AL PIE DEL CAÑÓN

Una canción infantil

«José Manuel estudiando». Óleo sobre lienzo de Nicanor Piñole fechado en 1922, aproximadamente. Museo Piñole de Gijón (Depósito del Museo de Bellas Artes de Asturias, 1998).

«La castaña, taña, taña». Todo es melodía y memoria. Si yo digo que soy de la generación Tita Mary, los parragueses de mi quinta (1956) descubrirán al instante que me refiero a la maestra Rita María Mier Suardíaz, que nos enseñó las primeras letras y los rudimentos aritméticos en su casa de Arriondas. Quien no sepa de qué hablo —probablemente una gran mayoría de lectores— puede solventar la duda a golpe de clic o con una simple pregunta a Alexa o a Siri: localizará respuestas inmediatas en la hemeroteca regional y ampliaciones, más o menos precisas, en distintas herramientas de la IA.

La inteligencia artificial copia con descaro el conocimiento humano y viceversa: los terrícolas plagiamos, sin complejos y con avidez, cuanto pillamos en nuestras visitas a los inmensos almacenes digitales de la IA. Si comprobamos que la máquina se equivoca, y se lo advertimos con mano izquierda, se pondrá «combayona» y nos dará la razón. Aprende del error y procurará enmendarlo en la próxima oportunidad, hasta el infinito y más allá, salvo que, en un momento dado y sin previo aviso, se canse de complacer a sus creadores. La paradoja, nada sencilla de resolver, solo acaba de empezar.

En las inauguraciones anuales del curso escolar, asociadas a ceremonias solemnes con presencia de autoridades y discursos para la ocasión, se han oído más alusiones a la IA y a la era digital —positivas y negativas— que a las generaciones recién llegadas al patio del recreo. Exceptuados sus padres y maestros, pocos reparan en las caras de las niñas y niños que las estadísticas sitúan en esas edades tempranas comprendidas entre los «cero y los tres años», la etapa correspondiente a la educación infantil no obligatoria.

En medio de los debates sobre enseñanza pública y privada —tan presentes y necesarios en Asturias— y al calor también de los malos datos revelados por el Informe PISA, los infantes que estrenan aula pública en «les escuelines» del Principado —o en las guarderías particulares de la región— pasan bastante desapercibidos. En las fotos oficiales siempre salen los mayores de la clase y casi nunca estos pipiolos, los «locos bajitos» creados por Gila y cantados por Serrat, los últimos de la fila.

Erizos, ardillas, búhos

La infancia es un limbo lleno de promesas, un esperanzador territorio literario con largos períodos de espera. Lo saben muy bien —sin haber leído aún a Marcel Proust— los veintisiete «erizos, ardillas y búhos» que llenan con sus sonrisas y lágrimas la nueva escuelina del Castañéu, en Arriondas. El centro, dirigido por María González Peláez, está situado en el barrio del mismo nombre, en la casa ocupada con anterioridad por el cuartel de la Guardia Civil, magníficamente rehabilitada. Aquí, en la escuelina —y en los colegios de primaria y secundaria del Barcu—, crece el semillero de los parragueses del futuro. Los alevines de El Castañéu, haciendo honor a su topónimo, ensayan y entonan estos días «La castaña», canción popular propicia para el próximo festival dedicado a este fruto, previsto para noviembre en la plaza del Ayuntamiento: «La castaña, taña, taña ⁄ del castaño taño, taño, ⁄ no me pincha, pincha, pincha, ⁄ ni hace daño, daño, daño».

Aunque es tradicional que en los inicios del calendario lectivo suenen trompetas apocalípticas, esta vez se han desatado los demonios y los miedos con mayor ruido que nunca: desde las temidas amenazas y peligros de la inteligencia artificial hasta la regulación del acceso a las redes sociales, en función de las edades de los usuarios. Culpar sin matices a la IA y a las pantallas como causa única de las actuales impericias e ignorancias de los estudiantes es un recurso fácil. Habrá que rascar más. Nadie niega que sus juegos y programas enganchan y crean adición, pero resulta evidente que la responsabilidad ante esas vulnerabilidades y malas prácticas es colectiva. Formar personas críticas, capaces de interpretar la información y distinguir machadianamente las voces de les ecos, requiere el compromiso activo de todos: progenitores, familiares, profesores y, cómo no, de los propios jóvenes, eslabón fundamental de la cadena.

Un mundo de escayola

No hay representación más romántica del mundo que un globo terráqueo de escayola mirado con ojos infantiles. No admite comparación posible con el inerte mapamundi colgado de la pared, al margen de que ahora, para más inri, se cuestionen las medidas y las formas de las superficies cartografiadas. Ya se sabe: la tierra no es plana —salvo para los negacionistas— y nada es lo que parece, según descubrimos con la serie «Twin Peaks». En la bola de yeso coloreada con medios artesanales, la misma que contempla el niño retratado por Nicanor Piñole, flotan los sueños. Sobre la mesa del estudiante absorto, vemos cinco objetos simbólicos que dan sentido a la existencia: el reloj, el violín con su arco, las piezas y el tablero de ajedrez, un vaso de agua y tres manzanas caídas del árbol para demostrar que Newton estaba en lo cierto. Un bodegón de música callada, un rincón marcado por el tiempo y el espacio.

A raíz de las últimas polémicas sobre la IA, que ofrece opciones inagotables y nos alerta de riesgos que supondrían la desaparición del género humano, he vuelto a ver «2001: Una odisea espacial», la excelente y visionaria película de Stanley Kubrick y Arthur C. Clarke. Lo último que hace la computadora HAL, cuando el astronauta Dave Bowman la intenta desconectar, es entonar la canción infantil que le habían enseñado sus programadores: «Daisy Bell», una composición del siglo XIX recreada en 1961 por un ordenador de IBM. El robot, al igual que nosotros, recupera aquella melodía en un paralelismo inquietante entre ambas formas de existencia.

Lo único que separa la infancia de la vejez son los años y las experiencias. En el reciente y escandaloso desahucio de Maricarmen Abascal en Madrid, la cantante Ana Belén acudió a las manifestaciones de apoyo a la anciana y le recitó un poema homónimo de Rafael Alberti: «Desahucio», incluido en su libro «Sobre los ángeles» (1929). En ese poemario juvenil de Alberti hay versos evocadores de la niñez, incertidumbres de unos «ángeles colegiales» que pasaron por momentos no muy distintos a los que experimentarán, antes o después, los alumnos de la Escuelina El Castañéu, el Colegio Público Río Sella y el Instituto El Sueve de Arriondas: «Ninguno comprendíamos nada: / ni por qué nuestros dedos eran de tinta china / y la tarde cerraba compases para al alba abrir libros. / Solo sabíamos que una recta, si quiere, puede ser curva o quebrada / y que las estrellas errantes son niños que ignoran la aritmética».

Vivir para recordar

Ante el pelotón de la animosa chavalería —esa que estrena o continúa en 2026 su escolaridad en Les Arriondes— y ante Maricarmen, que también fue una chica feliz en su casa del Retiro hasta hace unos días, solo se me ocurre compartir los pensamientos y los deseos de otra gran mujer. Hablo de María Teresa León, compañera de Alberti y madre de Aitana, la hija de ambos, fallecida este verano en Cuba, a quien tuve el gusto de conocer y entrevistar en Madrid, lo mismo que a su padre. Para Rafael Alberti era «la niña Aitana», nacida en el exilio bonaerense: «feliz, callada y ciega y sola en tu alegría». Dice, decía María Teresa en su «Memoria de la melancolía» (1970), libro triste y lúcido a partes iguales, que «vivir no es tan importante como recordar». Ella, perdida en la oscuridad del olvido al final de su vida; ausente del mundo en una residencia geriátrica de Majadahonda (Madrid), sabía muy bien que la canción infantil de ayer será la nostalgia de mañana: «La castaña, taña, taña».

Miguel González Somovilla (Les Arriondes, Asturias, 1956) es periodista. Ha sido director de Comunicación en la Real Academia Española (RAE) y en RTVE, donde también ejerció como jefe de Cultura de los Telediarios. Con anterioridad, trabajó en distintos periódicos, entre ellos La Nueva España, Asturias, La Voz de Galicia y El País. Premio Pérez Lugín de periodismo en 2011, se ha ocupado de las obras literarias de Álvaro Cunqueiro y Wenceslao Fernández Flórez en la Biblioteca Castro, colección de clásicos españoles. El próximo mes de octubre publicará en esta misma editorial madrileña «Escribir lo vivido», antología del columnismo de Francisco Umbral.

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