas. El debate se remonta a muchas décadas atrás y parece irresoluble, aunque sería muy deseable el entendimiento entre las distintas posturas en lugar de un uso partidista y pasional del problema.

En días como estos conviene no perder la perspectiva, como decía doña Rosa, la gobernanta del café de La Colmena al inicio de la novela de Camilo José Cela. Hoy, más que en Cela, pienso en aquella frase atribuida a Plauto, adaptada después por Hobbes, y que vale para un roto y un descosido si se trata de abordar las pasiones humanas: «El hombre es un lobo para el hombre». Y para el propio lobo si hace falta, cabría añadir. 

No es momento para juegos de palabras ni ocurrencias, pero recordemos la fábula de Pedro y el lobo, con todas sus variantes literarias y musicales. A veces, tras muchas falsas alarmas, el lobo —en su faceta caricaturesca de ser malvado— llega de verdad y sus propósitos no son precisamente benéficos ni pacíficos. ¿Y si esta vez vienen, con todos sus disfraces, el lobo y el hombre lobo y hasta Caperucita con su abuela y nos pillan de brazos cruzados, desprevenidos?

Lo cierto es que concluye el luto y empieza el duelo. Finaliza el paseo de una tarde triste y comienza una caminata cuyo destino depende de nosotros mismos. En los altavoces de la carpa escucho, el sábado a mediodía, pruebas de sonido y preparativos para las celebraciones que vienen. En las calles hay ambiente de Halloween, esa recuperada costumbre pagana con la que se conmemoran los días de difuntos en otras latitudes y que por nuestros pagos ha arraigado con éxito, incluso bajo la denominación de Samaín.

Este domingo, con más razón que nunca, solo cabe evocar la memoria de los muertos, de todos los muertos, y desear para ellos la paz que las religiones denominan «descanso eterno», cada una a su manera. Eso y seguir con la vida, que muchas veces, por desgracia, «no es noble, ni buena, ni sagrada», como nos advirtió Lorca en su desgarrada Oda Walt Whitman, tan actual siempre.

Miguel González Somovilla (Les Arriondes, Asturias, 1956) es periodista. Ha sido director de Comunicación en la Real Academia Española (RAE) y en RTVE, donde también ejerció como jefe de Cultura de los Telediarios. Con anterioridad, trabajó en distintos periódicos, entre ellos La Nueva España, Asturias, La Voz de Galicia y El País. Premio Pérez Lugín de periodismo en 2011, se ha ocupado de las obras literarias de Álvaro Cunqueiro y Wenceslao Fernández Flórez en la Biblioteca Castro, colección de clásicos españoles. En octubre de 2026 publicó en esta misma editorial madrileña Escribir lo vivido, una antología del columnismo de Francisco Umbral.

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