
comedia estrenada en 1962 bajo la dirección de Miguel Lluch. | Archivo IFISA
«Aunque cien años llegase a vivir / yo no olvidaría las tardes del Ritz». Esta breve crónica semanal empieza hoy en Madrid, como casi todo. Sigue después en Barcelona, tiene una parada en Cuencu (Margolles), recala en Lledías (Posada de Llanes) y remata en El Escorial con destino a Parres y Piloña, sedes de la redacción de «El 21». Lo suyo habría sido mandar los folios y las fotos por tren, en un sobre —yo he practicado mucho ese modo de envío, de revisor en revisor—, pero el romanticismo ferroviario está reñido con la inmediatez digital.
Levanto el telón. Lo que menos imaginaba yo al ver «La bola negra» —fue el día de su estreno, el 25 de septiembre, en un cine de la periferia de Madrid— era que iba a «escuchar» a Lilián de Celis en medio de la proyección. Fue un sobresalto. Entrecomillo, eso sí, «escuchar» porque no es la voz de la cupletista parraguesa quien interpreta en la película «Las tardes del Ritz» (1912) y «Batallón de modistillas» (1920), canciones inmortalizadas por ella en la década de los cincuenta del siglo XX, aunque bastante más antiguas.
De Yenesi a «La Copita»
En el largometraje de Javier Calvo y Javier Ambrossi, los Javis, quien canta estos dos populares cuplés —ante un destacamento de entusiastas soldados «nacionales»— no es Lilián de Celis sino una genial Penélope Cruz, protagonista de uno de los momentos más emotivos de «La bola negra». Hay más referencias a las patrias chicas —permítanme forzar la licencia localista en honor de Lilián— en esta historia, un canto a la vida en medio de la muerte. Y una auténtica oda a la libertad, truncada por la tragedia y el miedo, como refleja la mítica frase de Goyita (la actriz asturiana Yenesi, Alba Suárez López). Sus palabras, un guiño cinematográfico a «Titanic», se convierten en una sentencia redonda cuando las pronuncia esta secundaria de lujo, Yenesi, originaria de San Juan de la Arena, que borda su papel: «El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos».

negra». | Movistar +
Otra de las secuencias estelares del filme —no desvelo ni destripo ninguna trama con estas menciones— está rodada en un pequeño restaurante del barrio madrileño de La Latina, «La copita asturiana», negocio familiar fundado en 1959 cuyas fabadas —doy fe— son legendarias. Los espectadores, de refilón, también lo podrán comprobar en el transcurso del diálogo entre Teresa (Lola Dueñas) y Alberto (Carlos González). Para todo lo demás, hay que ir a las salas porque esta será, ya lo es, la gran película del año, además de la cinta que representará a España en los Óscar. Ya que el cine de Arriondas, el añorado Peñasanta, dejó de funcionar hace lustros, sería una buena idea pasar «La bola negra» al aire libre el próximo verano, tanto en la reformada plaza Miguel Ángel García Dory como en la Romería Cuir del Parque de la Concordia.
Pero volvamos a «Aquellos tiempos del cuplé», título de una de las más conocidas películas de Lilián de Celis, precedida de un programa homónimo que hizo en Radio Madrid. Penélope encarna en «La bola negra» el papel de Nené Romero, artista imaginaria cuyo nombre procede de la novela «La carne del tablado (Escenas pintorescas de Madrid de noche)», obra de Álvaro Retana publicada en 1912. La actuación ante la tropa discurre en 1937, en plena Guerra Civil. En un descanso, en medio de dos números musicales, Nené Romero le habla al soldado Sebastián (Guitarricadelafuente) de uno de los primeros intérpretes de «Las tardes del Ritz», el transformista Edmon —o Egmon, según otras fuentes— de Bries, nombre artístico de Asensio Marsal.

«Batallón de modistillas» | Movistar +
Las letras de los dos cuplés, «Las tardes del Ritz» y «Batallón de modistillas» son del ya citado Álvaro Retana (1890–1970), figura mítica del Madrid cupletero de principios del pasado siglo. A quien esté interesado en el personaje, le recomiendo el libro que le dedicó el poeta Luis Antonio de Villena: «El ángel de la frivolidad y su máscara oscura (Vida, literatura y tiempo de Álvaro Retana)», publicado por Pre–Textos en 1999, pero aún disponible en algunas librerías y distribuidoras. Lo mismo cabe decir, aún con más motivo, sobre la pieza teatral de Alberto Conejero «La piedra oscura», embrión literario de «La bola negra».
Lilián, leyenda del cuplé
Segundo acto. Telefoneo a Lilián de Celis desde Barcelona, mientras deambulo por la Diagonal, y le cuento la sorpresa que me produjo escuchar sus canciones en «La bola negra». Natural de Fíos, en Parres, y ya nonagenaria, Lilián lleva algunos años retirada en la aldea de Cuencu (Margolles, Cangas de Onís) y asegura sentirse feliz allí. Cuando le apetece baja hasta Arriondas, en donde tiene una calle con su nombre, que discurre entre los edificios del Ayuntamiento y la Casa de la Cultura y desemboca en la plaza de García Dory. No siente nostalgia de Madrid ni añoranza de las tardes del Ritz. Tampoco echa de menos, salvo por los buenos recuerdos, los años de éxito en España y América, tan fructíferos.
Lilián me atiende con amabilidad, pero parece algo alejada de las noticias y del fenómeno de «La bola negra», así que se lo cuento y le pregunto su impresión, tras descubrirle que canciones popularizadas por ella —«pero que no son mías, yo solo las cantaba», matiza enseguida— forman parte de nuevo de la banda sonora de una película:
—Me parece muy bien, me agrada que se recuerden y se agradece que vuelvan a sonar.
En honor a la verdad, hay que subrayar que la asesora de Penélope Cruz durante los ensayos de «Las tardes del Ritz» y «Batallón de modistillas» no fue Lilián de Celis sino Olga María Ramos, hija de la cupletista Olga Ramos. Sin embargo, en cualquier búsqueda que se haga de ambas canciones en las principales plataformas musicales del mercado, las versiones predominantes son las grabadas por Lilián de Celis.

Muchas de ellas están incluidas en «Aquellos tiempos del cuplé», película estrenada en 1958 y anunciada con la imagen que ilustra estas líneas. El mismo día en que hablé con Lilián sentí el impulso de conseguir una primera edición de ese cartel —los fetiches del coleccionista— para enmarcarlo y colgarlo en la pared de mi casa de Arriondas, situada muy cerca de la calle con el nombre de la cupletista. En Barcelona es fácil rastrear con éxito esos vestigios. En menos de diez minutos localicé, a través del portal de antigüedades Todocolección, una tienda próxima a la estación de Sants, «Groucho & yo», que disponía del cartel y hasta allí encaminé mis pasos en medio de la lluvia. Es el mismo que ven aquí, con esos frágiles dobleces formados por las arrugas del papel viejo.
Gonzalo Suárez: luto en Llanes
Tercer acto y bajada del telón o rodillo de créditos y fundido a negro. Según el «Diccionario histórico de la lengua española», esa joya lexicográfica inacabada que tanto le debe al buen hacer de mi amigo José Antonio Pascual, el cuplé se caracteriza por «sus canciones ligeras, generalmente con tono picante, que suelen formar parte de espectáculos de variedades». Sara Montiel, otra reina del género, entonó «El último cuplé» en 1957 y Lilián de Celis evocó sus tiempos gloriosos en 1958, como ya hemos señalado. «La bola negra» hace resurgir de nuevo el cuplé, aunque con intenciones distintas e interpretaciones diferentes. Bucea en el pasado para comprender el presente y reabre debates que permanecían dormidos. Es la magia del cine, ese arte que conocía muy bien Gonzalo Suárez, escritor y cineasta tan vinculado a Asturias.
Nacido en Oviedo en 1934, tenía casa en Lledías y convirtió la costa de Llanes —que ha guardado luto oficial en su memoria— en escenario recurrente de sus películas, sin olvidar la adaptación que hizo de «La Regenta» y de otros clásicos de las letras hispanas («Los pazos de Ulloa»). Me enteré de su muerte mientras seguía en Barcelona, la ciudad en la que ejerció como periodista deportivo bajo el seudónimo de Martin Girard, según nos recordaba Juan Cruz en su obituario de «El País».
¿Dónde está el público?
Escribir y filmar forman parte del mismo oficio, como bien demostró Gonzalo Suárez. Decía Francisco Umbral, cuya buena sombra tardará aún en abandonarme tras año y medio de dedicación intensa a su faceta periodística, que para hacer un libro se necesita la tranquilidad de una casa. Harto de pensiones y cafés, cansado de andar a la intemperie o al cobijo del Ateneo, logró alquilar el primer apartamento de su vida cuando superaba ya los treinta años. Tecleó allí, en el número 23 de la calle madrileña de General Oráa —casi enfrente de la Librería Pérgamo— el ensayo «Larra, anatomía de un dandy» (1965) y pergeñó asimismo su «Lorca, poeta maldito» (1968), tan actuales los dos.
Larra, como Umbral después, se preguntaba en 1832, antes de coger la pluma, «¿quién es el público y dónde se le encuentra?». «El pobrecito hablador» lo buscaba por las calles y las fondas de Madrid para ponerle cara «y saber con quién nos las habemos» a la hora de hilvanar el artículo para el periódico. En los últimos días, tan agitados, el público —un título también lorquiano— resulta fácil de localizar: se ha ido de acampada y ocupa pacíficamente parques y plazas. El público, como el precursor batallón de modistillas de antaño, se ha hecho visible y ha alzado la voz: busca una casa, un piso, una habitación propia. Al revés que el animoso regimiento femenino del cuplé, el público de hoy no quiere ir ni jugar a la guerra. Solo pretende hallar un sito donde escribir su vida y entonar con alegría su canción, «deseando que se aprecie nuestro garbo por ahí».
Miguel González Somovilla (Les Arriondes, Asturias, 1956) es periodista. Ha sido director de Comunicación en la Real Academia Española (RAE) y en RTVE, donde también ejerció como jefe de Cultura de los Telediarios. Con anterioridad, trabajó en distintos periódicos, entre ellos La Nueva España, Asturias, La Voz de Galicia y El País. Premio Pérez Lugín de periodismo en 2011, se ha ocupado de las obras literarias de Álvaro Cunqueiro y Wenceslao Fernández Flórez en la Biblioteca Castro, colección de clásicos españoles. El próximo mes de octubre publicará en esta misma editorial madrileña «Escribir lo vivido», antología del columnismo de Francisco Umbral.


